Es verano otra vez, hoy viajé a Noruega después de 5 años sin estar por ahí. En el trayecto en coche con lluvia y lleno de accidentes (ajenos por suerte) sonaba la canción de Sebas y los demás y alguien que me quiere nos enviaba a todos el vídeo de los 8’. La vida pasa. No he llamado a Dani. Y sé que de este verano, como de los últimos 5, hay muy pocas cosas que recordaré pero muchas que merecerían ser recordadas. Me encontré una lista en Substack que recomienda un libro de Derek Sivers llamado “How to Live” (buen título), me descargué el libro y no sé cuándo lo leeré. Todo muy rápido, todo casi sin parar. Intento mientras que no me duela la espalda, mantener los kilos a raya y no perderme ninguna sonrisa. A veces la sensación de no llegar a nada o de llegar tarde a todo. Con la tristeza de Boyero o la alegría pizpireta de la poetisa de Insta regando los días de vez en cuando.
Y me cuesta mucho más escribir desde que olvidé una musa, me casé con otra y tuve un hijo. Me cuesta todo a la edad que tengo. Bueno casi todo, no me cuesta, no me canso, de mirarte. Y así de manera contumaz apareces como la voz a la que dirigirme. Por miedo a no estar siempre como Gistau y su meconio o por miedo a no estar cuando más me necesites. Quizá se pueda entrenar un LLM dentro de unos años para que sepa lo que te diría tu padre. Si es así tengo que esmerarme mucho más para darle un buen contenido. This sucks.
No soy perfecto. Aunque la gente que me quiere lo use como ataque cuando se cansan de mi aparente impertérrita paciencia. No soy disciplinado ni constante excepto ciertas devociones que nunca cambian. Más por melancólico que por leal. Dicen que no soy espiritual porque no creo en energía ni planos ni chakras. Pero sí creo en la observabilidad como método para encontrar cómplicidades y cómplices. También en las primeras impresiones como anclas a las que volver en casos de duda. Creo mucho en los biases del judío que ganó el Nobel. Mucho más que en las misas, mandamientos y doctrinas.
Creo, como verbo ya de por sí me cuesta, más en ilusión como concepto de Richard Bach que en la autoayuda de Coelho. Milito en las filas de los que sueñan más que de los que se quejan. Y me defino como optimista tecnológico sin tener ni puta idea de lo que significa.
Detesto a los que usan la palabra “odio” o los que contestan muy rápido o con respuestas ensayadas a las cosas que detestan. No rehúyo nunca una buena conversación si el que está delante está dispuesto a cambiar de opinión, aborrezco dogmas e ideales. Me da pereza, mucha, el que encasilla y no enseña sino que alecciona. Busco siempre aprender de lo que sea. Y tengo una curiosidad insaciable alimentada por mi mala memoria.
Sigo.
No me arrepiento de nada pero cambiaría dos o tres cosas importantes si supiera que cambiarlas no te cambia a ti. Creo que, otra vez creo, en la memoria como única salvación y la empatía como el arma definitiva. Creo en la familia aunque esté llena de contradicciones. Creo en la fuerza de las palabras, de los poemas, de la música. Creo en la síntesis por encima de la verborrea, en una buena lágrima a tiempo y en la risa como única terapia. En saber escuchar y saber estar. Creo en el humor inteligente como el medidor de éxito definitivo. Lejos de mí aquel que no se ría. Ya lo dije por aquí, creo en viajar como terapia y en el amor romántico como refugio a la miseria de este mundo. Huyo de noticias, conflictos y mal augurios del porvenir. Creo sobre todo en el ser humano aunque a veces parezca una causa perdida. Que no se te olvide nunca esto.
Subimos
Amo tu risa por encima de todo. El bálsamo perfecto. Amo cosas que nunca supe que podría amar mientras tú no existías: tu curiosidad, tu inocencia y tu manera aún básica pero a menudo justa de juzgar al mundo. Momentos como tu mirada triste al verme salir de la ducha con los ojos rojos: “¿por qué lloras papi?”. Nada te prepara para eso. Asusta ver nuestra influencia en ti y esperar estar a la altura. Pero nunca hubo grandes recompensas en la “mediocridad” y nada bueno ocurre cuando te atenaza el miedo. Empiezo a creerme el oxímoron de que la vulnerabilidad te hace más fuerte. Preciosa paradoja.
Bajamos
Amo la soledad cuando es buscada y voluntaria. Los amigos cuando son reales y directos. La buena comida y los sabores extremos. El vino que viene sin resaca y últimamente nadar cuando se acompasa la respiración a la brazada.
Y por supuesto amo a los clásicos del verano: leer hasta que amanezca, contar estrellas con tu madre, saltar con ropa a la piscina. Jugar a las cartas con arena, la marca del salitre en tu piel como olas blancas secas. Olor a crema solar, a humo, a paella, a sábanas de siesta.
Aterrizo pronto en Bergen, al final no sé qué ha sido todo esto. Un exabrupto de las ganas de escribir o el deseo irrefrenable cada vez que subo a un avión de no olvidar todo esto. Todo esto que ahora no es más que el paso cotidiano de un verano y que algún día será esos días a los que daría cualquier cosa por volver. Lo sé. Tempus Fugit y todo esto. Me repito pero hoy leí una frase de Luis García Montero que se me pegó esta mañana: “Hay muchas cosas que se saben, pero merece la pena volver a contarlas. Por mucho que se cuente, siempre será más extenso lo que se ha olvidado.”
Se me pegó. En este verano lleno de días bonitos y momentos sin sobresaltos pero lleno de acontecimientos que parecen ajenos. Con dos o tres guerras en marcha, varios dictadores atemorizando al mundo y la IA a punto de cambiarlo todo sé que ningún verano será ya el mismo. Por eso me volvió esa urgencia por escribir en mi constante obsesión con el tiempo y la memoria. Por eso volví aquí. Sin más, sin pretensión y mucho menos objetivo. Porque también este verano, por mucho que se cuente, siempre será más extenso lo que se ha olvidado.
Solo era jabón lo que tenía en los ojos
