Vulnerable

“La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor”. 

Rosa Montero.

Fueron casi 24 horas, pero pasó todo muy rápido, consciente de que iba a olvidarlo intentaba visualizar palabras en mi mente para que a la memoria le diera tiempo a procesarlas. Las sensaciones se apelotonaban y arremolinadas, como pocas veces en mi vida, no me daba tiempo ni a ordenarlas. Horas después, en la habitación a oscuras y oyendo ya su respiración, consciente de que ese sonido siempre significaría calma, intentaba recordar lo que había pasado y solo me venían a la mente colores: el rojo por todas partes, en las sabanas, en las gotas secas que pisamos al salir de la habitación, en la memoria como flases; el morado casi azul de su piel que me habría asustado si hubiera habido tiempo; el rosa de los almendros en flor de aquel cuadro que nos acompañó en todo momento; el verde de las batas; el negro abismal de sus ojos tan abiertos inmediatamente después de nacer; el sonrosado de tus mejillas mezclado con sudor y toda la oxitocina del mundo y sobre todo el blanco del foco. Una luz blanca que lo iluminaba todo a las 03:21 de ese lunes que acabó siendo martes en una cuenta atrás perfecta de horas que ahora me parecen segundos. Horas de boca seca, gritos, temblores y los minutos más largos que recuerdo. Tu imagen retorciéndote como si fueras a partirte en pedazos y yo sin poder hacer nada más que mirarte. Horas de impotencia e ilusión mezcladas con olores y lágrimas que se fusionan en una amalgama indistinguible. Llanto, respiración entrecortada, esperas interminables mirando el reloj, la siguiente contracción, más sudor, más apretar las manos, más dolor que parece infinito, la duda, el miedo, todo junto, tú preocupada por él, yo preocupado por ti, él peleando por salir, de repente la seguridad de que no estamos preparados para esto, segundos después el llanto en la habitación de al lado y nos sonreímos, y lloramos otra vez, juntos, al unísono y miramos al reloj, y han pasado solo 2 minutos desde la última contracción, que viene, que viene, fuck!, fuck!, fuuuuuuuuuck!, gritos enmudecidos mordiéndote los labios, rojo y otra vez colores y olores y  todo el tiempo del mundo condensando en un instante y yo diciéndote que lo olvidarás, que todo el mundo lo olvida, él asomando la cabeza y tú, heroína, apretando los dientes y después de 8 horas y 4 cm implorando con lágrimas contenidas que acabe ya esto de una vez. Y todo el dolor se convierte en sonrisa y aunque me sé todas tus expresiones de memoria nunca te había visto esa cara que para siempre redefine el concepto de alegría, y de repente la habitación se llenó de gente y cuchicheaban las enfermeras y yo parecía el único preocupado por haber oído que alguien decía transfusiones, él trepando hacia ti buscando esas manchas que serían tus pezones, yo intentando volver a este momento y tú, inconmensurable, ya eras otra y no dejaste de sonreír hasta que muchas horas después caías exhausta en la habitación con malutki, igual de exhausto, dormido entre nosotros.

Yo no dormí nada, intentaba entender cómo me sentía buscando refugio en mi yo racional apabullado por tantas emociones. Pero ningún de los trucos habituales funcionaban porque no había nada que entender, no había raciocinio posible, tan solo una sensación aplastante que me apretaba el diafragma en el punto justo donde te cuesta respirar. Y yo que tengo que clasificarlo todo solo pude descansar cuando me dejé llevar, al fin, por vuestras dos respiraciones, la suya rápida y acelerada, la tuya pausada y extenuada, llenando el silencio de la habitación 175, haciéndome entender que ya nunca seríamos los mismos, un dos de marzo a las 6 y pico de la mañana.

No seremos los mismos, es imposible. No sé si mejores, seguro que no peores, pero ya nunca los mismos. La vulnerabilidad, de la que tanto huimos todos, ya no se separará de nosotros. Y me alegro. Da miedo, sin duda, pero lo poco que aprendí en estos años buscándome a mí, buscándote a ti, es que la ilusión es el antídoto del miedo y la vulnerabilidad es donde empieza todo lo que alguna vez valió la pena.

Y vendrán tormentas y nubes negras que llenan de arena el corazón, pero sentirse vulnerable es sentirse un poquito más vivo y sé que a partir de ahora siempre tendré algo a lo que aferrarme, un sitio al que volver. Un puerto, que si fuera un lugar siempre has sido tú durmiendo entre mis sabanas y si fuera un momento sería esos breves instantes antes de que te despiertes y que ahora tiene también un sonido, que es el ritmo de vuestras respiraciones desacompasadas…exactamente en ese mismo lugar, ese preciso momento.

Y sé que habrá otros partos y otras maneras de vivirlo, pero esta era la nuestra y no quería olvidarla. Sabes que mi única forma de recordar es escribirlo y este es uno de esos recuerdos al que volver si alguna vez nos sentimos perdidos. Sin vuelta atrás, en el cruce de las nostalgias de lo que aún no hemos vivido y lo que ya no podemos vivir. En uno de los picos de nuestra historia, desde una cima donde solo se ve futuro, juntos, muy asustados, pero sin miedos, más vulnerables que nunca, que venga lo que tenga que venir. Bring it on! El vértigo es siempre la antesala de la felicidad más pura. Espero nunca acostumbrarme a esto. No olvidar ni por un segundo que vuestras respiraciones desacompasadas son mi calma, mi puerto. Ahora y siempre. Inspira, espira y deja que os oiga. Inspira, espira, cualquiera que sea la oscuridad que venga. Inspira, espira, hazme vulnerable.