Dos historias y ningún final (Bye Bye London)

Frédéric perdió a su madre el día que nació, su padre trabajaba limpiando los baños de la estación de Kings Cross que conecta Paris y Londres. Su padre era un buen hombre con dos grandes pasiones: la música y el whisky. Tuvo las manos más rápidas de su generación. Frédéric, de padre francés, madre cubana y criado en un pueblo al este de Leicester una vez estuvo en Lyon y se rieron cuando dijo croissant.

Frédéric ahora trabaja en el Starbucks de Kings Cross (cosas de familia), va todas las mañana en bici y en cuanto el manager se despista pone La Mer en el hilo musical. Hay un chico alto de traje siempre mal planchado que suele llevar una corbata marrón fina y mueve la cabeza al son de la música en cuanto suena. Frédéric, por como mueve la boca mientras acompasa los hombros con la música, sospecha que el hombre de la corbata marrón tampoco sabe francés.

Le pagan 6£ la hora, tampoco necesita más, durante la semana se dedica a trabajar, luego toma unas pintas en el pub y vuelve a su casa. Comparte piso con Dylan y Santiago. Santiago es de Compostela, de dónde sino, Dylan de Cork. No se ven mucho pero a veces Santiago le guarda cena. A Dylan lo ha visto una sola vez este mes. Cuando no tiene nada que hacer, que es muchas veces, recupera una lista de libros que su padre le dijo que tenia que leer. Lleva 6 meses atascado con Moby Dick y ahí sigue el Capitan Ahab buscando su maldita ballena. Se ha prometido no abandonar ningún libro para no desobedecer a su difunto padre. El siguiente es la Hoguera de las Vanidades y por momentos está tentado de ver la película.

Frédéric tuvo un novio cuando tenia 18 años. Se llamaba Andy y era profesor en una academia de francés. Andy le enseñó a no tener miedo y a gritar mordiéndose los labios. También le enseñó a echar de menos la juventud y decir “Il veut péter plus haut que son cul” sin casi reírse. De Andy solo queda una A tatuada entre el corazón y el anular, donde van los anillos.

El dinero del Starbucks no da para mucho pero Frédéric vive bien, no tiene más aspiración que dejar pasar el tiempo y ahorrar de vez en cuando los 57£ que le cuesta coger el tren directo a Paris desde St. Pancras. No lo hace tanto como quisiera pero a veces coge ese tren muy temprano, mejor si llueve, y al volver se sienta con un libro comprado en Brentanos junto a la salida de Eurostar. En esa salida hay un piano que dice “tócame, soy tuyo”, hay días en los que pasan horas y nadie se sienta a tocar pero él se divierte mirando a la gente salir e imaginando quién será capaz de hacerlo sonar. De repente la persona que él menos se espera se sienta el piano y le hace sentir el hombre más pequeño del mundo. Y el más feliz.

Hoy mientras un chico joven con una mochila destartalada tocaba una canción que él no conseguía reconocer se sintió solo como nunca se ha sentido. La música que sonaba era la canción más bonita que había escuchado jamás; por primera vez no pudo evitarlo y dejó caer unas lágrimas sin ni siquiera llevarse las manos a la cara. Al acabarse la canción se giró sintiéndose observado. A su lado había una chica de pelo largo y rizado que le había pasado desapercibida, era mayor que él, con una mirada curiosa, extrañamente familiar. Ella se le acercó muy despacio y le dijo: “¿y tú? ¿a quién echas de menos?”

Frédéric, se encogió de hombros y con su mejor acento posible dijo: “J’e miss le mar. Le mar”.

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Serge trabajó por mucho tiempo para una empresa contable hasta que un día en la fiesta de despedida del vicepresidente todos decidieron escribirle una postal. Serge escribió con su mejor letra “Ha sido un verdadero placer trabajar contigo”. Cuando le entregaron el tarjetón de despedida, Shan, que así se llamaba el vicepresidente, alzó muy sorprendido la mirada y dijo, señalando su dedicatoria: “¿Quién ha escrito esto?”. Serge miró al suelo pero no pudo evitar que varias personas le delataran. Cinco años después se preguntaba cómo había ido a parar a trabajar a una empresa que se dedicaba a transcribir textos enviados desde una aplicación del móvil para luego enviarlos por correo postal a tus seres queridos, amantes o contactos del Tinder. Serge había desarrollado 12 tipos de letra distintos, 9 de ellos de mujer, y era reconocido por lo tecnografólogos por ser uno de los más constantes en su escritura. Serge había pedido trabajar tan solo 4 días de la semana cobrando un 80% del sueldo. Con un horario casi ininterrumpido de 8 a 4:15. El resto del tiempo no tenia nada que hacer, pero desde los últimos años una obsesión se había apoderado de su cabeza, por la mañanas se despertaba siempre pensando en un color. Lo más habituales eran verde o amarillo. Durante las 8 horas de esmerada caligrafía no podía dejar de pensar en el color que le había despertado. Lo imaginaba, lo proyectaba, recorría en orden cromático todas sus tonalidades e incluso imaginaba el olor de las cosas de ese color. Al salir por la puerta del edificio más alto del Strand la idea se convertía en obsesión y Serge recorría calles y calles buscando comer algo de ese color. El amarillo era fácil, había descubierto una sitio colombiano en Elephant and Castle que servía bandeja paisa con maíz, patacones y frijoles. Él les pedía siempre que quitaran todo y le dejaran el maíz y los patacones, después de casi 18 meses viniendo, Dulia, sabía de antemano lo que iba a pedir. Los jueves solía ser el día de comer verde, ese sí era fácil y su dieta variaba entre ensaladas del Pret, aguacates del M&S, pepinos o un gustoso melón cuando hacia buen tiempo. Un viernes de cada mes le salía el azul y no le quedaba más remedio que ir al cocktail bar del Soho para cenar en vaso 5 o 6 rondas de curaçao. Esos días volvía haciendo eses y algún que otro sábado se había despertado en un cuarto de baño lleno de vómito como si acabaran de descuartizar a un pitufo.

La gente de su oficina sabía que Serge era un tipo raro, al principio se habían relacionado con él y hasta le invitaban a fiestas, ahora la única comunicación que tenía con sus compañeros era los comentarios mensuales que ellos les hacían sobre una cuidada selección de canciones que regularmente Serge publicaba los días 1 de cada mes. A cada lista le ponía un nombre que le recordara un momento especial del mes y desde que se levantaba hasta que llegaba a su cama vagaba por ahí con unos auriculares inalámbricos que compró un día en el barrio chino, un día que intentaba comer algo naranja fosforescente.

Serge un día decidió que se sentía solo, miró a su alrededor y le pareció que su vida estaba totalmente vacía. Sintió un dolor fuerte en el pecho y pensó en comer algo gris, pero solo encontró un potito hecho con lentejas en el maquina del vending de la estación. Se lo comió con una cuchara diminuta de plástico que venia dentro de la tapa y durante cada una de las minúsculas cucharadas se dijo a si mismo: ¿qué cojones estoy haciendo?

Era 1 de Junio y el primer cambio que Serge introdujo fue dejar de escuchar música. Pensó que quizá se había desconectado tanto de lo que le rodeaba que ya no era capaz de comprender su entorno, en parte así era. Intentaba entender las conversación que oía a medias y era incapaz de encontrar ningún sentido a lo que hablaban la gente con la que se cruzaba. Una colección de nombres y adjetivos que a él solo le daban ganas de ponerse de nuevo los cascos y meterse en su música para pensar en lo difícil que lo tenia hoy para comer algo violeta que no fueran esas flores horriblemente azucaradas de la tienda de tartas de Notting Hill.

Durante los meses siguiente Serge hizo todo tipo de esfuerzos. Mantuvo conversaciones en el ascensor, saludo a una chica con sombrero en el metro que le pareció que le estaba mirando e incluso se coló a propósito en una foto que una familia se estaba tomando para sacar de fondo el Big Ben. Pero nada.

Un día Serge se descubrió derrotado después de alguien en la calle le confundiera con otro y le diera casi sin querer la mano. Pensó en cuánto tiempo hacia que no tocaba a nadie y se derrumbó. Era el ultimo viernes del mes y llevaba todo el día pensando en anchos ríos, mares y barcos inmaculados que surcaban un cielo excesivamente azul. Acabó puntual su trabajo con una carta que tenia que transcribir a alguien que enviaba recuerdos desde Tailandia y se dispuso a volver al cocktail bar del Soho.

Se sentó en la barra y solo tuvo que asentir al camarero para que un curaçao decorado sombrilla apareciera delante de él. Pasó dos horas absorto, se deshicieron los hielos picados y Serge ni si quiera pudo beber. De repente vio como un mujer de pelo corto, negro, entraba despojándose atolondradamente de un paraguas del cual ahora mismo no sabría recordar el color. Al cerrar el paraguas dejó un enorme charco alrededor de sus botas, ella tenia la sensación de haber llegado a un refugio después de la más dura de las tormentas y Serge se preguntó cuando exactamente había empezado a llover. De repente ella le miró y se rió, y se volvió a reír y al final acabó desatando una carcajada que contagió irremediablemente a Serge. Los dos, a unos 3 metros de distancia empezaron juntos a reír sin saber muy bien porqué. Serge se tapó la cara con las dos manos, con un gesto de niño totalmente sorprendido por un sensación que ya casi ni recordaba, se levantó de su taburete en la barra y de manera casi automática le cedió su sitio a la chica del paraguas con un gesto tan improvisado como efectivo. Ella se acercó sin dejar de sonreír y Serge se dio cuenta entonces de que iba descalza, había dejado las botas, el paraguas y una bolsa al lado de charco que se formó en la entrada. Ella se sentó grácil en el taburete, sus menudas piernas no llegaban al suelo. Le tendió la mano como si se tratara de una recepción de reyes, con la palma convexa esperando un beso, a lo que él respondió de manera instintiva. Le dijo “Hola me llamo Berta” y por enésima vez le volvió a sonreír.

Serge le dijo su nombre y le pidió con el mismo gesto cómplice al camarero otro curaçao. El camero, que nunca supo como se llamaba, procedió a ello, testigo incrédulo de lo que estaba sucediendo. Durante las tres horas siguientes estuvieron hablando, conociéndose, evitando las mentiras y el pasado en una conversación tan mágica como espontánea. De repente ella se levantó y le dijo: “¿no tienes hambre? Me moriría por comer hoy algo amarillo.”

Febrero, la grisura y algo parecido a una declaración de amor

Se escapa el 2015 sin que nos demos cuenta, lo mismo le pasa a mis treinta y a la promesas que me hice una nochevieja en el puente de Albert Bridge. Se escapan las cosas a las que no puedes aferrarte, ya solo quedan mis folios, tú y una extraña sensación de misión cumplida. Bienvenida sea la soledad compartida de este invierno amable, imposible de repetir. Quién sabe si llego la hora de marcar algunos de los checkboxes. Quién sabe qué será esto que empieza ahora.

Dicen que dejo Londres y vuelvo al Madrid canalla que una vez me hizo como soy. Dicen. Dicen que se acabaron los 4 vuelos al mes y despertarte sin saber en qué ciudad duermes hoy. Dicen esto mientras a mí, cada vez, me cuesta más escribir. Jodida mezcla esta de felicidad contenida y pollo loco corriendo sin cabeza.

Mientras, febrero llegó otra vez. Como todos los años. Como aquella pequeña chica pizpireta que solía aparecer algún invierno. Hoy es viernes y he quedado contigo en el Starbucks de Marszalkowska, me desperté ayer en Barna borracho de amigos tras una noche recordando lo jóvenes que fuimos hace demasiadas noches en Madrid. En el avión volví a leerme un librito de esos que de triste que es te hace sentir vivo. Hablaba de Pigalle, de la juventud perdida y de un café donde me encantaría que alguien supiera mi nombre. Uno de esos sueños raros que nunca se cumplirán, una caja que queda sin checkbox. ¿Cómo de importante es eso ahora?

Pasa la tarde aquí en el café, escribiendo, llenándo mi cabeza de ti mientras veo pasar la gente y deseo ser todos ellos por un rato. Me doy cuenta de que quizá eres tú ese monstruo que devora mis obsesiones o la señal obvia del final de esa parte de mí que no hay más remedio que dejar atrás. Como bien dice Podiani:

Era un parroquiano muy discreto de Le Condé y siempre me quedaba un poco aparte y me contentaba con escuchar lo que decían todos los demás. Me bastaba. Me encontraba a gusto con ellos. Le Condé era para mí un refugio contra todo lo que preveía que traería la grisura de la vida. Habría una parte de mí mismo –la mejor– que algún día no quedaría más remedio que dejar allí.

La grisura de la vida, qué duro y qué verdad. Y cómo asusta. De hecho parece que sea de lo único que sé escribir y es que como los galos temían el cielo cayendo sobre sus cabezas, del mismo modo, temo yo la grisura de la vida. Y ya está bien. Que cada uno escoja sus fantasmas. Hay gente que se obsesiona con parecer, otros con conquistar –mujeres, sueldos, pequeñas victorias–, hay quien solo quiere marcar los checkboxes, otros –como mi vecino– quieren cambiar el mundo. Yo no. Por momentos tan simple que parece mentira: yo tan solo quiero erradicar la grisura. Yo quiero color.

Pero volvamos al avión y definamos color para aquellos que creen que alguna vez mis metáforas aspiran a algo…

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En ese mismo avión, sobrevolando Bratislava, decidí que esta noche te pondré en los earphones del iPhone esa canción de Låpsley en modo repeat. No entenderás nada pero cuando salgas de la ducha y yo te pediré –una vez más– que simplemente confíes en mí. Para entonces las dos botellas de Ribera del Duero que compré en el Duty Free serán carcasas vacías de las ganas que tenia de verte. Sobre tu piel blanca y tu pelo rubio tan solo dos auriculares inundando completamente esta pequeña habitación que tanto vamos a echar de menos. Otra vez la música a todo volumen para sentirnos un poco más livianos. Te hablo y te conformas con leer mis labios mientras yo noto como empiezan a temblar los tuyos. La música muy alta en tu cabeza. La temperatura que no deja de subir y afuera todo completamente nevado. Recorro una y otra vez los ciento y ochenta centímetros de un cuerpo que no me acabo. Como si fuera la primera vez, o como si fueras a desaparecer mañana. No me canso de ti. No me canso de pensar que quizá tú eres el propósito que tanto andaba buscando. Así es para mí el color. Así combato la gisura. Sin casi poesía.

Y todos sabemos que pronto dejaré de escribir porque dejará de tener sentido, una chica que le da mil patadas a la que un día imaginé entrando en el Royal Festival Hall está a punto de venir a recogerme. Para alguien como yo que solo sabe escribir sus tontas ensoñaciones sería importante saber parar antes de convertir estos pensarmientos en manadas de unicornios vomitando arcoíris. Quizá ahora toca escribir de los miedos, de los nuevos, tan distintos como absurdos. De los hijos que no tengo o de la crisis de los cuarenta. Quién sabe.

Aunque mi único miedo hoy, en este Starbucks de Marszalkowska, dista un poco de la grisura. Hoy temo lo que dejo atrás, temo no perderme nunca más en un café de una ciudad en la que no conozco a nadie. No volver a viajar sin planes. No volver a tener al tiempo y la soledad como aliados. No volver a sentirme en casa en un sitio que no conozco. Pero algo me dice que tú te perderías conmigo y como dijo Bill tenemos pendiente nuestro viaje a ninguna parte para ver si nuestras miserias son acicate, un mal soportable o suficiente razón para mandarlo todo a la mierda.

Ahora cuando acabe Låpsley te lo diré al oído…¿declaramos juntos la guerra a la grisura?

Huyes

Lo primero que supe de ti es que huías. Huías de frente. Corriendo hacía mí sin conocernos. Buscando juntos una salida de emergencia. Qué diferente es todo ahora que huyes dándome la espalda. Preciosa melena que se difumina en la distancia. Huyes, porque emigras siempre de los corazones que habitas y solo eres polizón de los barcos destinados al naufragio. Te marchas en el momento justo, antes de que se amarilleen las hojas de las libretas o se manchen de café las cartas sin abrir del banco. Escapas, porque el dolor es el agua de tu pecera y la rutina el aire inútil de los peces que se asfixian sobre el mármol de la cocina. Tu único hogar son sábanas revueltas y la calma un cigarrillo a las 3 de la mañana. Cierra la puerta cuando salgas y no olvides tu pasaporte. Se quedaran sin usar los billetes a ninguna parte que te regalé en un intento fallido de salvarnos. Eres lo mejor que no me ha pasado nunca y olvidarnos mucho más fácil cuando no te conocía. Huyes y me enseñas que contigo ahora siempre es tarde y que al final de todo esto solo quedará una historia de nosotros en la que no hay protagonista.

Huyes y, yo que no me cansaría nunca de mirarte, deseo de corazón nunca más volver a verte.

Noviembre y tú: la distancia.

El domingo me desperté una vez más con resaca. En el vigésimo primer piso del Strata. Ben me tuvo hasta el amanecer contándome que no sabía cómo dejar a María. Ella es actriz, él programador y hace dieciséis meses de sus primeros tres meses juntos. Nos conocimos el sábado, Ben vive en Elephant and Castle, ella en Malasaña. Dormí en un colchón en el suelo, con manchas de sustancias irreconocibles que dibujaban un mapamundi casi perfecto y sabiendo desde el principio que me arrepentiría de responder sí a “¿te tomas unos Pacharanes en mi casa?”. Así fue, al día siguiente caminé arrastrando los pies por la orilla del Támesis de vuelta a Fulham. Con la bufanda salvándome la vida, la música más triste posible y deambulando concienzudamente hacía el barco-terraza de Vauxhall. Full English Breakfast, Ibuprofeno y Bitburguer: desayuno perfecto para el último domingo de noviembre. Un día cualquier sino fuera porque me dolía sobremanera esa vieja herida mal curada: la distancia.

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La distancia que alegará Ben cuando llame a María. La que me separa hoy de ti, la que siempre me acaba separando de lo que fuera que sea que viene después. La de los cuatro meses que hace que salí de un coche robando besos que no merecía y mi consiguiente silencio reglamentario. La de los años que cumple Halloween cada noviembre o los lustros que me separan del mítico email de ‘el final de la primera parte’. La de los decenios que hace de aquella cabina o la eternidad que empezó con aquel último abrazo. Medida a veces en tiempo, pero muy jodida ella siempre: la distancia.

Miles de kilómetros que hacen que esta noche no cenemos juntos, ni mañana nos arrepintamos de los excesos del vino especiado. Porque anochece en Londres a las 4 en diciembre y el frío trae siempre miedos y lo que parecía fácil en verano te hace sentir ahora cobarde. Debería coger la mochila e irme, sin mirar al pasado, haciendo caso omiso del ruido ensordecedor de las jornadas de 9 a 5. Acabar de golpe con la distancia, a veces, de lo que quiero ser; siempre, de lo que quise que fuéramos. Ya me lo dijeron todas ellas antes: “esperas siempre demasiado”.

Aunque hay peores distancias: la de la mentira que no confiesas, la de los dos centímetros que no se recorren por miedo a dejar de ser amigos, la de la personas que nunca dejas de querer, la de la madre que escucha llorar al otro lado del teléfono o la del que duerme con alguien a quien dejó de amar sin importarle cuándo. La distancia del que viaja cada semana al norte sin un ápice de ganas. La del que aguanta callado sus propias inconfesables y más duras miserias. Muchas difíciles, algunas crónicas, casi todas insalvables: las distancias.

Porque aprendimos de la peor manera que huir hacía adelante añade kilómetros pero no te acerca a nada ni a nadie. Comprobamos que los fantasmas te persiguen sin importarles la geografía, que los kilómetros no alejan los recuerdos, ni endulzan las mentiras, ni desaniman a las chicas que se pasean descalzas por los sueños de los cabezotas y los melancólicos.

Distancia del final es saber que te quedan unos cincuenta años de media. Que hay uno o dos nombres que quizá se queden sin poner, que nunca sabes quién será tu última oportunidad de ser feliz y que acojona reconocerlo en voz alta.

Distancia de ti que eres lo mejor que me ha pasado nunca. ¿Cómo pedirte que te vengas conmigo y arriesgarnos a perderlo todo?

Ben me dijo que leyendo el otro día a Ortega es cuando se dio cuenta que lo suyo con María se había acabado: “Toda realidad que se ignora, prepara su venganza.”

Uno sólo se distancia de lo que cree que no importa lo suficiente. Ese es el problema de confundir las prioridades.

Noviembre, ¿a cuántos kilómetros de mí mismo acabaré por encontrarme?

¿Para siempre?

Tengo que parecer fuerte, que exploten los bíceps en mi camisa, para quitarte el pelo de la cara con el más dulce de los gestos. Seguir subiendo vino al hotel de las noches eternas. Hacerte creer que vivimos en el mejor de los posibles presentes. Ilusión y ganas de comerte todos los días por desayuno.

Tengo que pensar rápido para robarte una sonrisa cuando aceche tormenta y que el brillo de tus ojos no se disipe con el tiempo. Quiero ser loco en la cama y tierno en la distancia. Que seamos siempre esa pareja que todos envidian en las bodas. Sonrojarte con susurros mientras cruzas la aduana. Que nos echen de los bares las veces que haga falta.

Tengo que aprenderme tus gestos, todos, para sanar lo que callas cuando corra el riesgo de enquistarse. Memorizar tu cuerpo como si fuera un mapa del tesoro que se borra por las noches. Interiorizar tu risa y hacer de ese sonido liturgia y plegaria. Convertir tu ausencia en el multiplicador de las ganas de verte. Ser la fantasía prohibida del retrovisor de otro taxista.

Tengo que saber si al final nos creímos la mentira consentida del para siempre.

Dure lo que dure.

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Septiembre y las primeras veces

Desde niño cuando entro a una habitación de hotel por primera vez siento la ilusión especial de quien abre un regalo el día de Navidad. ¿Qué vistas tendrá? ¿Cómo será la cama? ¿Y la ducha? ¿Se habrá olvidado alguien algo en los cajones? ¿Qué habrá pasado en esta habitación antes de que yo llegara? Cuando voy solo me tomo mi tiempo y dedico el rato que sea necesario para familiarizarme con la que será mi casa las próximas 24, 48 o 72 horas. Me encanta. El otro día entré acompañado a un hotel con vistas a la Pedrera en la siempre bonita Barcelona. Salté sobre la cama, abrí las cortinas de par en par, escudriñé el mini bar y decidí que esa habitación, esa tarde, esa chica, merecían abrir un botellín de Jack Daniel’s sin hielo y bebérselo con los vasos esos que dejan en los cuartos de baño tapados con cartón ribeteado que simula el encaje de los sujetadores. Ella me miró sin saber muy bien qué estaba pasando y me dijo “¿siempre haces eso cuando entras a un hotel?”, no le contesté porque lo preguntó justo después de beber el primer sorbo de whiskey pese a decirme que no le gustaba y ese gesto merecía parar el tiempo y que inmediatamente me la comería a besos.

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Hoy, casi un mes después, es un domingo cualquiera en Londres y en este septiembre suena George Ezra en mi nueva lista preferida de canciones. Sin razón alguna me ha vuelto esa pregunta que se quedó sin respuesta aquella tarde en Barcelona. Me gustan las primeras veces, eso es lo que debía haberle contestado. Me gusta cuando dos pies desnudos se tocan sin haberlo hecho antes, cuando –sin prisa alguna– una blusa se da la vuelta para quedarse enganchada sobre un cuello que acabas de conocer, cuando amaneces por primera vez frente una espalda llena de pecas, me gusta cuando aterrizas en una ciudad en la que nunca has estado, cuando echas de menos sin razón aparente, cuando entiendes –por primera vez– que alguien se ha colado del todo en tu vida. Cuando frases que acabarán siendo cotidianas ni se han dicho aún. Me gustan las primeras veces y un hotel es la excusa perfecta para celebrarlas. Hace mucho tiempo pensé en poner un anuncio por palabras, algo del estilo: adicto a las primeras veces busca tratamiento. Menos mal que no lo hice. Menos mal que los Tinders y Badoos han hecho mainstream las sociopatologías y me siento un poquito menos raro.

No te preocupes que lo sé, yo también lo estoy pensando: ya no tengo edad para esto de las primeras veces. Pero lo siento, no lo puedo evitar y quizás un día de estos realmente prueben un tratamiento y me inviten al grupo placebo. Vuelvo a sentirme vivo un septiembre que tradicionalmente es mes de lluvias y palabras malsonantes. Vuelvo a cocinar y preparar café y exprimir zumo un domingo por la mañana. Y es que septiembre parece más guapo y mejor como decía aquella canción de Lichis. Será pues que esta adicción no es tan mala y que de esta montaña rusa en la que viajo a lo mejor sí se puede salir vivo, quizá hasta cuerdo…quién sabe a lo mejor hasta yo también puedo ser uno de esos que llaman felizmente estables. Bueno, tampoco exageremos. Pasa rápido al siguiente párrafo antes de que escribas que lo bueno no dura, que nada es eterno o antes de que la bruja esa que hace vudú con tu pasado clave otro alfiler mientras murmura: “de ella, tonto, también te acabarás cansando (o ella de ti)”. Corre, inconsciente, ¡corre! Punto y aparte y al siguiente párrafo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi pero no tengo tan claro cuándo empezamos a miramos de una forma diferente, ese momento es difícil de identificar. Igual que es difícil recordar cuándo os tocáis por primera vez o en qué instante dejó de haber vuelta atrás. Estrenar gestos de complicidad: usar la misma ducha, descorchar vino, quemar la cena, sentir celos, tocarle el culo, ver que se aleja en un aeropuerto, recogerla en la estación, mensajes mal escritos en medio de una borrachera, echarla de menos lo suficiente como para decir su nombre una mañana solo entre las sabanas; todo, todo, todo, tiene su primera vez. Y engancha, claro que engancha.

Septiembre te toca, ahora me dirijo a ti, porque este año lo has vuelto a hacer. No esperaba menos. El día 5 recibí una oferta de trabajo para volver a cambiar de país, de rutina y de excusas. Nunca me fallas. Has traído lluvia como todos los años y esa extraña sensación de estar perdiendo el tiempo y gastando la memoria. Septiembre, eres un viejo cascarrabias que se arrepiente de todo lo que no hizo antes de los 60. Con artritis y el vino prohibido por prescripción médica. Septiembre, yo también te compadezco, pero ¿sabes qué? este año trajo tu primera vez, desde que te vengo escribiendo nunca un septiembre me sentó tan bien ni tuve tantas ganas de que esto no se pase nunca. Sea lo que sea. Quizá septiembre, quizá, al final encontré la cura y se acabaron los otoños llenos de reproches. Para todo hay una primera vez, que nadie nos la arrebate, ni la malgaste, ni la posponga.

Septiembre, ¿se cura?

Agosto: Apuntes de mi paso sobre el verano.

Lleva siempre calcetines de reserva cuando viajes, ya que se puede tener frio en todas partes menos en los pies. Pide menú sin gluten o Kosher si quieres que te sirvan la comida antes que nadie en el avión. Vuelve a Nueva York. Sonríe, aunque los mofletes te choquen con las gafas de sol y no salgas bien en los selfies. Pasa una noche en vela. Ten una conversación de, al menos, cinco horas con alguien que acabas de conocer. Habla con desconocidos siempre en verano, en invierno no funciona igual y en otoño corréis el riesgo de no entenderos. Ríete solo, grita cuando haga falta y baila por lo menos una vez saltando sobre la cama del hotel, eso querrá decir que la euforia –ese bien tan escaso– te habrá pillado desprevenido. Elige con cuidado los libros de cada verano, escoge las historias que contarás, escoge con quien las compartirás, escoge todo lo que puedas porque vas a acabar cambiando los planes y es bueno tener algo a lo que aferrarse. Escucha hasta el aburrimiento una canción que tenga demasiados años, que alguien te haya recomendado y que te haga recordar para siempre esa persona y ese verano. Ponte al menos una vez “Enero en la Playa” para recordar lo mucho que se echa de menos el sol en invierno. Nunca, nunca, nunca te creas que hay dos mujeres iguales, ni dos cuerpos parecidos, ni dos situaciones semejantes. Enamórate siempre como la primera vez, aunque tan solo dure tres días. Recuerda que hay cuerpos que simplemente no encajan, u olvídalo de nuevo si quieres, pero no te engañes volviéndolo a intentar. No mientas, ni compadezcas, ni mires jamás debajo de un bikini si no te han invitado. Como dice Steibenck afronta las resacas como una consecuencia, no como un castigo y bebe vino siempre que puedas. Regala algo a alguien que no se lo espere y ponle una dedicatoria que se revalorice con los años. Mira, aprende y escucha a los mayores de 60 que son los que saben más que nadie. Viaja, a la playa donde te criaste, al pueblo de tu primo, a Madrid desierto en vacaciones o donde haga falta. Viaja sin dinero o gástate todo el que tengas, no importa. Viaja e improvisa. Improvisa hasta que un día te quedes a la puerta del restaurante perfecto por no haber reservado. Haz de esa noche algo igualmente inolvidable. Conoce gente a la que nunca volverás a ver y de la que nunca te podrás olvidar. Trabaja cuando nadie más lo haga una noche fría de agosto para recordar que lo que te da dinero a veces también te gusta. Lee desnudo, haz el amor vestido y suda…suda todo lo que puedas cada verano. Arrepiéntete de tantos febreros esperando que llegue el buen tiempo y cómprate una bici para desear que llueva otra vez. Entierra una botella en la playa de arena más blanca y pásale por la espalda todos los hielos hasta que parezcan croquetas. Huye de los aburridos. Haz una hoguera con gente con la que te llevas más diez años y fríe sardinas y ríete hasta que olvides qué era lo que tenía tanta gracía. Corre hasta quedar exhausto, nada hasta que duelan los brazos. Disfruta de ocho horas de espera en un aeropuerto porque por fin podrás acabarte ese libro que te hace pensar en ella. Promete a alguien que os volveréis a ver aunque los dos sepáis que es mentira. Garabatea una lista de momentos del verano en una servilleta mientras atardece, pinta una palmera y deja que lo hielos del ultimo negroni del verano te agüen un poco los ojos. Pelea hasta el último minuto para que los tres meses que separan San Juan y el mes más duro del año valgan la pena…

Esta noche pide en recepción una cubitera para ese vino blanco que has conseguido a la salida del restaurante, sube a la habitación y sin nada más encima que el miedo de haberos conocido deja que suene esta canción mientras te acabas a sorbos este agosto.

Porque en verano el único plan que importa es no enamorarse, aunque al final fuera el único que no cumplimos.

Bonus: El título del post se lo robé a Marwan porque me encanta como ha titulado su nuevo libro-disco http://www.marwanweb.com/ y porque la otra opción era “Agosto sin planes”

Un día de Julio – Verano 2015

Te voy a contar un secreto ahora que parece que lo sueños vuelven a estar de saldo: no se lo digas a nadie pero te voy a traer aquí, para ver si, como a mí, se te encoge un poquito el estómago la primera vez que sales de una boca de metro en Manhattan.

Nos hospedaremos en Brooklyn en honor a Nathan y a los primeros libros de Auster. Nos despertaremos antes del amanecer porque el jet lag no deja otra opción y con un café aguado y sin cámara de fotos recorreremos Broadway desde Fulton St hasta Time Square. La idea es cansarte, dejarte exhausta para poder engañar a tu vértigo cuando caiga la tarde y cruzar como si nada mi puente preferido. Descalzos en el césped de DUMBO nos olvidaremos por un instante de los atardeceres de película para brindar por nosotros con dos cervezas lager de las que hacen en Utica. Te traeré aquí para no perderme tu gesto ante el estruendo de los vagones en este metro tan destartalado, para reírme cuando te quejes de los bocinazos y para besarte sin prisa en todos los semáforos y declarar descaradamente la guerra a toda esta gente vencida ante la urgencia. Te llevaré disimuladamente, sin que lo sepas, a descubrir el Flatiron tras una esquina, para que me digas si tú también sientes atracción por esa manera suya de esconder tan perfecta silueta y querré saber si eres de las que se preguntan cómo sería vivir en un apartamento donde el viento es uno más de los inquilinos. Nos sentaremos uno frente al otro como si el destino aún no nos hubiera juntado y cruzaremos las sonrisas en todas la estaciones de la línea A que va de Brooklyn a la Octava. Te sabrá a gloria la vegan burger del Shake Shack de la 44 y cansados, sabiendo que hay momentos que no vuelven, seremos por un rato adolescentes en el césped de los parques neoyorquinos. Te traeré a esta ciudad que a todos nos hace sentir pequeños y miembros de algo de lo que no sabemos si queremos formar parte e intentaremos entender en qué se ha convertido el mundo mirando a las caras de esta inexplicable amalgama de gente, ilusión y hastío. Te diré que podríamos vivir en Williamsburg para ver si entiendes de una vez que contigo el lugar no importa. Y cuando llegue la noche nos emborracharemos en la barra de ese bar con pianista a $20 el mojito y entenderemos que ningún lugar interiorizó mejor la salsa que esta ciudad bastarda, orgullosamente mestiza, de padre americano y madre latina. Te agarraré fuerte las mismas caderas que dejé escapar una noche en Londres hace ya demasiado tiempo y sudados, sin espacio para que reacciones, te diré –a ritmo de un bolero– eso que llevaré demasiado tiempo callándome y que es el único verbo no egoísta que en primera persona del singular rima con te echo de menos.

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Brooklyn, Verano 2014.

Alguien en junio

Alguien, como en la frase “he conocido a alguien”, como en aquella vieja manía de no dejar de pensar en ti. Alguien, lo digo en voz alta, lo repito para escucharme y sigo creyendo que hay trampa, que algo no encaja, que yo debía pasar el verano buscándome entre aeropuertos…que yo, como España, este verano no jugaba mundial.

Pero ha llegado alguien y ya no puedo escapar de aquí. De ese aquí constante de buenos días, dos puntos arterisco, dulces sueños y docenas de puntos suspensivo. Inexplicable dosis diaría de sinrazón. Frases suyas que acortan mis horas y me convierten en el único tipo feliz que espera el autobús. Hoy una mujer me dijo que hacía tiempo que no veía a alguien –otra vez alguien– escribir tan rápido, ni sonreír tanto, yo le dije: “la tendrías que conocer”.

Fuma

Fuma, como Rita o como Gilda, con las mismas espaldas de nadadora, hombros al aire y la presencia de alguien que sabe dónde mirar. Ríe, como alguien  –otra vez alguien–  a quien nunca le han hecho daño y sin embargo va por la vida dejando claro que no hay nada que temer. Muerde, persistiendo su sonrisa con mordiscos que duran días, perfecta excusa para confesarle las sensaciones de su boca acercándose a mí. Sueña, como hago yo con ella, que a lo mejor no estaba todo perdido y que cuando menos te lo esperas aparece quien contra todo pronóstico invierte la pirámide de prioridades de cosas pendientes por hacer. Ella. Alguien. Ella. Una y otra vez.

Junio con sus viajes, sus frustraciones, su karma y su reputa madre –perdón– sabe tan poco del futuro como nosotros pero cambiaba ya los 178 días que llevamos de 2014 por esos once minutos en el parque con vistas a Canary Wharf. Yo pensando que me había equivocado, ella –como siempre me pasa– varios pasos por delante de todo lo que iba a ocurrir. Cuántas veces tendrán que recordarme que no vale de nada analizarlo todo cuando un gesto basta para demostrarme lo poco que sé.

Los mayos siempre derrumbando castillos, este fue uno de los más duros y solo aquel que bien me conoce supo hacerme reaccionar, bastó un simple “¿estás bien?” para sacarme del letargo. Mea culpa, a veces pido ayuda a gritos en cuartos insonorizados y me desgañito esperando que me respondan: imposible por definición. Y aún así seguí gritando callado en junio y subí todo lo alto que pude intentando dejar atrás mis miedos y huí en tren, avión y barco de esa parte de mí mismo que no alcanzo a dejar atrás. Curiosamente en junio también quise escribir ese libro o mandarlo todo a la mierda y solo conseguí durante diez días no dormir dos noches seguidas en la misma cama, ni en la misma ciudad. Huyendo de mí tan rápido iba que cuando por fin me enfrento a este teclado lo primero que me sale es “alguien, he conocido a alguien” y todos los lastres pasan a segundo plano que es de donde nunca deberían salir. Y abusando como siempre de los símiles, es como si después de muchos años sin ver a una persona te dieras cuenta de verdad de cuánto –que es muchísimo– la has llegado a echar de menos, aún sin llegarla a conocer.

Intento autocensurarme, de verdad que no quería escribir justamente hoy, intentado evitar un “busy girl” de libro, pero nunca hay suficiente razones para callarme y me gusta pensar que algún día volveré a leer esto y me reiré. Me reiré mucho. Por cierto, para los que siguen este drama-diario, informó que busy girl y el ganador del Gran Hermano lo acaban de dejar y que me encantaría dedicarle –con cariño sincero– la letra de este temazo que me recuerda una frase a la que era adicto (pasado) y que esconde tanta cobadría como falta de ganas de enfrentarse a la realidad: “todo lo que pudo haber sido y no fue”.  http://youtu.be/L77XIfnJppA

I’ve got what I need but it’s not what I want
With these shifts that I work
it’s the best that I’ve got
I’ll see you again when we’re both off the clock
or I’ll find another girl
or I’ll find another job

Por último, déjame hacerte la confesión más grande de todas las ya hechas, déjame escribir la frase más importante de lo que llevamos de año. Déjame reconocerle a este escondido refugio de soliloquios inútiles que lo único que me apetece ahora mismo es hacer un Bill Murray con ella…y descubrir por mí mismo si este alguien es el nuevo contigo.

“If you have someone you think is the one, don’t just sort of think in your ordinary mind, think ‘Okay, let’s make a date,
let’s plan this and make a party and get married.’ Take that person and travel around the world. Buy a plane ticket for the two of you to travel all around the world and go to places that are hard to go to and hard to get out of. If when you come back to JFK, when you land in JFK and you are still in love with that person, get married at the airport!”

Hasta mañana Warsaw. Hasta pronto New York.

El otro (turulato y todo) – Mario Benedetti

De Mario hay que leerlo todo, todo, todo. Y más un domingo como hoy, y más un mes como este.

Pronto acabará junio con lo que ello conlleva pero mientras qué mejor que releer a Mario.puta vida

Extracto de “Primavera con una esquina rota”:

El otro (turulato y todo)

<<Para él es una sensación nueva. Y no es desagradable, qué va a ser. Pero lo cierto es que se ha metido en un atolladero. Nunca le había pasado esto con ninguna mujer. Siempre había sido él, Rolando Asuero, el propietario de la iniciativa, el que había llevado las riendas de cada relación, terminara o no en la cama. Y eso sí, una cuestión de principios: que fuera provisional, con todos los datos y propósitos bien claritos, transparentes como el H2O y sin que nadie pudiera luego arrinconarlo con el certificado oral de alguna promesa incumplida. Como omitió decir el Eclesiastés: para no incumplir promesas, lo mejor es no hacerlas. Afortunadamente, y esto debía reconocerlo, siempre había encontrado mujeres gauchas y bien dispuestas, que admitían desde el pique las reglas del juego y que después, cuando éste concluía, se esfumaban con un chau cordial y santas pascuas. Por otra parte, a las dueñas o esclavas, esposas en fin, de sus amigos más entrañables, las había tratado como hermanas y si bien de vez en cuando les dedicaba una miradita incestuosa, jamás iba más allá del linde bienhumorado y camaraderil, aunque a menudo soliviantando la coquetería innata de las susodichas. Miraditas incestuosas que no habían escaseado en tiempos idos para Graciela, que allá en Solís, balneario en bruto, cuando se ponía su malla azul de dos exiguas piezas (no era bikini sin embargo, pues hasta ahí no llegaba el cauto liberalismo de Santiago Apóstol), exhibía una estampa o palmito o cuerpo docente, realmente dignos de consideración y éxtasis, ah pero él nunca había traspasado la pudorosa barrera del suspiro o la admiración descaradamente visual tras las gafas oscuras, por cierto ocasionalmente estimuladas por algún comentario del mismísimo Santiago, que al verla correr hacia el agua como en un comercial de tevé, una tarde de olas por ejemplo, había murmurado como para sí mismo pero en realidad para los otros tres, está linda la flaca eh, provocando las bromas ambiguas y las risotadas viriles, bueno es un decir, de los otros dos casados y del único soltero impenitente o sea él, Rolando Asuero para servir a usted y a su señora, frase célebre y nada ingenua que él había espetado, dos lustros ha, a un gerente general de empresa que inmediatamente decidió convertirlo en ex cajero.

Pero la Graciela de ahora es otra cosa. Y él también ha cambiado. […] Sí, la Graciela de ahora es otra cosa. En primer término, más mujer, y en segundo, más confusa, tal vez como consecuencia de esa madurez. Como cuerpo (y como alma también, no seamos dogmáticos) ha madurado notoria y estupendamente, y verla por ejemplo acercarse despacito por el callejón de flores que lleva a su edificio (él, como tantas veces, aguardando en el portal) genera lindas expectativas no siempre confirmadas. Está un poco confusa, es cierto, aunque quizá lo más correcto sería decir desorientada. Y en el centro vital del despiporre: Santiago. Santiago en el Penal, sin poder defenderse ni atacar, solito con su murria y con su acervo cultural, qué terminología eh, pero además qué situação. Rolando ha llegado a un diagnóstico preliminar es que Graciela es una mina que no la va con la lejanía, y es ahí donde, sin comerlo ni beberlo, el pobre Santiago ha perdido puntos. Pero de ahí a concebir que él, Rolando Asuero, tuviera un papel a desempeñar en esta historia, hay un buen trecho. No sabe. Todavía no sabe. Aunque de a poco lo va sabiendo. Le gusta Graciela, a qué amortiguarlo y/o impugnarlo. Y él reconoce que, en ocasiones varias, cuando ella le hablaba de sus telarañas o de sus estados alternos de ánimo y desánimo, había efectuado sobrios avances, había dejado caer indirectas abusivas, había ofrecido ayuda digamos fraterna, y de a poco, tal vez sin proponérselo, había ido dejando veladas pero concretas alusiones a su afectivo interés por ella, o mejor aún al atractivo cierto que tenía para él. Y dato, en ésta su etapa ambigua, con sus sentimientos y emociones en franca revulsión y revisión, Graciela estaba receptiva como una esponja griega. Y seguramente había captado esos movimientos cautelosos, prudentes. Y un día, de pronto, en mitad de una de esas charlas equívocas, de equilibrista, ella salió con aquello de que ya no necesita a Santiago, me abandonó, y él comprensivo, no Graciela no te abandonó sino que se lo llevaron, y ella, es absurdo absurdo o será que el exilio me ha transformado en otra, y él, acaso no seguís compartiendo la actitud política de Santiago, y ella, por supuesto si es también la mía, y él por fin la pregunta de los diez millones, tal vez soñás con otros hombres, y ella, te referís a soñar dormida o a soñar despierta, y él, a ambos casos, y ella, cuando duermo no sueño con ningún hombre, y él, y despierta, y ella, bueno despierta si sueño te vas a reír, y allí hizo un alto, una pausa no teatral sino apenas un silencio breve para tomar aliento y aquilatar todo el peso de lo que iba a agregar: sueño con vos.

Él se había quedado turulato, había sentido un repentino bochorno en las orejas, nada menos que él buena pieza y donjuanísimo, se había mordido un labio hasta sangrarlo pero sin advertirlo hasta horas después. Y ella tensa frente a él, a la espera de algo, no sabía exactamente qué, pero tremendamente insegura porque entre otras cosas conjeturaba que él se estaría acribillandoen ese instante con la palabra lealtad, lealtad al amigo solísimo en un calabozo que aunque estuviera limpio siempre sería inmundo, lealtad a un pasado pesado y pisado y a una moral no articulada pero vigente y a larguísimas discusiones hasta el alba en las que siempre estaba Silvio que ya no está y estaba Manolo que ahora es técnico electrónico en Gotemburgo, y las esposas semimarginadas por el machismo-leninismo de los ilustres varones pero participando a veces con objeciones obvias y más que nada preparando ensaladas churrascos ñoquis empanadas milanesas dulce de leche y después lavando platos mientras ellos sesteaban a gamba suelta. Se había quedado turulato, él, tan casanova y putañero, con la frente sudada como liceal seducido por vedette del Maipo, y con una picazón en el tobillo izquierdo que era probablemente una reacción alérgica ante el futuro espeso que se avecinaba. Turulato y todo, había logrado articular gragraciela no jugués con fufuego y hasta había intentado llevar el diálogo a un territorio frivolón, algo así como de carne somos y no codiciar a la mujer del prójimo, todo para tomarse un mínimo respiro, ah pero ella mantuvo su expresión de austeridad sobrecogedora, mirá que no estoy bromeando esto es demasiado grave para mí, y él, perdón Graciela es la sorpresa sabés, y a partir de esa frase de segundo acto de sainete porteño ya no tartamudeó y dejó de sentirse turulato para estar definitivamente apabullado y no obstante poder murmurar es una lástima que no pueda contestar que no digas locuras porque en los ojos te veo que hablás terriblemente en serio y también es una lástima que no pueda decirte mirá conmigo no va la cosa, porque conmigo va. Y no bien pronunció ese va, pensó que había estado sincero y fatal, sincero porque verdaderamente ése era el sentimiento safari que empezaba a abrirse paso en la selvita de su estupor, y fatal, porque no se le escapaba que aquel va relativamente imprudente era algo así como elprimer versículo de su apocalipsis personal. Pero ya estaba pronunciado y subrayado, y Graciela que había estado decorosamente pálida de pronto se coloreó y suspiró como quien entra en una florería de lujo, y él consideróque ahora correspondía extenderle una mano y en consecuencia se la extendió por sobre la mesita ratona sorteando hábilmente el búcaro sin claveles y el cenicero con puchos, y ella estuvo un rato o sea cuatro segundos vacilando y luego también extendió su mano delgada que parecía de pianista pero era de mecanógrafa y ésta pasó a ser la prueba del nueve porque el contacto fue después de todo suficientemente revelador y ambos se miraron como descubriéndose. A continuación había venido el larguísimo análisis, otra vez la palabra lealtad saltando por sobre el búcaro sin flores y el cenicero con puchos, deteniéndose a veces en los rudos nudillos de él y otras veces en el fragante escote de ella, y Graciela, por ahora más atormentada que feliz, yo comprendo que es una situación injusta pero a esta altura del partido no puedo mentirme a mí misma y demasiado sé todo lo que le debo a Santiago pero evidentemente esa convicción no es un seguro vitalicio contra el desapego conyugal, y Rolando por su parte, por ahora más desconcertado que feliz, tomémoslo con serenidad, tomémoslo como si Santiago estuviera presente en nuestro diálogo ya que él es una parte indescartable de esta situación, tomémoslo como si Santiago pudiera de veras comprenderlo y sobre todo comprendiéndolo en primer término nosotros. Y así hablaron y fumaron durante un par de horas, casi sin tocarse, barajando soluciones y resoluciones, sin atreverse todavía a desmenuzar o planificar el futuro, prometiéndose un tiempo para habituarse a la idea, prometiéndose asimismo no hacer demasiadas locuras ni tampoco demasiadas sensateces, y Rolando sintiéndose cada vez más hipnotizado por los verdísimos ojos de ella y las piernas de ella y la cintura de ella, y Graciela evidentemente turbándose con esa reacción que sin embargo quería y esperaba, y Rolando empezando a enamorarse de esa turbación, y Graciela de pronto resbalando inerme hacia un sollozo nada premeditado y por tanto persuasivo como pocos, y él tomándole el rostro con ambas manos y sólo entonces notando, en el dulce contacto con los labios de ella, que de puro azorado se había mordido los suyos cuando una hora antes ella había dicho sueño con vos.>>1442E330C

Verano del 94

Habría que volver a las chicas guapas sin escote,
las notitas en los pupitres y los sándwiches de Nocilla.
Retornar a aquel junio en el que Indurain no pudo con el pirata Pantani.
Veranos de siesta y pipas sin sal en los bancos de la glorieta.

Volver a aquella casa de alquiler,
a aquella inocencia tan por estrenar.
A tener y no saberlo, la vida entera por delante.

Pero para volver habría que olvidar lo que hemos aprendido:
que España al final sí ganó un mundial,
que los veranos también se acaban,
que hay sitios a los que decidimos no volver
y personas que simplemente desaparecen.

¿Te acuerdas?

Por las noches salíamos a perseguir dragones,
a cuchichear sobre Ana la granjera.
El futuro más lejano era el próximo septiembre,
y el miedo una película de Freddy Krueger.

En la trastienda del estanco nos reuníamos frente al video VHS,
a darle al pause cuando la Stone fumaba cruzando las piernas,
A descubrir que la sexualidad se esconde tras píxeles negros
y la niñez una vez se va, nunca más se recupera.

Habría que volver a las meriendas en el parque,
a la calle como único refugio,
volver a creer en nuestros padres.
Retornar a aquellos días sin reloj, ni horarios, ni responsabilidades.

Pero para volver habría que olvidar lo que ya sabemos:
que hay cosas que no tienen marcha atrás,
que algún día los domingos serán tristes,
que ir a Asturias no es dar la vuelta al mundo
y que las heridas que más duran no son las de las rodillas.

¿Te acuerdas?

Te cuento esto porque se acerca irremediablemente otro verano
y yo no puedo dejar de pensar
en lo que daría por volver
para siempre a los noventa.

Decrecer,
en vez de hacerme mayor.
Desistir,
en vez de empecinarme en echar leña a un fuego que no prende.

Eso sí, no vengas a decirme que estoy siempre con lo mismo,
que evadirme con mis cuentitos no sirve para nada.
Déjame escapar por un rato de este denso presente,
que nos ahoga, que te constriñe,
tan constante y predecible
que solo sirve para preguntarse “qué hubiera pasado”.

Y cenar en zona neutra
una vez cada tres meses
y quedarse con la ganas
en todas las despedidas.

Ganas de ti después de verte.
Ganas de que me preguntes todo lo que callas.
Ganas de que esto no hubiera ocurrido.
Ganas, muchas, de llamar para decirte
que al final va a resultar
que nunca dejé de echar de menos lo que pudimos haber sido.

Que todas esas frases que dijimos
ni nos salvan, ni se pasan,
ni con el tiempo son mentira.

Y que este junio daría lo que fuera por volver al pueblo,
a la glorieta,
a las tardes de verano comiendo pipas,
a quedarme hasta tarde con mi padre
para ver a España empatar contra Corea
y a Tassotti romperle la cara a Luis Enrique.

A sacar el coraje suficiente para decirle a Anita que me gusta.

Y que no me jodan
que esto es no es nostalgia
sino la extraña sensación de que cuando éramos niños
los veranos no eran tristes
y olvidar aún posible,
porque no te conocía.

La Cara Rota

Yogures caducados

NoSkaters

Te has parado a pensar por qué cuando llueve no salen los skaters
o se esconden los músicos callejeros.
Por qué no se quieren mojar los gatos, ni las palomas.
Por qué los hoyuelos solo aparecen cuando ríes.
Te has parado a pensar, cariño, por qué el muy joven quiere ser viejo
o el viejo prefiere siempre estar preocupado.
Por qué los poemas hablan todos de lo mismo,
por qué los que escribimos nos repetimos tanto.

– Hola guapa, te llamaba porque estaba cruzando el puente. No deja de llover y no he podido evitar pensar en ti.
 Estoy trabajando cielo y si me llamas más tarde.

Te has parado a pensar por qué acabamos haciendo lo que más nos hiere,
qué tipo de insectos a la luz somos nosotros a la derrota,
o para cuánta gente la insalvable proximidad del metro
es, día a día, lo más parecido a intimidad con otro sexo.
Por qué cuesta más contar ciertas cosas que callarse.
En qué momento no pensar fue mejor que saltar al vacío.

– Cariño, despierta, te quería preguntar qué harías si nunca más tuviéramos que dormir. Si el sueño fuera tu aliado en vez de un mal necesario.
 Déjame descansar, no empieces, que mañana a las 8 me levanto.

Te has parado a pensar si tu respiración es mi mejor recuerdo de los últimos meses.
O desde cuándo pasamos más tiempo tumbados juntos que cara a cara,
que ya solo nos quitamos la ropa para ducharnos,
que la cena pasó de fiesta a liturgia y a nadie ya le importa.
Llegó la hora, supongo, de averiguar cómo el tiempo desterró al deseo
o de qué clase de elemento corrosivo está compuesto el cariño.

– Por fa, llega tarde a esa reunión, nada te queda igual que esa camisa blanca con el cuello desbocado. Quédate hoy aquí conmigo. 
– Dame un beso tonto y apaga la cafetera que se está quemando. Recuerda además que hoy tenemos cena. Vienen Toñi y Juan a ver el partido. ¿Lo habías olvidado?

Te has preguntado alguna vez por qué amar a otro suele ser la solución más fácil.
O cómo se siente el artista invitado en una obra sin bises.
Una obra en la que los actores comen cebolla para joderse los besos,
y el público, sin disimulo, mira constantemente sus relojes.
¿Eres consciente, como ellos, de la caducidad que nos acecha?
Cuándo fue que dejamos de sumar meses para descontar días,
como un reo cumpliendo condena, como el último yogur de la nevera.

Mensaje de texto: “Hoy no iré a cenar, mañana tampoco.”
Respuesta: “Estoy en la pelu, no seas así. Te veo a las nueve. 1 beso”

Te has preguntado, ahora, cómo fue leer nuestro último beso en vez de dártelo.

Desde entonces ya nunca deja de llover en tu lado de la cama y, por supuesto,
sigue sin haber skaters,
ni palomas,
ni gatos.

¿Te has parado a pensar?

 

Mayo o la pequeña victoria

A veces pienso que una pequeña victoria sería sacarte una sonrisa con cualquiera de estas cartas, aunque no te vea, aunque nunca sepa si algún día las llegarás a leer. También lo hubiera sido olvidarme de ti un día como hoy.

Una pequeña victoria era, hace muchos años, saber que me leías. Era una pequeña victoria cualquiera de tus gestos, porque teníamos todo el tiempo del mundo y ninguna prisa, ni ningún miedo. Viajábamos sin equipaje, nos conformábamos con poco, nos dejábamos llevar. Cada día ganado al olvido era una pequeña victoria.

Un pequeña victoria ahora es dejar de destrozarme los dedos con esa manía tan molesta de tocarme los padrastros mientras leo, escribo o dejo pasar el tiempo. Sería toda una pequeña victoria mirarme al espejo y que me gustara lo que veo, presentarme por fin como lo que quiero ser, no como esta versión descolorida de uno mismo a la que me he acabado por acostumbrar. Conocí a un chico el otro día que dijo que nunca hay que desaprovechar esos cinco segundos de incertidumbre de los que disponemos cada vez que conocemos a alguien. Él es gallego pero siempre se presenta diciendo que nació en el Tibet y que se dedica a la quiromancia mientras te coge la mano con cariño e intención de leerla, te desarma nada más conocerle y cuando estás aturdido intentando ensamblar cómo encaja esa historia ante la persona que tienes delante, entonces –a bocajarro– te dice que no, que él es escritor y que le encanta imaginar historias y contarlas, que le perdones que solo te quería hacer reír. Ni han pasado 10 segundos y ya tiene todo tu interés y gran parte de tu simpatía. Este tío es un crack. Yo últimamente me presento con la boca pequeña, sin mirar a los ojos y pensando que ya tendré tiempo para causar buena impresión. Error. Una y otra vez: error. Error, desde hace más de cinco años.

La primera vez que estuve en Madrid una noche de fiesta fue en 2004, recuerdo ir  en el metro y mirar a la gente y decirle entusiasmado a mi amigo: “en este ciudad hace falta montarte un personaje”. Me imaginaba paseando por las terrazas de la Latina, llevando un sombrero blanco con tira negra, un libreta bajo el brazo y, como si de un Hemingway cualquiera se tratara, ir a los toros o al vermut a pasear mi nueva adquirida personalidad. Cuatro años después viví en Madrid por dos años, mirando atrás creo que más que personaje fui caricatura.

Una pequeña victoria sería decidir qué quiero ser de mayor antes de cumplir los cuarenta –por cierto, felicidades–, sería también, quizás, dejar de mirar al pasado con esta carga de melancolía. Todos los mayos me dan ganas de quemar mi armario, comprar toda la ropa nueva para este verano e ir a buscarme en chanclas al otro lado del mundo, a ver si estás por ahí.  Una pequeña victoria sería escribir un folio al día el resto de mi vida, sería desear algo lo suficiente como para que perseguirlo valiera la pena. Una pequeña victoria ha sido despersonalizarte cuando escribo. Una victoria imposible sería aprender algún día a usar bien los diálogos.

Ayer vi una película en pijama tras desayunarme una cerveza, quería pasar el rato sin hacer nada y acabé maldiciendo esta losa de conformismo que anquilosa mis sentidos. En la película el padre es escritor de éxito y a su hijo de 19 años le da el siguiente consejo:

–You know Flannery O’Connor?
–I know Flannery O’Connor.
–She said nothing needed to happen in a writer’s life after they were 20. By then, they had experienced more than enough to last their creative life. So?
–So what’s your point?
–My point is… Sit down for a second, please. Rusty…I don’t think you’re experiencing enough. Rusty, a writer is the sum of their experiences. Go get some. It will be fun.

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“Go get some”. A veces pienso que no puedo escribir más ni mejor porque me falta justo eso, experiencias. Las que tengo están gastadas y las que me tienen que pasar no acaban de cruzar la frontera de la imaginación. Una imaginación que parece no ser suficiente para cerrar la trama de una novela, una imaginación que por ahora solo me ha servido para complicar las frases hasta sentir que me desprendo de un trocito de mí. Hasta dejar por escrito lo que quiera que sea que punza donde solo duelen las ideas.

Rusty tiene una hermana, dos años mayor que él, que está a punto de publicar un libro y que, desde el tejado de su casa, se permite darle un consejo tras preguntarle si hay alguien en su vida.

–Got your eye on any girls this year?
–Yeah, there’s this girl…Kate, in my English class. Every time I see her I hear that song, the Beatles’ song, “I’ve Just Seen a Face,” playing in my head.
–God, you are so pathetic.
–At least I know I’m pathetic.
–Let me give you some advice.
–I can’t wait to hear your advice.
–It’s so friggin’ awesome. There are two kinds of people in this world. Hopeless romantics and realists. Right. A realist just sees that face and packs it in with every other pretty girl they’ve ever seen before. The hopeless romantic becomes convinced that God put them on Earth to be with that one person. But there is no God, and life is only as meaningful as you fool yourself into thinking it is. Guys who get laid a lot are realists. You should be listening. Just avoid love at all costs. That’s my motto.

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– You never been in love?
–If love is setting a place at the table for someone who is never coming home, I think I’ll pass.
–That’s fucking depressing, Sam.

 

 

Una pequeña victoria sería ver esa película y no sentirme viejo, ni pensar en ti. Toda una victoria sería no haber llegado al triste punto de añadir “cheesy-tumblr-gifs” a este blog perdido y sin sentido…¡despierta!, pero sin duda la mayor de todas las victorias sería encerrarme cuatro días seguidos y volverme loco y no hacer nada más que volcar en estos folios toda estas historias que me rondan la cabeza con personajes que no dejan nunca de hablarme, ni de perseguirme, ni de pedirme por favor que me decida a hacerlos realidad. Sería friggin awesome, como dice Sam, tener aunque fuera el primer párrafo de esa que alguna vez será mi historia. De ese libro que llevo postergando por miedo a no saber cómo acaba. Qué gran victoria sería desear algo lo suficiente. Dejar de poner excusas, dejar de hacerlo todo hasta que ocurra aquello que tanto deseas. Sacrificar el sueño, las mentiras y esas ganas inútiles de salir a buscarte una y otra vez.

A veces pienso que a lo mejor tampoco hay que mirar tan lejos: bastaría un polvo, un maratón, una novia o quizás un nuevo trabajo para satisfacer esa necesidad insoportable de pequeñas victorias. Esas veces me parece estar mintiéndome un poco.

La próxima vez que me presenten a alguien interesante le diré que estoy escribiendo una novela, que nací para escribirla y que todo lo que ha pasado hasta ahora tiene sentido viéndolo ahora en perspectiva, le diré además que vengo del futuro y que no se preocupe que allí somos todos felices, especialmente ella –sonrisa pícara, silencio perfectamente medido–… y yo.

Mayo, como verás no cumplo mis promesas y siempre hay más mayos por mucho que te maldijera la última vez.

Mayo, perdona…¿y si nos damos una tregua? ¿Y si ha llegado por fin la hora?

Te pido poco, tan solo…una pequeña victoria.

 

“A professional writer is an amateur who didn’t quit.”

Richard Bach

Vuelo a ninguna parte

Ella leía un libro de poemas de Gioconda Belli, yo he de reconocer que hasta que no vi la portada del libro ni me había fijado en quién se había sentado a mi lado. Compartíamos el escueto espacio del reposabrazos de un avión. Yo, con destino a ninguna parte; ella –como decía la poetisa– con el rumbo exactamente opuesto.

Vi la portada y me cambió la cara, como el que reconoce a un buen amigo en la multitud y se alegra aunque le haga sentir terriblemente viejo. Ese libro es un libro especial, ahora mismo podría recitarle ese poema que escuché por primera vez en un programa de radio que ya no existe y que locutaba alguien a quien hace tiempo perdí la pista, un tal Guillermo Álvarez. Su programa se llamaba el “Sol de medianoche” y se despedía siempre con una frase que sintetiza toda una época: “Que la lluvia de la felicidad te coja sin paraguas”. Guillermo leía los textos añadiendo y quitando frases a su antojo e intercalando poemas con maravillosas canciones que yo entonces solo empezaba a descubrir. El programa se emitía demasiado tarde, de madrugada, aun así yo lo grababa religiosamente en cintas TDK de 90 minutos que luego escuchaba una y otra vez en mi walkman. Como otras tantas cosas, esas cintas se perdieron para siempre, pero ese poema aún lo puedo recitar de memoria.

De vuelta al avión, yo acababa de empezarme “La Tregua” de Benedetti. De Mario hay que leerlo todo y varias veces. Hasta que cale. Este libro es un ejemplo, habla sobre todo de la jubilación, de la amargura y el tiempo, de cómo postergamos las cosas, no solo lo que no hacemos sino a veces también lo que queremos ser. Es un libro tan dulce como amargo pero que ayuda a reflexionar, justo lo que necesito en esta nueva época de zozobra.

Intentaba leer mientras miraba de reojo a mi recién descubierta compañera de fila. Delante dormía una chica ocupando los tres sitios que van desde la ventanilla al pasillo, se había tumbado en posición fetal y yo la observaba de extranjis por el estrecho espacio que dejan los asientos. De espaldas era tan pelirroja, tan piel clara y tan pecas que sin que abriera los ojos ya sabía que eran verdes. A mi otro lado se sentaba una chica de facciones eslavas, muy seria, con porte afligido a excepción de una cómica nariz respingona que invitaba a sonreír. Un fular amarrillo arropaba su belleza, corpulenta y contundente, intentando paliar, sin éxito, ese frio perenne que hace en los aviones.

Un chico algo guapo, muy rubio y con una camiseta apretada azul celeste se levanta en ese mismo instante. Su irrupción en la escena hace que me acuerde de la serie esa que vi el otro día tumbado en la cama desecha de un hotel cualquiera. Esa serie en la que una chica se enamora de un bombero de esos de cuerpo perfecto que, curiosamente, es doctor en filosofía, lo cual al guionista le debió parecer una estupenda excusa para citar a Kant y Kierkegaard mientras se fuman el cigarrito post polvo. “Seize the moment”, le decía pensativo el maromo antes de ofrecerle caladitas de un bong. Ella, que lleva seis meses en rehabilitación, se enfada, se viste y desaparece hasta el próximo capítulo. Extrañamente esa imagen de ella vistiéndose me hace pensar en la casi imperceptible cicatriz que tiene la protagonista en el labio superior. Cicatriz que tiene igual un compañero de trabajo que después de más de cinco años juntos solo le detecté el otro día. Justo cuando mi jefe, con ganas de llamarme mil cosas peores, me dijo que yo era un aristócrata, que no me gustaba mancharme las manos con las cosas mundanas y que así jamás sería un buen vendedor. Porque se supone que mi trabajo consiste en vender aunque a mí ya no me guste y ellos ya no compren. Vender es como intentar follar en la primera cita, hay que tener demasiado morro y saber convertir los noes en “me lo pienso en tu casa”. Y sin querer, de cicatrices imperceptibles y series absurdas, paso a pensar en mi amigo ese el italiano y en como siempre he admirado su forma de vender con éxito esa mercancía que no es otra que uno mismo. 38 años y soltero por vocación, todo un caso digno de estudio y no por poco común sino por lo que ejemplifica. Porque solo hay dos clases de solteros: los que lo son porque les gusta y los que no les queda más remedio que serlo. Y a mí a veces se me olvida cuál elegí. Me acuerdo entonces de las mujeres de mis amigos que halagan a menudo esa manera tan absurda de hacerlas reír. Esa manera tan superficial de agradar. Luego, indefectiblemente, siempre la misma pregunta: ¿No entiendo porque no sientas ya la cabeza? Lo que yo no entiendo es como alguien puede eyacular a 8 pies de distancia, eso –exactamente eso– es lo que me devuelve mi cabeza cuando ellas me preguntan. Y no es porque ayer viera una charla del TED sobre 10 cosas que no sabemos del orgasmo. ¡No! Es porque algún cable pelado en mi cabeza conecta la masturbación con la displicencia ¿o era con la compasión? Da igual, no importa, creo que he perdido el hilo.

Todo esto me pasa en el avión porque he visto que una chica estaba leyendo a Gioconda Belli y se ha disparado esta espiral de ideas absurdas que no puedo controlar.

Así que llevo casi diez minutos absorto, mirando la portada del libro. Ella –sin saber ya qué hacer– me mira, sonríe y susurra: si vas a decirme algo dímelo ya.

Y entonces me decido:

No te entiendo y quisiera odiarte
y quisiera no sentir como ahora
el calor de las lágrimas en mis ojos
por tanto rato ganado al vacío,

y te lloro con ganas de odiar
todo lo que alguna vez me hiciste sentir

Y sé que mi sed sólo se sacia con tu agua
y que nadie podrá darme de beber
ni amor, ni sexo, ni rama florida
sin que yo le odie por querer parecerse a ti
y no quiero saber nada de otras voces
aunque me duela querer ternura entre dos
porque sólo tú tienes el cifrado secreto
de la clave de mis palabras
y sólo tú pareces tener
el sol, la luna, el universo de mis alegrías
y por eso quisiera odiarte como no lo logro,
como sé que no lo haré

¿Para qué?

Pronto llegará abril, el mes de Sabina, el mes más gris del calendario. Como dice el flaco: el mes que comparte colchón con el desamparo y la humedad. Qué cabrón Sabina que nunca pasa de moda.

Abril es también el mes que siempre llega tarde, como yo, como las excusas. Pero eso ya lo sabíamos, lo que nadie se esperaba es que marzo fuera el mes de Nachito, de encender la luz y ver que no hay nadie, de otra resaca más, de la enésima hostia contra el mismo poste. De morderte la lengua y reconocer al instante ese gusto metálico, pero ser incapaz de discernir si sabe a derrota, a alcohol o a esas enquistadas ganas de ti. Y es que uno cada cierto tiempo debe volver a escuchar a Nacho. El filósofo Nacho. Nacho el puto amo. Nacho duele. Jodido Nacho.

Quizá volví a Nacho porque sin él no sabría quién fue el padre de Michi Panero y no me habría parado a leer sus turbulentos poemas en este, su último, marzo. O quizá porque Ocho y Medio siempre se puede escuchar una vez más, porque “incluso los perros están tristes después de eyacular” o porque si no sonríes aunque sea ligeramente con el primer “¿para qué?” de Detener el Tiempo es que ya estás muerto, como el Ángel Simón, como los Panero. También porque marzo siempre tiene día 15 y porque pronto hará 20 años. Y por más que diga Gardel ya no queda nada a lo que volver, ni frente marchita, ni sien plateada ni hostias. Ya no.

Y si tengo que salvar algo de este marzo me quedo con aquel domingo soleado en la plaza de Catalunya y con la ya habitual sensación de llegar a una ciudad donde no me espera nadie. Mi camisa arrugada y la batería del Kindle a punto de morir: problemas del siglo XXI. Me acabé allí sentado el libro que me recomendaste, apoyando los pies en la maleta y reencontrándome con un sol al que no echaba de menos. Sonreía como un gilipollas –cada uno sonríe como  lo que es– cuando me di cuenta de que ese tenia pinta de acabar siendo el mejor momento de todo marzo. Te envié horas antes un correo desde la cafetería de la terminal. Uno de esos que no esperan respuesta, exactamente uno de esos de los que debería dejar enviar. A ver cuando me quito esa molesta manía. Regla Nº 7.

Me pasé todo marzo con la sensación de que algo bueno iba a pasar mañana. Y nada pasó, llegó tarde hasta la muy golfa de la primavera. Por no hablar de ti, o de mí, o de la ganas reprimidas de ponerte otra vez de puntillas. Si lo piensas lo bueno pasa siempre hoy, nunca mañana. Y yo sigo sin tenerlo en cuenta o sin aplicarlo cuando realmente importa.

Preferiría hablar de Crimea, de la gente feliz que dicen que lee y bebe café, de ese lugar en el campo que no hemos descubierto todavía o de lo bien que me va la vida desde que sigo a rajatabla mis propias reglas pero no, mi castigo, como el de Sísifo, es volver mes a mes aquí, a darme cuenta de que mientras los otros avanzan o se atascan, se casan o enamoran, tienen hijos o lo piensan; mientras, yo sigo anclado a un pasado que no existe fuera de estas letras, mendigando una atención que no merezco y fantaseando con noches que nunca llegan. Aferrado, al fin y al cabo, a unos recuerdos que cotizan a la baja en el mercado de quimeras. Y así es que las únicas que me pueden entender son las letras de las canciones.

Cómo entender que me canso de perder, de coleccionar imposible, de emocionarme con libros que a nadie le importan. Cómo aceptar que estoy ya cansado de refugiarme tras este teclado adicto a la mentira. Tengo, este mes, muchas ganas de conformarme al fin o de mandarlo todo a la mierda, si es que acaso no es lo mismo . Hasta los cojones de encontrarme en el espacio-tiempo equivocado o de ponerlo como excusa, o de no saber manejarlo.

Y hasta aquí el “ranteo” de hoy. Eso sí eran reproches. Eso fue marzo.

Ahora abril, me tocar organizar un poco todo esto. Decíamos antes que, como el hermano de Nacho, si pudiésemos parar el tiempo la pregunta sería “para qué”. Eso lo resume todo bastante bien: hoy –como concepto– no vale mucho la pena.

Por eso vuelvo aquí a escribir como siempre digo que no lo haré. A divagar en pro de  la única terapia que conozco. A masticar una a una las palabras para hacer esto –sea lo que sea– un poco más digerible. Vuelvo a beber, a escribir, a morder sin que me lo pidan. A pensar en ti, a dejar que a veces me venza la tristeza, a escuchar a Nacho. Eso seguro. Vuelvo, en definitiva, a intentar empezar lo que nunca empieza. Si esto fuera el parchís: de vuelta a la casilla de salida. Como Sísifo. Como ese día en el que aceptas que alguien ya no está en tu vida y te das cuenta de que lo único que te sobra es el tiempo y que te falta todo lo demás. ¿Detenerlo? No alcanzo a ver un porqué..

De pequeño frente a un calendario pregunté:
“En diciembre, el 31, ¿se acabará el mundo?”
Todos se rieron, yo no sabía por qué.
“Algo más”, oí, “nos queda un poco más”.

No me convenció y fui hasta el reloj de la pared.
Si no le doy cuerda, entiendo, lograré parar el tiempo.
Se lo comenté a mi hermano y, él mirándome,
“¿para qué?” me dijo, “¿para qué?”.

Lo que decía…una vez más a escribir para no pensar en ti. ¿O era justo al revés?

Ya da igual…

¡Qué te jodan abril! Todo los años hay un mes que le sobra al calendario.

Leopoldo

20 Reglas

  1. Lee una buena novela al mes y si te gusta la regalas inmediatamente.

  2. Viaja solo de vez en cuando, aunque sea un fin de semana. Piérdete si puedes.

  3. Preocupate, de verdad, por una buena docena de amigos. No muchos más. Tampoco muchos menos.

  4. Lee ese blog que te escuece tanto, vuelve a mirar esa foto cuando haga falta y escucha esa canción cuando te salga de las pelotas. Digan lo que digan la melancolía es necesaria.

  5. Si crees que alguien va a salir malparado vete, a no ser que ese alguien seas claramente tú o irse signifique huir.

  6. Llama a tu madre, escucha a tus abuelos y cuida de tus hermanos.

  7. A las ex no se les escribe emails. Como mucho se toma café con ellas la enésima vez que te lo piden y se despide uno sin tonterías. Si son las exnovias de otro, ni se toma café ni se mantiene el contacto. Lo dicho, mails al pasado nunca. Mucho menos whatsapps.

  8. La vida es demasiado corta para encariñarse con cosas que no importan. Ningún objeto es imprescindible ni ningún lugar irremplazable.

  9. Si crees que lo que escribes no es suficientemente bueno nunca dejes que lo lean. Si crees que lo es, vuelve a leerlo pasado un tiempo.

  10. Nada lastra más que los complejos. Gasta toda tu energía en combatirlos. Sin paliativos.

  11. Equivócate mucho y cuanto antes.

  12. Nunca mientas ni hagas el vago.

  13. Si dices que lo harás hazlo, al contrario también aplica.

  14. Si te hace feliz, laméntate de que al final no saliera bien, nunca de no haberlo intentado.

  15. Los besos, en las despedidas, siempre en singular. Ya sea en persona o por escrito.

  16. Está bien pensar mucho de vez en cuando pero que nunca sirva como excusa para no actuar.

  17. Sonríe a los desconocidos.

  18. Nunca preguntes “¿qué tal he estado?”.

  19. Todo el mundo tiene algo que enseñarte, si no sabes descubrirlo es culpa tuya.

  20. Las listas solo sirven para aumentar tu ego y para tener la sensación de completar algo sin ni siquiera haberlo empezado. Evítalas a toda costa.

Hoy he leído este post de Nada Importa que en este último día de febrero me ha hecho sonreír. 

Me gusta mucho las cosas que escribe este tío, no siempre comulgo, pero me gustan sus listas, el desparpajo (seguramente calculado) y la seguridad que desprenden  sus textos.

Al leerlo me he acordado de Busy Girl y he venido aquí a ver lo último que escribí…se me ha caído la cara de vergüenza. Menos mal que esto no lo lee nadie. Por cierto Busy Girl y el ganador de Gran Hermano son, desde el 1 de enero, una pareja feliz. 

Porque el post de Nada Importa me ha gustado, porque 2014 avanza sin que nadie se dé mucha cuenta y porque creo que yo también tengo derecho a enumerarlas…por todo eso ahí quedan anotadas mis 20 reglas. Ahora solo falta ser fiel a las mismas. O cambiarlas.

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La frase también se la robé a Jesús que entre lista y lista a veces cuela perlas como ese extracto del “The Tao of Travel” de Paul Theoroux, la foto la tomé prestada de Nikola, la niña se llama Jemma, él Mathias y lo único mejor que mirar esa foto es escucharla.

Ahora sí…BUUUUM!

¡siempre marzo!

Tao of Travel: Leave home; go alone; travel light; bring a map; go by land; walk across a national frontier; keep a journal; read a novel that had no relation to the place you’re in; if you must bring a cell phone, avoid using it; make a friend.
 
Paul Theroux

Un año para recordar

Me gusta sentarme en la última mesa del 5º piso del Royal Festival Hall, a mi derecha el Thames, en frente de mí el Big Ben. Espero no cansarme nunca de esta ciudad, aunque eso conlleve abandonarla antes o después. Fue el poeta Samuel Johnson quien dijo aquello de “If you tired of London, you are tired of life”. Esta ciudad aún me está enseñando mucho, por eso sigo aquí.

Empieza a atardecer a las 3 y poco, la música suena a ese volumen que te aísla completamente de la gente que tienes alrededor. Suena Kakkmaddafakka, uno de esos grupos que me hicieron bailar tantísimas veces este año. Un gran año este extraño 2013, pero aún no quiero hablar de eso.

En la mesa, justo delante de mí, un hombre con la misma cara que el padre policía de Cosas de Casa, se ríe a mandíbula batiente. Su carcajada sin sonido me hace reír con él y de repente siento ese chispazo de felicidad que de vez en cuando te pilla de improviso, como la estática de ese suéter de lana que tanto te gusta. Me río, porque me encanta la escena: el sonido externo amortiguado completamente por mi música, su cara de bonachón, sus gestos exagerados, mi portátil y la consciencia de saber dónde estoy y lo que estoy haciendo.

Dónde estoy. Pues hoy trabajo desde casa, así que me vine a una de mis esquinas preferidas a dejar que el día pase lentamente sobre mí. Llevo días tristes sin razón y eso siempre precede a mis días más claros. Es como cuando miras al vacío mucho rato,  aparentemente sin reflexionar en nada, pero sabiendo que el subconsciente está ahí, cumpliendo su tarea, en silencio pero constante. Sea cual sea el pensarmiento que esté tomando forma vendrá de golpe en el momento que menos te lo esperes: comiendo, corriendo o al despertar de un día cualquiera.

De despertarse es de lo que quiero hablar hoy, lo demás ha sido paja. Quiero hablar de despertarse con ella. Quiero volver a escribir tonterías de las que siempre me arrepiento pero que vienen acompañadas de una reconfortante sensación de euforia y prisa que no cambiaría por nada (o casi nada). Prisa por escribir una idea que solo escribiendo podré sacar de mi cabeza.

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No fue el mismo día que la conocí, fue el día que me contó que muchas veces trabaja en turnos de noche. Desde ese día no puedo parar de pensar en lo mucho que me gustaría despertarme con ella una tarde sobre las 4pm cuando aquí ya empieza a anochecer. Compartir ese piso nuevo al que me he mudado y desayunar juntos. Mi merienda, su desayuno. Yo que saco teorías para todo y que nunca sirven para nada, tengo ya identificadas 5 cosas que irremediablemente me enamoran de una mujer, 5 cosas que pueden parecer superficiales, arbitrarias y desordenadas pero que la historia ha demostrado que, juntas o por separado, hacen que me vuelva loco: 1) Que esté sexy con el pelo mojado. Ni maquillajes, ni tacones, ni vestidos, ni espejos…pelo mojado y mirada de rescátame. 2) Hoyuelos, “dimples”…para esto no hay explicación lógica pero así de duro es: si tiene hoyuelos yo ya me he rendido. 3) Que no lleve pendientes, y aquí una mención especial a esa chica que un día se puso solo uno y cuando le pregunté me contestó…”es para ver si te habías fijado”. 4) Escribir, que lea y escriba, que use juegos de palabras, que me haga sentir pequeñito cada vez que coge un boli o está en frente de un teclado, y por último 5) que se pirre por un buen desayuno. Esto es vital. Una mujer de verdad desayuna con la energía del que hace algo por última o primera vez. Pero volvamos a Earls Court, a las 16:16 de la tarde a ese piso con vistas a los trenes. Ella acaba de abrir un ojo, se acostó a las 7:55, rendida y con la energía justa para darme un beso antes de dormirse por fin, y ahora -ocho horas después- le cuesta despegarse de las sabanas. Me meto en la cama de nuevo y la abrazo por detrás, le despeino con cuidado y cariño ese pelo corto siempre alborozado,  “don’t you think that it’s time to open those beautiful eyes?” le digo,“It’s dark outside, why is so dark this morning?” responde medio aturdida y con esa voz que parece decir no te vayas nunca aquí, yo sé que no me movería ni un milímetro y que daría cualquier cosa por que el tiempo se parara en este frío Londres de un invierno que todos odian, de una época en el que todos queremos algo más, de un tiempo en el que muchos buscamos sin encontrar absolutamente nada. Yo no, yo nunca me movería de aquí, yo ya no necesito algo más…quizá solamente un buen desayuno.

Me levanto, le muerdo los pies y la saco de cama para que vea que la calefacción está a tope como a ella le gusta. En pijama ella, en calzoncillos yo, llegamos a ese comedor que fue el cielo en nuestra primera noche. Suena Melody Gardot porque es casi navidad y porque como dijo una vez: “do you always have to have music playing in the background?, don’t you enjoy the silence from time to time?”.

Ahora acaba de aparecer por la escalera del 5º piso del Royal Festival Hall, enroscada en una bufanda que compramos juntos el sábado pasado, muerta de frío y con los mofletes enrojecidos. Está para comérsela. Sonrio como un gilipollas los diez segundo que tarda en encontrarme y venir a darme ese beso que yo, sin éxito, intento alargar. Se separa y le hago una mueca de disgusto que ella disipa automáticamente con su irresistible sonrisa. Le pido que se siente y que me deje acabar lo que estoy escribiendo. Vuelvo a subir la música y la miro una vez más desde la distancia del todo volumen. Y otra vez esa chispa del suéter que tango te gusta.

Vuelvo al texto y pienso en el trabajo, en los seis meses que me pasé contándole entre las sábanas cómo iba a cambiar el mundo con ese proyecto que al final no me llevó a ninguna parte, pienso en este año del que quería hablar pero se me han ido las ganas, pienso que si pidiera un deseo pediría estar aquí hoy y con ella ahora.

Entonces miro al poli de Cosas de Casa y caigo en que todo esto no ha ocurrido y que a lo mejor exactamente eso es lo único que le tendría que pedir al 2014: un buen desayuno, un día cualquiera, a las 4pm. Pienso en eso y miro de nuevo el Thames, el Big Ben y la ventana. Ya es de noche, ha pasado justo una hora y a las 5pm he quedado con ella en Gordon’s Wine bar.

Por lo demás, 2013 fue un año que merece la pena recordar, pero esa es otra historia.

Feliz 2014, busy girl.

El loco y la pianista

Deberías ser pianista y yo loco. Y así lo imprimiríamos en nuestras tarjetas de visita y en nuestras invitaciones de boda y hasta en nuestras lápidas. Y cuando conociéramos a alguien nuevo le daríamos la tarjeta bien doblada, con sátira y sin disimulo, como si todo esto de sobrevivir no fuera más que un juego.

Deberíamos apuntarnos a un club de vino y emborracharnos al menos dos veces al mes y las botellas que sobren llevarlas a las cenas de nuestros amigos para emborracharnos con ellos o ellos contigo, veladas sin compromisos ni apariencias. Eso sí, nada de destilados, nunca. Nosotros únicamente bebemos vino y lo acompañamos de conversación, de interminables diatribas perdidas en palabras que al día siguiente no significan nada. Como tiene que ser. Deberíamos localizar también a un buen tipo que venda marihuana. Sí, lo sé, a ti esto no te parece bien, pero desde esa noche en la que te dejé afónica solo con caricias eres un poco más permisiva con ese tipo humo. Ya lo escribió Bukowski, también lo sé, es un cliché, pero es que no me canso de repetirlo: “Emborráchate…de vino, de poesía o de virtud, a tu gusto.”

Decía que tú tocabas el piano y que yo lo oía al llegar a casa los lunes y los martes y lo miércoles y, en fin, toda la interminable semana. Decía también que yo soy loco porque no puedo dejar de pensar en ti ni cuando estoy dormido, por las noches me asusto y grito tu nombre y tú te despiertas y me besas y me pides que cierre los ojos y que no se me cure nunca esta locura. Y así pasan los días. Pasan los días sin erosionarnos y eso sí que es un imposible. Siempre pensé que el único antídoto para la rutina era el cambio, abandonar, renunciar, hacerlo saltar todo periódicamente en pedazos y me equivocaba. Me equivocaba porque no te conocía a ti, porque a ti uno nunca acaba de conocerte, eres el famoso Aleph de Borges, la última página de una novela que el escritor nunca quiere acabar. Eres adictiva como la sorpresa y con tantos recovecos que a veces pienso que ando perdido dentro de ti. Entonces vienes tú y me rescatas. Me rescatas de mí, el más loco de los locos, y me llevas a sentarme a tu lado, en ese piano que compramos con los plazos de un sueño por el que fuimos capaces de hipotecarlo todo. Hasta el futuro, ese que nunca tuvimos.

Me encanta tu canción. Nunca dejes de tocarla, ni dejes de ponerte esa camiseta gastada que dices que huele a mí por mucho que la lave. Nunca dejes de bañarte cuando llueve, ni te seques el pelo antes de venir a la cama. No dejes de poner tus pies descalzos en el salpicadero, ni te pongas pendientes y tira de una vez esos tacones que te hacen tanto daño.

Llueve A veces, cuando todavía no has llegado, creo oír tu música al piano y es cuando más loco me siento y es que le has dado otro sentido a la soledad. Fue mi amiga mucho tiempo y ahora no sé muy bien cómo tratarla cuando viene de visita. Nos conocemos tanto que ni hablamos, simplemente nos miramos. Ella no quiere que te mencione y yo no hace falta que le diga que lo dejamos por tu culpa, que en esta cama empezaba a sobrar gente. También te enemistaste con los fantasmas del pasado que vivían en los armarios, arropados entre los suéteres de invierno, esperando siempre la noche más fría. A estos los mataste de hambre…a base de alargar las primaveras. Pasaron muchos años antes de acordarme de que los teníamos ahí encerrados. Ahora son el contenido de tres bonitos tarros de cenizas que decoran nuestra chimenea.

La pianista y el loco, el loco y la pianista. Esa pareja que todos envidian pero nadie quiere ser. Porque el funambulismo emocional asusta si se mira desde tierra firme y porque los precipicios no están para ser cruzados. Aunque esas tardes de domingo en las que me preguntas por qué estamos juntos reconozco que solo puedo responderte que la única razón es el miedo. El miedo a no saber ya qué hacer si no estoy contigo.

Todo esto te lo digo porque hoy es uno de esos días en los que me gustaría conocerte o haberte conocido, saber quién eres tú, quién soy yo ahora y sobre todo cómo suena esa canción.

No dejes de tararearla.

Epílogo II (AKA Agosto)

Me he pasado la vida narrando finales. Contando cómo serían las cosas si todo hubiese sido diferente. Me paso la vida jugando al escondite con el olvido y este blog no podía ser menos.

Después de un mayo apocalíptico, un junio silencioso y un julio a la espera, llegó agosto otra vez. Un año después toca cerrar el círculo. Sé que con “C’est fini” me quise despedir de este blog que tantos buenos ratos me ha dado, pero las frases de las canciones me obligaron a escribir en julio y mi molesta manía de tener finales perfectos me trae ahora aquí a finiquitar esta historia justo un año después de haberla empezado. Un año,  ¡qué año! En un último ejercicio de sinceridad quiero repasar sin tapujos estos doces meses. 365 días después de los que ya nada volvió a ser lo mismo.

En agosto de 2012 me di cuenta de que algo fallaba y creí entender que el triunfo se escondía de alguna forma en la tranquila aceptación de la derrota por las expectativas no cumplidas: saber perder resonó durante noches y noches en mi cabeza; en (fucking) septiembre toqué suelo –una vez más– y decidí dejar de compadecerme y dejar de refugiarme en el cambio como solución sistemática; en octubre me hice un poco más viejo y recordé que soy lo que soy gracias al idealismo, la ingenua locura y esta malsana obsesión por el pasado, también en octubre conseguí volver a sacar a la luz una de las mejores versiones de mí mismo, lo resumí con un “qué bueno es volverse a sentirse vivo” y como siempre que dejas de buscar algo lo encontré de repente. Apareció la noche que octubre se convertía en noviembre y me regaló los mejores dos meses de estos doce. Noviembre fueron sorpresas que no me quería creer, fue la intensidad hecha vivencias. Los mejores brindis se quedaron para siempre en las madrugadas del mes brujo. Luego llegó diciembre y hasta el último segundo –literalmente– de 2012 me permití la osadía de imaginar imposibles. Y de repente 2013…con su enero inesperado. Un enero que fue frío como le gusta al invierno, por momentos fue triste pero sobre todo fue definitivo. Enero me sacó de un letargo que duraba ya demasiados años, me obligó a tomar decisiones, repensarlo todo y comprender que la única actitud ante la caída es combatir la inercia. Gran lección. Como todo lo malo enero también se acabó y llegó febrero, pero febrero me lo salto porque a partir de ahora ya no es un mes sino un nombre de mujer. Marzo, siempre marzo, fue un viaje en el tiempo que me llevó de nuevo a mis 15. Donde empezó todo y donde –por raro que parezca– aún me quedaban un par de deudas pendientes. En marzo fui feliz recordando, que es una de las cosas que más me gusta hacer. Por eso cuando llegó abril yo estaba de viaje por el tiempo y casi ni me entero. Estaba en el proceso de montar un yo ficticio que mayo se encargó de devolver a la realidad. Abril fue el final de una catarsis, un mes entero de domingos de resaca. Abril fue, ante todo, necesario. Y BUM…llegó mayo. Ya lo escribí aquí, mayo no fue un final fueron todos comprimidos. Mayo fue aquello que hacía tanto tiempo venía postergando. En mayo entendí que las heridas cerradas también sangran, comprendí la casual relevancia de febrero para completar este puzle al que seguro le sobraban piezas, en mayo acabó –por fin– mi adolescencia. Porque adulto solo te haces cuando tienes hijos, aunque no sean los tuyos, y quien no sepa eso todavía –con todos los respetos del mundo– no tiene ni puta idea. Por eso decidí callar en junio. Porque hay que replanteárselo todo sin cambiar las bases, dejar de ser un rato yo sin traicionarme a mí mismo. Misma estrategia pero quizá distinta puesta en escena. En junio dejé de escribir y de mandar señales para acabar defendiendo la tesis de mi pasado ante un jurado lleno de protagonistas. Sobresaliente Cum Laude por unanimidad por ese trabajo que titulé: “Estudio pormenorizado de pecados, errores y aciertos de los últimos 18 años y su relevancia en mi yo actual“. Tremendo esfuerzo. En julio me tomé vacaciones de mí para volver con ganas de revolucionarlo todo. También conocí –como siempre– a la mujer de mi vida pero aún estoy esperando que conteste ese mensaje donde la citaba para volver a vernos en el mismo sitio dentro de exactamente un año.  Jesse y  Celine estarían orgullosos de mí. Y en Julio, casi sin darme cuenta, me volvió a preocupar mi trabajo y volví a ser cautivo de la presión que presenta las múltiples opciones de un futuro en blanco, sin limites, ni miedos y con toda la vida por delante. Luego empezó el verano y  me re-enamoré localmente de la ciudad que ahora me hace feliz, y no importa que le pusiera los cuernos una noche de superluna en Barcelona, porque fue aquí, en esta ciudad a la que le debo tanto, donde me reencontró agosto, un año después, en la misma cama, con otro libro, junto a la misma ventana. Agosto, sin embargo, dijo no reconocerme nada más verme. Puede ser que sin darme cuenta ya no sea el mismo que empezó este blog aquella noche de verano de un 2 de agosto de 2012. Ya no soy el mismo, porque… ¿quién lo es? Yo no. Yo decidí cambiar siempre que fallé, cambiar antes que arrepentirme, levantarme para poner cada vez el listón más alto, no de lo que espero –de verdad que no espero tantísimo como dicen– sino de los errores que cometo, quiero cometer distintos errores, mejores si puedo, pero sobre todo nuevos. Porque de lo único que estoy convencido es que mi felicidad –sea lo que sea lo que eso signifique– se esconde ante la capacidad de sorpresa, no ante la satisfacción de encontrar lo que crees que deseas, o anhelas, o añoras o <<ponga aquí cualquier otro cursi-verbo al antojo>>. Yo solo quiero volver a sorprenderme, prometo no exigir, solo quiero no creerme lo que está pasando.

Y a los que me digan que les pudo la presión les deseo la mejor de las cotidianidades mientras me vuelvo a preguntar si “saber perder” es el secreto, yo que acabo convirtiendo sin querer mis triunfos en fracasos o viceversa (que a veces me lio y no sé si lo que tengo es lo quiero o si siempre quiero lo que nunca tuve). Lo que está claro es que aprendí en estos doce meses que no se puede luchar eternamente contra el proceso de tolerancia. Así que me rindo, de buscar, de encontrar, de pensar, de exigir…eso es agosto. Agosto es la capitulación final ante yo mismo. El final de los principios. Una rendición en toda regla. Es volver a empezar sin nada más que lo que soy y un listado subrayado de errores. Y lo que quiera venir que venga, para olvidarnos siempre estaremos a tiempo, lo que de verdad cuesta ahora es encontrar algo que sorprenda.

En definitiva, 12 meses magníficos que se acaban aquí, donde empezó todo, deseando que sea lo que sea lo que traiga el futuro no pueda creérmelo.

365 días llenos momentos únicos y chicas imposibles, donde actúe sin pensar más de un puñado de veces, me emborraché en demasiadas ocasiones y escribí demasiadas pocas. Volé a 8 ó 10 países y leí más de 20 libros, la mayoría en aeropuertos. Corrí más que nunca sin saber de qué huía exactamente. Oí miles de horas de música y constaté mi adicción a lo desconocido. Decidí que algún día quiero aprender italiano, mandé mails de los que me arrepiento y me tragué besos que hubieran quedado mucho mejor en sus labios. Aprendí que dormir sin ti es lo único peor que dormir solo. Soñé con mujeres que nunca olvidé y disfruté y sufrí con las que se convirtieron en recuerdos. Salí, hablé y trasnoché repitiendo mentiras a ver si me las creía, la más repetida aquella de “yo nunca estoy mal”, aunque me acabaron pillando. El día más triste la noche de reyes, pero también volví a ser el puto rey del mundo diciendo patochadas a la luz de la Toscana. Nunca agradeceré bastante los amigos que tengo, ni las mujeres que conocí y por nada del mundo cambiaría las cicatrices que han dejado.

Bueno ya está bien de cursilerías ahora toca despedirse de verdad, me cuesta mucho y soy tan sumamente predecible que no podría acabar sin un beso de esos que normalmente obvio en las despedidas, de esos que tanto odio banalizar…

Un beso de cabina, de banco, de estación, de los que se miran y no se dan, robado en un taxi, de buenos días, del día después, de despedida, de hace 3 años que no te veía; siempre con los ojos cerrados: divertido en el cuello, fraternal en la frente o casto en la mejilla. Beso de pasión, de lujuria, de vino, de sed, de muérdeme, de no te vayas, de esto va a doler, de no me lo creo, de algún día aprenderé, de tú besas mejor, de qué coño estoy haciendo. De me quiero ir de aquí. De te sigo queriendo. De creo que yo también. De nunca te lo dije. De te lo sigo debiendo. Beso. Siempre, siempre, siempre en singular: beso. Elige el tuyo, yo tuve la suerte de experimentar algunos de los mejores este año.

1 beso.

Por cierto… ¿queda alguien más ahí buscando sorprenderse?

 Desde Trolltunga

Epílogo I (AKA Julio)

The unhappy ending

Fue extraño verte de nuevo.  Era una fiesta a la que ninguno estaba invitado pero a la que ambos decidimos ir. Nos presentó un amigo de tu amiga. Yo sonreí y antes de que dijera tu nombre interrumpí: “Sí, creo que nos hemos visto antes”. En ese momento empezó a llover.

No hablamos en toda la noche y jugamos a no encontrarnos sin perdernos de vista. Pasaban las horas y se cruzaban confusos los recuerdos. En mi memoria una y otra vez esa mañana en la que no hubo buenos días. Esa mañana en la que busqué a tientas tu cuerpo somnoliento acostado junto al mío y pensé que si no estabas –que no estabas– al menos la guerra habría terminado.

“La dulzura no me sienta bien” fue tu respuesta el día que nos conocimos. Recuerdo ir directo a por ti,  decidido a llevarte conmigo. No fue amor a primera vista porque ninguno veía nada. Demasiadas copas para entender que aquello que no supe decir en ese momento ya se diría solo por la mañana.  Esa noche empezó la locura por unos labios que quemaban, como un sol en una boca, y que todas las madrugadas me volvían a hacer caer desde donde quiera que estuviera. Al día siguiente, espalda contra espalda, dijiste que me mordiera la lengua que no tenías prisas por creer, me dijiste que tú podías confiar tanto como engañar. Sin ninguna capacidad crítica nos agarramos a unas promesas en peligro de extinción.

“¿Cuánto rato debería quedarme?” preguntaste mientras te vestías. “No te preocupes que me iré yo primero” contesté consciente de que a partir de ese día ya nada sería lo mismo. Salí y te dejé sola en la habitación en la que me hice mayor. Ya sabes que el error fue pensar que después de aquello aún podíamos elegir algo.

Tú fuiste eso que yo tanto deseé, por eso te di lo que te di, por eso no siento haberte conocido. No siento que todo se acabara, lo único que siento es que no haya nada ya que salvar. Ni que decir.

La fiesta seguía su curso y yo solo quería acercarme a ti y ser suficientemente valiente pare confesarte que lo que de verdad aprendí es que una vez superas esto ya no vuelves a mirar atrás. Me hubiese gustado ofrecerte una copa pausadamente, alargando el gesto, para recordarte que no es nada más que tiempo –y una cara bonita– lo que perdiste conmigo.

Y si lo piensas ahora te das cuenta de que yo elegí sentir y tú no pudiste elegir nada. Que sentir nos venía grande. Intentamos llegar hondo y ni siquiera supimos entrar, por eso ahora que ya estás fuera de mí se ve la belleza de lo que fuimos. Ojalá pudiéramos decir aquello de “arrepintámonos de nuestros pecados”.

Tú ahí seguías, ajena al tiempo, arropada en una esquina sin evitarme ya la mirada. Te veía conversar con todos y solo podía imaginar que ese momento del que tanto hablábamos llegará algún día y te enviaré una postal para contarte mis novedades desde la casa esa en la que nunca vivimos. La casa abandonada donde empieza la carretera a lo real. Te enviaré postales y te preguntaré si en tu piel de porcelana mi cicatriz acabó pareciendo una simple mota,  te preguntaré si finalmente encontraste algo que le saque brillo a la rutina.

Y la fiesta se acabó por fin y sincronizamos nuestros pasos buscando refugiarnos en el mismo taxi. Hicimos el trayecto en silencio mientras cruzamos de norte a sur la puñetera ciudad. Tú pensabas todo el tiempo que yo estaba triste, yo únicamente intentaba recordar tu nombre.

Por eso te escribo, para decirte que al final me fue imposible recordar cómo te llamas y que si alguna vez volvemos a coincidir quizá sería mejor hacer como si no nos conociéramos.

Y es que, como dice la canción,  cuando no queda nada por quemar es hora de prenderse fuego.

Life was supposed to be a film
Was supposed to be a thriller
Was supposed to end in blood
But life could be nothing but a joke
A sentimental little con
Where’s my unhappy ending gone?

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Disclaimer: Lo que acabas de leer no tiene nada de original, es un collage desordenado (y mal traducido) de frases de tres canciones que no puedo dejar de escuchar.

Stars – Midnight Coward

Stars – In Our Bedroom After The War

Stars – Your Ex-Lover Is Dead

Por eso este post está dedicado con todo el cariño a @Zaharapop que sin saberlo me descubrió el discazo (y me alegró un domingo) cuando escribió esto. ¡Gracias!

Me encantan los discos en los que todas las canciones cuentas historias y este es uno de ellos: Stars – In Our Bedroom After The War ¡Qué letras!

Y para acabar el vídeoclip…que además hace referencia a Eternal Sunshine of The Spotless Mind (Peliculón!)

imageshttp://youtu.be/55FMOJMhV9s

Casi me han salido más créditos que texto…que no se pierda el dramatismo…

When there is nothing left to burn, you have to set yourself on fire!!!

C’est fini

Hasta aquí llegó este blog…seguiremos con las tonterías en otra parte.

Como bien decía Nachito: “nuevos planes, idénticas estrategias”.

La idea tiene la perfección de lo simple: amigos con los que no te puedas enfadar y mujeres de las que no quieras olvidarte.

Gracias por el regalo

Gracias por el regalo

Todo lo demás da igual o no importa lo suficiente.

Fue un placer, ahora toca continuar porque yo también tracé un ambicioso plan que consiste en sobrevivir.

Poema al revés

Hoy escribí un poema al revés,
empezaba con un te quiero
y acababa con un soñé contigo.

La culpa la tienen las musas,
que me abordan cuando menos las esperas,
hoy les grité barbaridades,
les dije que estaba harto de sus caprichos,
que avisen antes de venir
o me volverán a encontrar escribiendo mails
a gente que detesto.

Pero no siempre es así,
hay veces que reacciono,
las agarro por la cola,
las arrastro hasta mi mesa.
Por muy tarde que parezca,
siempre hay tiempo que perder.
Vuelvo a escribir lo que no quiero,
se vuelve a hacer –una vez más– de día
y en la cama sigues sin estar tú,
pero esto a nadie ya le importa.

Con la calma que da el tiempo
hoy pensé otra vez en nosotros
y sí, estuvo muy bien,
pero quizá mi reacción fue desmedida.

Apareciste de la nada un octubre cualquiera,
yo llevaba tiempo buscándote sin saberlo,
pensando en ti a deshoras,
imaginando una mentira que aún no había ocurrido.
Triste manía la de idealizarlo todo,
soy gilipollas por creerme
que mis defectos son virtudes,
que será mejor para alguien
ir por la vida sin escudos.

Es difícil de entender, lo sé,
cómo se puede ser adicto a algo
antes incluso de haberlo probado.

Pero volvamos a las musas
y su sutil manera de joderme,
Hoy una de ellas me dejó,
como tú, en una cafetería.
Me dijo que no la persiguiera más,
que a ver si me he creído que lo mío es poesía.

Se fue, igual que tú, sin avisar,
y ahora toca perseguirla,
o esperar
a que no aguante ya más este silencio.

No más Mayos

Mayo es el fin de un personaje de cuento que ya no tiene historia donde resguardarse. Mayo es una señal de no hay salida justo cuando dejabas atrás la oscuridad del túnel. Es emoción contenida. Es rabia. Es un empacho de imposibles.  Mayo es ganas de alargar la mano, que hace tiempo que no estaba tan cerca de tu rostro, y acariciar tu mejilla con un gesto que vengo ensayando desde hace demasiados abriles. Te debo a ti los instantes más preciados, años rebobinados en segundos al recordar un tacto que nunca dejó de acompañarme. Mayo eres ese temor que a veces es virtud y casi siempre el peor de mis defectos. Un miedo que alimenta al loco que forma parte de uno mismo. Bradbury escribió aquello de “Ve al borde del precipicio y salta. Constrúyete las alas mientras caes”. Yo salté, yo construí mis alas pero la hostia no me la quitó nadie.

Y es que 2013 no podía traer un mayo cualquiera, no lo fue abril, no lo fue marzo y mucho menos Febrero. Mayo trajo un final que no es otro que todos los finales. Tres días en los que mi vida se convirtió en pasado y el futuro en algo que no entiendo. La pena más grande no es otra que la aceptación de lo que ya no puede ser. El desengaño o la tristeza no son comparables a las emociones desgarradas de enfrentarte a preguntas que ya nunca tendrán respuesta. El alma en carne viva.

Antes de irte te miré a los ojos como el que intenta verse pestañear en un espejo, buscando eso que solo se esconde tras los abrazos de despedida. En esos besos que no nos dimos cuando nos despedimos, ya no de lo que fuimos, sino de lo que nunca llegamos a ser. Porque nunca fuimos lo que imaginamos, ni imaginamos un final tan impredecible como adecuado: tú viviendo la vida que decidiste vivir, de felicidad sencilla y encontrada; yo peleando la que me dejaste como única opción, en una búsqueda en círculos de algo que seguramente no existe. Nos conocimos en una montaña rusa de la que nunca supe bajar, hiciste bien en saltar en marcha.

Dijiste que soy como una droga que reaparece por generación espontánea, dijiste que temías mis mails que son granadas a destiempo y dijiste que durante mucho tiempo solo te imaginaste una vida conmigo. Me gusta saber que por lo menos en algo siempre estuvimos de acuerdo.

Te uniste, tarde, al club de las que dicen que exijo demasiado pero llegaste a tiempo para sumarte a la condescendía del “encontrarás a alguien”. Yo te hice saber, una vez más, lo guapa que estabas. Ni siquiera tus hoyuelos me devolvieron el cumplido. Ojalá pudiera dejar de ser yo por un rato.

Menos mal que mi especialidad es reconstruirme porque sería muy fácil hundirse ahora. Pensar que ya no queda nada que pueda sorprenderme. No quiero ser un muerto en vida, alguien a quien mató una sobredosis de expectativas. La desoladora imagen de un idealista derrotado.

Por eso quiero darte las gracias por tu último regalo, que no fue esa pluma con los puntos suspensivo ni tampoco el abrazo más emotivo del mundo. Tu mejor regalo no fue descubrir que quien yo conocí sigue existiendo en alguna parte, ni tampoco la paz de aceptar que este era el único final posible. Y es que tu mejor regalo fue hacerme entender que no quedan más despedidas.

Mayo, acabaste con marzo, me ayudaste a entender Febrero y bajaste los humos a un abril desmedido. Te llevaste contigo todo los futuros posibles para dejarme el único que vale, el de ahora.

Entiende que este año no haya más meses y que el 2013 por mí ya podría ser “hace diez años”.

Quiero volver a atrás o dejar de recordarlo todo. A qué mala hora me enseñaste que lo difícil del primer amor no es olvidarlo, sino aprender a vivir con su recuerdo.

Mayo, ahora sí que ya no espero nada de ti. Casi ni de mí. Porque esperar fue el único error imperdonable.

Querido Mayo, ¿cómo seguimos después de esto?, llegaste tan cargado de finales que incluso este blog carece ya de sentido. Porque prometí no divagar nunca más sobre nosotros ni volver a escribir pensando en ti. Quise desterrar contigo el uso de la segunda persona y no lo he sabido cumplir y ahora ya no sé si he faltado a mis promesas o a mis principios.  Porque ya no basta con ser fiel a los finales. Contigo ya no.

Me despido de este tú que vuelves a ser tú y de este yo que escribió mientras hubo algo que decir. Hoy –y por ahora–  la memoria vuelve a pesar demasiado y me ha pedido un descanso. Hace un tiempo que escribir dejó de ser algo positivo.

Te deseo que seas feliz y aunque no necesites mi bendición cuenta con ella.

Vete sin miedo porque tu ausencia solo deja ya tranquilidad. La tranquilidad de saber que ya nunca podremos hacernos daño.

Prometo no volver a dirigirme directamente a ti. A ver si esta vez puedo cumplirlo.

Fin.

...

LA SED INSACIABLE

Decir adiós… La vida es eso.
Y yo te digo adiós, y sigo…
Volver a amar es el castigo
de los que amaron con exceso.

Amar y amar toda la vida,
y arder en esa llama.
Y no saber por qué se ama…
Y no saber por qué se olvida…

Coger las rosas una a una,
beber un vino y otro vino,
y andar y andar por un camino
que no conduce a parte alguna.

Buscar la luz que se eterniza,
la clara lumbre durarera,
y al fin saber que en una hoguera
lo que más dura es la ceniza.

Sentir más sed en cada fuente
y ver más sombra en cada abismo,
en este amor que es siempre el mismo,
pero que siempre es diferente.

Porque en sordo desacuerdo
de lo soñado y lo vivido,
siempre, del fondo del olvido,
nace la muerte de un recuerdo.

Y en esta angustia que no cesa,
que toca el alma y no la toca,
besar la sombra de otra boca
en cada boca que se besa…

José Ángel Buesa

[Relato] Enhorabuena

Hacía tres años y siete meses que no nos veíamos. Yo cumplía treinta el día que me dijiste que con él todo era más fácil. No nos volvimos ver hasta hoy. Fueron casi diez años juntos de los cuales tres vivimos en aquella casa.

En la notaría estaba todo ya dispuesto para la firma que acabaría con lo poco que quedaba de aquel sueño tan lejano como imposible. A mi izquierda la chica de la inmobiliaria mascaba chicle sonoramente mientras amenizaba la espera con conversaciones de lata. Al su lado el señor notario se limpiaba las gafas con el final de una corbata antigua, triste y gris, perfectamente a juego con la escena. Al otro lado de la mesa el comprador recién aterrizado de Canadá. Nunca imaginé que traspasaría mis recuerdos a alguien que lleva chanclas en mayo. Afuera llovía. Llovía y hacía frío porque ese día no se merecía otra cosa. Para acabar el reparto teníamos sentados, uno frente al otro, al apoderado del banco y al administrador. Menuda calaña. Ellos hablaban del tiempo y de las virtudes de la comida española, yo hacía rato que dejé de escucharlos a todos. A mí derecha una silla vacía donde en cualquier momento te sentarías tú.

Apareciste entre las puertas corredizas con la misma mirada que cuando entraste tarde y por primera vez a la clase del instituto donde nos conocimos. Y es que tu cara fue siempre un jeroglífico de expresiones que se me dio muy bien descifrar y reconozco que los nervios te hacen aún más interesante. Al verme reíste con todo el cuerpo, recordándome de golpe por qué me volví completamente loco por ti. Sonreías igual cuando por fin conseguía cambiarte el humor en medio de nuestras discusiones. “Es imposible enfadarse contigo“, me decías y yo intentaba extirparte tu pena crónica a base de besos.

Llevabas gafas nuevas de Tous, un vestido corto muy rosa que combinaba a la perfección con el fular, el bolso y esas bailarinas gastadas por las puntas.  “Pero si nunca te gustó el rosa” alcancé a pensar mientras descubría tu brazo, como una exclamación al final de una frase inesperada, arropando con cariño una barriga de siete meses. ¡Sorpresa!

Mi primer instinto fue esperar a que te sentaras y alargar mi mano para coger la tuya, mirarte a los ojos que ahora me evitaban y llorarte una enhorabuena. Como si la noticia nos la acabaran de haber dado a los dos. Como si fuera hace tres años.

Conté los segundos mentalmente hasta casi los cien y por fin me miraste. Estabas roja de vergüenza y tan preciosa como siempre. “Enhorabuena” te dije y gracias al silencio absoluto que se formó en la habitación pude oír al cansado señor notario pensar: “ah… ¿no lo sabías?”

La del chicle dejó por  un momento de mascar obsesivamente, tan mona como poco recatada, se recostó sobre la mesa para acercase a ti y te dijo al oído: “¿se me olvidó preguntarte el estado civil?”. “Casada” contestaste. Y otra vez roja y otra vez sin mirarme el proceso se repitió. Menos de tres minutos llevabas en la habitación cuando lo dije por segunda vez: enhorabuena. Esta vez el señor notario no pudo reprimirse: “¡Joder menudo día!”

El resto carece ya de importancia, pagar para deshacerse de un piso porque vendes por debajo del precio de la hipoteca empieza a ser algo común en esta economía del absurdo. El canadiense se mesaba la barba mientras comprobaba nuestros cheques. Dieciocho mil euros nos costó volver a ser tú y yo después de toda una vida siendo nosotros.

“¿Te da tiempo para un café?”, pregunté  y asentiste con la connivencia de saber que todo se ha acabado. Yo lo llevaba bastante bien hasta que te toqué la barriga y noté que algo se me rompía por dentro. No sabría decirte qué fue lo que pasó pero supongo que fue la sensación de no ser nadie ya. Había soñado siempre con ese gesto pero no en una cafetería, no el uno frente al otro y sobre todo no con la ilusión puesta en un futuro en el que yo solo era un extraño.

Tengo casi 34 años y allí sentado frente a ti tuve que enfrentarme a todos los caminos que nunca escogimos. A toda esas decisiones que nos trajeron hasta este día. Ya nunca sería padre con la primera mujer que amé. Me sentía feliz por ti pero notaba como me desangraba poco a poco en plena hemorragia de recuerdos. Tenía que salir de ahí. Ya estaba todo dicho.  Aun así llegó la hora de despedirse y preguntaste: “¿A que de todas la posibles entradas no te esperabas una como esta?”. Automáticamente repliqué: “no, de rosa no.” Y te reíste alegando que no era rosa sino coral, pero ya no importaba. Al rato te fuiste y yo me alejé para siempre pensando que la gente cambia mientras todo sigue igual, que supongo que es la lección que aprendí aquella mañana en la más triste de las notarías después de un café de casi veinte mil euros.

Y me senté en un bar a escribir esto, comprendiendo que la pena no era haber llegado al final sino aceptar que lo volvería a vivir todo aun sabiendo cómo acaba.

Enhorabuena.

Comala otra vez (AKA: La parábola de las empanadas)

Corría el año 2002 cuando el, muchas veces mencionado ya, Maestro Sabina cantaba aquello de “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.” Yo recuerdo perfectamente la primera vez que oí esa frase.  Fue en un concierto acústico de la gira “Nos sobran los motivos” al que por alguna razón que ahora no recuerdo fui solo. La canción la había escrito para Ana Belén pero era tan jodidamente buena que no pudo resistir sacarla en su siguiente disco: “Dímelo en la Calle”. Disco flojo donde los haya pero al que le siguió una reedición disco-libro ilustrado llamada “Diario de un peatón” que lo salvó. Esta edición contenía otra perla que nunca se ha tocado en concierto y que para mí sigue siendo la mejor historia de corrupción y cuernos que he oído jamás: “Doble vida”.

Bien. Todo eso lo cuento porque desde que oí esa canción en aquel concierto no dejé de preguntarme qué sería “Comala” y qué tenía que ver con tamaña verdad. Tuve que esperar hasta tener el cedé con la transcripción de las letras para darme cuenta de que Comala era un nombre de ciudad. Google por entonces ya te permitía resolver misterios imposibles y así fue como descubrí que Comala era el lugar donde Juan Rulfo daba rienda suelta al monólogo interior de Pedro Páramo. Corrí pues al Corte Inglés y compré ese libro que me leí de tirón una tarde en el antiguo cauce del río. Reconozco que no disfruté de la lectura, devoraba el libro intentando desentrañar los secretos que escondía aquel misterioso pueblo. La narrativa, compleja y repleta de símbolos, me hacía ir de atrás adelante en lo leído, tratando de encontrar sin éxito alguna explicación a mis preocupaciones.

Muchos, muchos años después, releería el libro y aprendería que esa novela se considera unos del los máximos exponentes del archifamoso realismo mágico. En esa segunda lectura creo que sí disfruté de la novela. En 2002 solo quería comprender por qué no se podía volver a  Comala, sin entender que eso no se aprende en los libros.

Y desde entonces ese pequeño pueblo perdido de México se convirtió en un símbolo para mí, en un recordatorio de lo difícil que es revivir algo por mucho esfuerzo que pongas. Una palabra que nunca me ha dejado de acompañar. Corre ya el 2013 y todavía cuando vuelvo a sitios donde fui feliz no puedo evitar susurrar en voz baja: “….no debieras tratar de volver…”

Esta pequeña reseña medio musical, medio literaria y sin muchas pretensiones me sirve como introducción a lo que vendremos a llamar “la parábola de las empanadas argentinas”

La parábola dice así…

 Al entrar no pude evitar recordar una vez más aquella famosa frase de Sabina.  “No debieras tratar de volver” me decía una y otra vez a media voz: “no debieras tratar de volver”. La chica me miraba extrañada pero, consciente como era de que estoy un poco loco, no dijo nada. La última vez que nos vimos me despedía de ella en un taxi que acabábamos de parar juntos, sin decir nada más que “toma, he disfrutado de la cena, te doy este dinero y te vas a casa.” Aún no entiendo por qué me volvió a llamar. Yo debía haber elegido otro sitio para esta segunda cita, pero reconozco que el ambiente íntimo, las luces rojas, la música en directo y el innegable atractivo del nombre del local hicieron que no le diese más vueltas: el Trovador sería el sitio.

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La carta de vinos era escueta y overpriced, como acompañamiento a cualquier bebida te ponían palomitas picantes y la camarera parecía sacada del otro lado del espejo de Wonderland.  Nada de eso me importó la primera vez que vine. ¿Qué había cambiado?

La decisión a la hora de pedir comida era fácil y se limitaba a sus dos platos estrella: empanadas argentinas y rollitos primavera al estilo tailandés. Pedí uno de cada.

Cuando la camarera por fin trajo las empanadas junto a la segunda botella de aquel horrible vino chileno. Ella me miró aparentemente preocupada y me soltó:

–¿Prefieres empanada o rollitos? – a lo que yo rápidamente repliqué.

–Yo soy mucho más de empanadas que de rollos – y sonreí.

Ella pareció no apreciar la sutil ironía y tras una interminable pausa durante la que no dejé apagar mi sonrisa más ensayada, ella por fin pareció decidirse.

–Hoy comienzo una nueva dieta, si no te importa, ¿te comes tú las empanadas? – todo esto sin ni siquiera devolverme un amago de algo parecido a una sonrisa.

Yo no sabía muy bien si me estaba siguiendo el juego o realmente se negaba a compartir lo que había sobre la mesa. Consciente de que aquello iba a ser imposible de remontar aparté el plato y me dispuse a comerme yo solo mi enorme empanada. Mientras, ella disfrutaba de sus insípidos pero ligeros rollitos. Genial. El resto de la noche fue tan aburrido como previsible.

Mucho tiempo después comprendí que hasta el más frugal de los rollos (y más en primavera) esconde en el interior un poco de pasta de empanada. Recuérdalo en tu próxima cita.

Fin.

Hasta aquí mi simple parábola y su tonta moraleja. Sin querer ponerme prosaico he de decir que –empanadas y rollos aparte– esa cita me sirvió para recordar que mi comida preferida sigue siendo la de buenos días. De eso sí que no cabe duda

Cartas imposibles

Hola yo,

Hace mucho que quería escribirte pero el tiempo ya no es lo que era. Decía alguien que confundimos lo urgente con lo importante, un poco es de eso es verdad. Un poco de eso soy yo ahora.

El otro día la prima me envió un whatsapp, sé que aún no sabes lo que es eso pero ni falta que te hace. Te adjunto una foto…imagínate que es una carta como las que tú ahora empiezas a escribir.

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Igual me quedé yo. Sin saber qué decir y desde entonces no me quito ese pensamiento de la cabeza. La prima a la que me refiero es la misma que, recién nacida, fuiste a visitar el pasado febrero al hospital. Sé que ese día ahora parece uno más, pero por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender la sensación que tuviste al entrar en su habitación durará para siempre. Quizás era porque venias de ver a esa chica en la que no puedes dejar de pensar, quizá porque acudiste allí solo y aún no estás acostumbrado a tanta independencia. No lo sé, pero ya verás como días que son aparentemente simples se quedan para siempre en tu memoria. Te pasará mucho más con los años. Es bueno.

El tema de la “situación económica” casi que te lo explico en otro momento que aún te queda muy lejos y sobre la prima no te preocupes mucho por ahora, ha aceptado jugar conmigo a una tontería que le he propuesto: le mando vídeos cada semana y ella me los comenta. Sé que eso para ti también parecerá bastante raro pero insisto, no te preocupes y sigue grabando cintas con la mini cadena nueva. Eso es algo que acabarás echando de menos aunque ahora no te lo creas. Y de la prima no te cuento más, solo ha sido una excusa para escribirte, pero para que veas que tampoco cambian tanto las cosas, es posible que como parte del juego le recomiende “Ilusiones” o quizá “El Club de los Poetas Muertos”. Lo sé, son básicos. De todos modos a ella le preocupa más encontrar su pasión que perseguirla. En eso debemos sentirnos afortunados.

Y aquí quizá me he vuelto a adelantar pero creo que es importante que lo sepas. Posiblemente fue el año pasado, cuando escribiste de tirón esos 10 folios que pasaste a limpio antes de dárselos a la chica que te enseñaría a besar un día volviendo a casa. Quizá fue entonces o quizá fue con la redacción que te publicó Don Josep en la revista del instituto. Tampoco importa ya demasiado pero como te decía somos afortunados, esa sensación de vértigo cuando escribes sobre lo que sientes no se te pasará nunca. O por lo menos no hasta ahora. Habrá momentos en que casi se te olvidará lo importante que es escribir, habrá épocas en que pensarás que es una pérdida de tiempo pero no te preocupes que volverá. Todo lo que estás pasando ahora volverá. ¿Sonríes al leer esto? Yo sí lo hago al escribirlo. Jodida suerte la nuestra 🙂

Del trabajo y los estudios no te quiero hablar, no es relevante pero te irá bien. Aunque ahora no te importe demasiado tendrás sueños y los cumplirás antes de lo que te imaginas. Conocerás a gente increíble y te lo pasarás bien haciendo lo que haces. Eso –aunque se paga bien– es impagable. No hace falta que te lo recuerde pero haz siempre aquello que te dé más miedo. Nos ha funcionado bastante bien hasta ahora. Sí que es cierto que a mí ahora me vendría bien alguna pista de nuestro futuro “yo”. Siento que hemos llegado a la encrucijada en la que se definen los próximos 10 años y saber si me estoy equivocando haría esto mucho más fácil. Tan fácil que imagino que le restaría mérito. Supongo que por eso aún no nos hemos escrito. Mañana chequearé mi email por si acaso. Uf, lo del email va a ser gordo. Muy gordo. También te lo explico otro día. Lo prometo.

Llevamos ya cuatro párrafos y no te he dicho nada importante, estarás pensando que estoy un poco gagá y que tienes mejores cosas que hacer que leer tonterías del futuro. No te equivocas. Ese es el mensaje principal: lo que estás haciendo ahora, lo que estás viviendo, cada minuto de los próximos cuatro o cinco años va a ser increíble. Disfrútalo con la tranquilidad de saber que vale la pena. Tu día a día actual son las historias que alimentarán el mañana. Sigue cuestionándotelo todo, haz pellas cuando haya que hacerlas y lee aquel libro en ese café donde a veces os encontráis a escondidas. No dejes de esforzarte cuando toca dar la de cal (o la de arena) y llora, y ríe, y sufre, y arriesga y busca los límites cuando haga falta. Todo va a salir bien. Ella no estará siempre ahí, pero habrá otras “ellas” y con todas y cada una aprenderás que vale la pena arriesgar hasta que duela. Porque dolerá, porque sé que duele, pero en los días aburridos de invierno, cuando ya no pase nada, echarás de menos sentir que te falta el aire un domingo por la mañana.

¿Eso ha sido una rima asonante? Como ves no aprenderás a escribir mejor por mucho que lo intentes. Y seguirás siendo igual de cursi 18 años después. Supongo que eso es más culpa tuya que mía, no sé, quizá cambie en los próximos 20 años. Los de mi edad dicen que me quedé atascado en los 16, pero en algún momento tendré que hacerme mayor aunque sea en la forma de escribir. Ganas no tengo y cierto es que muy a menudo pienso en ti, cierto que por momentos desearía volver a ser tú. Imposible, como otras tantas cosas.

Por cierto, he estado haciendo cálculos y creo que en unas semanas te iras de camping con esos amigos raros que no te comprenden y que -ya te lo avanzo- pronto desparecerán de tu vida. De ese viaje no recuerdo mucho pero sí sé que una noche acabarás en la playa tú solo, completamente borracho y excesivamente melancólico. Lo que llevarás en la mano aquí donde vives ahora lo llaman “joint”. Verás una decena de estrellas fugaces, tumbado y terriblemente mareado pedirás siempre el mismo deseo, luego te apagarás el cigarro en la parte interior de la muñeca y te quedarás dormido hasta la mañana siguiente. Eso de quemarte -perdona que te diga- será una tremenda gilipollez. De todos modos reconozco que funcionará y es la principal razón por la que ahora recuerdas esa curiosa noche: preciosa cicatriz. Sobre el deseo que pides, te confirmo que se cumple pero tendrás que esperar un par de años y te aseguro que, como pasa muy a menudo, la espera será mejor que el deseo en sí.

Eso apúntatelo en el corcho ese de la habitación que tienes: “cuidado con lo que deseas que se puede hacer realidad.” Un consejo que nos habría venido bien a su debido tiempo. Ya lo entenderás.

Cuida de tu hermana más, ahora tampoco te das cuenta, pero sus recuerdos de esa época no serán tan buenos como los tuyos y creo que ahí lo podríamos haber hecho mucho mejor. Cambia eso.

De Mama y Papa no te preocupes. Sigue hablando con Mama todas las madrugadas que puedas, pese a parecer demasiado perfecto para ser real ella nunca dejará de estar ahí. Papa –por el contrario– acabará decepcionándote, aprovecha los días buenos mientras los haya y tranquilo que no habrá ningún trauma, terminarás perdonándole y entendiéndole más de lo que crees. Eso sí, no luches por cambiarle, no servirá de nada.

Al que sí se le acaba el tiempo es al abuelo, lee todo lo que escriba y no le permitas que deje de escribir. Pasa con él las tardes que haga falta y empápate de absolutamente todo lo que diga. Sus consejos nunca dejarán de hacerte falta y en el fondo llegarás a  parecerte a él más que a nadie en el mundo.

Me has hecho llorar sabes. Eso es algo que tampoco cambiará, tienes la lágrima fácil y la seguirás teniendo, pero llorar al fin y al cabo es recordar que algo valió la pena y -sin querer simplificar demasiado- esa será de alguna manera nuestra filosofía. Sí, lo sé, somos mucho más simples de lo que aparentamos, pero no se lo diremos a nadie.

Me despido ya, si puedo volveré a escribir, pero tienes cosas más importantes que leer y no quiero despistarte. Tienes mucha suerte de estar ahí y creo que lo sabes, pero no lo olvides. Disfruta de cada minuto, ya te he dicho que acabarás echando de menos esos días mucho más de lo que crees. Y déjate de “carpe diems” mal entendidos, los mejores días, los más memorables, están aún por venir.

Por cierto a la prima al final le diré que lo importante es la ilusión en cualquiera de sus formas o derivaciones, pero eso tú ya lo sabes.

Buen viaje, te espero al final de la aventura.

“… And there are people who forget what it’s like to be 16 when they turn 17. I know these will all be stories someday. And our pictures will become old photographs. We’ll all become somebody’s mom or dad. But right now these moments are not stories. This is happening, I am here and I am looking at her. And she is so beautiful. I can see it. This one moment when you know you’re not a sad story. You are alive, and you stand up and see the lights on the buildings and everything that makes you wonder. And you’re listening to that song and that drive with the people you love most in this world. And in this moment I swear, we are infinite”

Peliculón: The Perks of Being a Wallflower (2012)

Y es que todos tuvimos 16 alguna vez, todos tuvimos una “tunnel song”. ¿Te acuerdas?

We are infinite…

La Hipérbole de la Zona de Confort (AKA: El desvío que nunca cogimos)

Llevábamos desde el mediodía en la cama, nos había dado tiempo a dormir, a sudar y hasta a sentirnos incómodos por sacar a relucir, una vez más, esas preguntas que llevábamos demasiado tiempo postergando. Cuando los sábados por la tarde bebía cervezas en aquella terraza de Fulham deseaba pasar las horas aquí contigo, hoy lo cambiaría todo por una pinta sin prisa, ni preguntas, ni porqués.

Te dije que sería buena idea ir a cenar, necesitaba aire fresco, y tú dijiste que te daba igual: Nada duele más que la indiferencia. Salimos andando de nuestro pequeño apartamento en Earls Court, “¿Te acuerdas cuándo entramos aquí por primera vez?” estuve a punto de preguntarme, pero tú estabas demasiado atenta a tu móvil y yo no quería molestar.

Anduvimos hasta el 606. Por el camino yo intentaba rescatar del olvido la cara que pusiste el día que entramos juntos por primera vez. Te aseguré 606 Clubque aquel era el mejor sitio de Jazz de la ciudad, “soy tuya, llévame dónde quieras esta noche” dijiste mientras te vestías de nuevo en uno de esos días en los que uno se quedaría a vivir para siempre. El lugar, ese antiguo almacén a las orillas del Támesis, no ha perdido el encanto del primer día. Sigue ahí la misma lúgubre puerta que tan mala espina te dio cuando esperábamos a la intemperie, sintiéndonos observados desde la mirilla. “Use the buzzer” ponía y recuerdo que mientras aquel conserje con aspecto de mercenario nos inspeccionaba, tú me abrazabas instintivamente buscando seguridad.  Yo mientras –lo confieso– no dejaba de pensar en llevarte de nuevo a mi cama.

Volvimos al 606, sabiendo que nada es ya lo mismo, conscientes de cómo nos estamos distanciando. Nos sentamos uno frente al otro, muy cerca de trompetista, sabiendo que esta vez yo no pediría cambiar el sitio para poder pasarte la mano por la espalda y que tú ya no me preguntarías porqué nunca te había dicho lo guapa que estabas. Atrajiste las miradas del local con ese vestido corto y negro que tan bien había aprendido a quitarte sin la torpeza de las primeras veces. Llevabas el pelo recogido dejando a la vista ese cuello que alguna vez fue mi religión.YJE BlueShift-04-web

La música empezó y cada uno se evadió en sus propios pensamientos. Yo no sé si estabas abstraída por la música, como aquella vez que me hiciste escuchar Chopin durante horas para explicarme qué era la cadencia interrumpida, o quizá pensabas en lo duro que sería volver el lunes a esa oficina que estaba matando tu creatividad y desmoronando tu sonrisa. El ruido, o la desidia, hicieron que no llegara a preguntártelo. Lo que sí tengo claro es qué pensaba yo durante esos riffs improvisados: Yo quería salir de allí, huir de aquella pequeña celda que habíamos construido con tanto cariño y sin darnos cuenta.

La primera vez que me preguntaste cuánto tiempo estaría en Londres te contesté convencido –casi arrogante- que estaría hasta que me sintiera cómodo, que luego habría que marchar. Te solté toda aquella charla enlatada sobre la zona de confort y lo importante que era hacer aquello que te daba miedo: “Whatever scares you, go do it.” No sé si por entonces te sedujo mi locura o ese idealismo tan teórico como ingenuo. Algo sin duda hizo clic, por eso a las cuatros semanas estábamos viviendo juntos. ¿Te acuerdas?

Hoy sentado frente a ti en el lugar donde esto empezó, me doy cuenta de cuánto nos hemos acostumbrado a todo. Hasta las sesiones de jazz en sótanos clandestinos nos parecen algo cotidiano y por más que lo pienso me cuesta saber qué es ahora lo que nos da miedo. ¿Nos pasó acaso como en aquel relato de Benedetti donde él dice que daría cinco años de su vida por enamorarse de aquella preciosa mujer y de repente se da cuenta de que los años pasaron y ya no se quieren? ¿Tú crees que nos ocurrió eso a nosotros? Yo te miro y sé que sigues siendo lo mejor que me pasó nunca, aunque ahora no tenga ni la más remota idea de qué nos está pasando.

Pienso en Singapur, en New York, en Buenos Aires, en todas esas ciudades que nos permitirían empezar de nuevo. Pienso que eso no es más que huir, cambiar el problema en vez de encontrarle solución. Pienso que quizá llevo haciendo eso demasiado tiempo y que al cambio, como a la rutina, también se hace adicto uno. Pienso que todavía te quiero aunque haga meses que no te lo diga.

Se acabó la música y se vació el local, la camarera trajo otra jarra de agua mientras yo pagaba sin dejar de pensar que al llegar a casa te escribiría esta carta.

Tú ahora duermes en ese diminuto cuarto en el que me hiciste poner persianas para que no te molestara el sol. Duermes y sé que ningún sueño puede mejorar estos tres años de felicidad que nos hemos regalado. Yo escribo mientras dejo que suenen una y otra vez todas nuestras canciones. No puedo comprender porqué pero sé que esto se acabó. En este país que nunca deja de llover hoy agradezco más que nunca ese sonido desordenado acompañando mis teclas. Todo se terminó, como dicen por ahí: gastamos el amor de tanto usarlo.

Saldré sin despertarte y no cogeré nada porque nada me llevo. Todo lo que soy ya te lo di.

Ojalá esto sirva para que vuelvas a escribir poesía y yo empiece por fin ese libro que llevo años postergando.

Fue en el viejo garito de jazz, mientras te quitaba el abrigo, donde entendí que irme es hoy por hoy lo que más me asusta el mundo. Tú y yo prometimos ser fieles a una única verdad: “Whatever scares you, go do it”.  Y las promesas solo cobran sentido cuando se cumplen.

Espero que sepas perdonarme, el lado bueno es que esto se acabó justo cuando empezaba a ser aburrido.

Una pena lo sé, pero los dos intuíamos que –como la Nada en Fantasía– la Zona de Confort acabaría por alcanzarnos. Quizá nos faltó encontrarle un nombre.

Te quiero. Me voy. Y está todo dicho.

Dedicado a las princesas que no se creen que lo son y a los nombres que nunca usamos.

Fantasía 2013.

Disculpas anticipadas

Perdón por escribir pensando en ti. Perdón por creer que podríamos olvidarlo todo y hacer como si nada. Perdón también por pensar que esto –sea lo que sea– se cura.

Disculpas anticipadas por dedicarte mis domingos, mis más sentidos arrepentimientos por idealizarte y convertirte en algo mucho mejor en mi memoria. Lo siento si de alguna manera acabé siendo una parte inevitable en tu vida.  Nada de eso fue a propósito.

A mí también me cuesta entender por qué no me deshago de tu recuerdo por más que pase el tiempo, por qué me ofusco en volver una y otra vez a esos encuentros cada día más borrosos. Ni siquiera aplica ya esa tontería de que el dolor me hace sentir más vivo. Ya no.

Tú ahora tienes hijos, felicidad y por fin decidiste tintarte el pelo.

Yo sigo aquí, haciéndome mayor, en una ciudad que duerme mientras yo me comprendo.

Pero no me quiero despistar, yo solo quería pedirte perdón.

Perdón por escribir pensando en ti, aunque todavía no te conozca

¿Quién me ha robado el mes de abril?

¿Quién me ha robado el mes de abril?
Me lo robó la rutina de los días simétricos. La monotonía de los sueños enquistados.
Me lo robó el conformismo, el supuesto trabajo perfecto y unas mentiras demasiado repetidas como para dudar que fueran verdad.
Me lo robó tu ausencia o el hecho de que nunca llegaras a estar allí. Tu no estar, tu no llegar, tu no sentir.
Me lo robaron el alcohol, los excesos y las enfermedades venéreas que nunca tuve por no usar los condones que siempre guardé.
Me lo robó, por encima de todo, la literatura, el cine y la publicidad. Las canciones tristes que hablaban de ti cuando no te conocía y las que lo hacían después de perderte.
Me lo robó la noche y no me le devolvió ninguna mañana, ni ningún amanecer en ninguna playa con ninguna mujer.
Hay quien dice que fue el hombre del traje gris pero yo aún sigo sin saber quién: ¿Quién? ¿Quién coño me ha robado el mes de abril?

El+Hombre+del+Traje+Gris

Galerada escrita en el peor abril que recuerdo: el de 2007.
Nunca una canción me pareció mas triste, ni un abril más largo.

¿Y si todos los días fueran viernes?

Es duro darse cuenta de cuánto más lista que yo eres. Siempre vas por delante. Por eso es duro comprender, al fin, que cuando empiezo a entenderte es justo cuando dejo de interesarte. Ayer garabateé en una hoja la explicación de lo que nos está pasando y comprendí, tarde, que tú en el fondo lo has tenido todo siempre claro. Meridianamente claro.

diagrama de puto loco

Y me parece bien.

Me parece bien que hayas encontrado tu sitio, tu quien, tu todo-lo-que-alguien-siempre-pudo-desear. Me parece muy bien aunque a veces no me guste. Entiendo, casi admiro, la ilusión ligeramente diluida en resignación, con la que empiezas (retomas) una relación que debería ser la definitiva. Me cuesta entender, sin embargo, porqué seguimos regando de vez en cuando ese geranio que hace tiempo que se estrelló contra el suelo:
maceta rota, tierra desparramada, futuro roto.

La foto, como algunos besos, es robada (perdón)

La foto, como algunos besos, es robada (perdón)

Y a dónde quiero ir a parar

No lo sé, pero sé que me redescubro de vez en cuando pensando en ti a altas horas de la noche, echando de menos algo que nunca pasó y revisitando tantas cosas que se quedaron a medias. Sé que esta semana intensa, en la que todos los días fueron viernes, puede considerarse otro (y van N) punto de inflexión. Y es que sentí unas inusitadas ganas de preguntarte “¿tú cómo estás?, ¿qué pasa exactamente por tu cabeza?”. Obviamente me callé. La ignorancia también es una elección.

El tiempo, como todos sabemos, asienta y calma las emociones. Tres meses han bastado para que yo asuma sin ningún rencor que nuestra función para números grandes es asintótica y no se cruza más que para volverse a separar. Y yo eso lo empiezo a llevar bien, pero ¿tú como lo llevas?

En un ataque de arrogancia pensé que debía ser yo el que ahora intentara distanciarse, no por mí -lo bello ya no duele- sino por evitar ser aquel que entorpezca tu capacidad de ser feliz. Sea eso lo que sea. No quiero buscarte porque sé que algún día ya no te encontraré y si te encuentro no sé a quién beneficiaría. La infidelidad, si yo la tuviera que definir, es dejar el móvil boca abajo…bien sabes que mi pantone no tiene escala de grises. Pero es que todo esto tú ya lo intuías desde hace mucho tiempo.

Y es que cuando dejó de ser viernes entendí -de golpe- que ahora estoy empezando a ser lo que nunca quise ser. Soy el que hace que te apartes para enviar un mensaje, el recuerdo que aparece mientras te vistes un lunes por la mañana, soy el pensamiento que por momentos molesta, la incertidumbre que a veces suma peso a la rutina.

Si soy el que pone boca abajo tu móvil, eso nunca lo quise ser.

Toca retirada pues.

Pero eso tú ya lo sabías. Por eso manejas cautelosamente los tiempos, intentando construir departamentos estancos para sentimientos perecederos. El papel que yo juego en tu vida, lo entendiste tú mucho antes que yo; y elegiste en consecuencia. Yo, que por momentos sigo enamorado de lo que no fuimos, ahora empiezo a asumir que nunca hay dos versiones de la misma historia y que ésta -la nuestra- hace tiempo que se quedó sin guionista.

Y eso no hay ciudad, ni mañana soleada, ni pasado efímero que ya lo pueda cambiar. Lo cual me lleva de nuevo al principio. A descubrir que cuando yo comprendo esto ya es tarde. Porque tú siempre lo supiste. Porque entendiste hace tiempo que yo acabaría siendo un recuerdo preferente, lleno de todo-lo-que-podría-haber-sido-y-no-fue, repleto de subjuntivos y condicionales, pero poco más.

Así que me despido. Si tuviera que ponerte un nombre, te llamaría Lady Imposible. Pero, hoy por hoy, evitaré llamarte. No en este espacio-tiempo.

Abril, ¿eres tú?

Marzo son besos. Siempre lo ha sido. El primero en una cabina hace ya demasiados años, el último empujado por un soplido desde el interior de un taxi. Marzo es también los besos que no se dan, porque hay besos que solo se miran, y Marzo nunca deja de ser esas pequeñas encrucijadas que una y otra vez vuelven a darnos una oportunidad pero que siempre acaban distanciándonos.

Marzo son las fotos que nos hicimos cuando eramos jóvenes y que estuve a punto de enviar al fantasma equivocado (maldito whatsapp) o esa foto que me enviaste en la que, escondido tras unas gafas de sol, busco tu mano como pidiendo que no te vayas nunca, como intuyendo que aquello no podría funcionar. Tu mirada en esa foto me hace sentir terriblemente viejo. Supongo que será la inocencia que se perdió por el camino o la tranquila ternura con la que te apoyas, tan difícil de volver a ver.

Marzo es también esa última instantánea en la que sostengo un gin tonic junto a la chica que pudo haberlo sido todo. En la foto ladeo descaradamente mi cabeza hacia ella,  porque lo que pienso a menudo pesa demasiado y porque su sonrisa se ha demostrado ya magnética.

valencia

Y Marzo este año ha sido también ciudades, ha sido pólvora y recuerdos, amigos y sensaciones que creía olvidadas. Porque hay lugares que son estados de ánimo y de vez en cuando está bien volver de visita a aquellos sitios donde fuiste aunque ya no puedas ser. Marzo impregnó también una nueva ciudad, donde las calles son estrechas, la música suena sin que lo pidas y las protagonistas de los cuentos se dejan hechizar mientras brille sol.

Y con todo eso y alguna que otra certeza renovada viajé de vuelta a mi fría guarida, contento por otro mes irrepetible pero sabiendo que no es bueno volver a casa con la boca repleta de mordiscos sin usar.

Y así, lastrado por verdades que solo valen si las practicas, dejaré pasar los días hasta que llegue Abril, porque Abril siempre ha sido todo lo que Marzo no fue y porque sé que este Abril será también diferente a todos los que he conocido. Yo ya no llevo el traje gris, ni calendarios en el bolsillo y además aquí ya no queda nada por robar.

Y no puedo acabar sin la frase lapidaría del mes: “he aprendido tanto de mis errores que estoy deseando volverme a equivocar. Contigo o sin ti.” ¿Qué te parece?

Pasa Abril, así de lejos no te reconozco, pero supongo que es porque tanto tú como yo hemos cambiado mucho, nunca demasiado. Abril, ¿eres tú?

Palabras la tierra

Parafernalia la mía. Pantomima a su madre. Pentecostés y gastos. Patidifuso y emborronado…y así con todo.

Peliagudo u obtuso. Paquidermo sino para soñar. Paliativa y otros impuestos. Pelmazo de hierro. Paciencia infusa. Parabién o mal.

Epístola cargada. Plusvalía lo suyo. Pretexto de apoyo. Persevera educación. Pausados sin tres. Pentagrama y medio. Paliza la bandera.

Pirotécnica depurada. Permisiva asesina. Perfecto mariposa. Purista gram. Pústula llevas. Pastrami que me cuentas. Palabras la tierra.

Princesa la guerra. Puesto mentira. Pernoctarte dentro. Paquete metes. Puente sigo queriendo…y así con todo.

Ciudades

Atardecer_en_Cartagena_de_Indias_desde_La_Popa.He paseado en carroza por Cartagena de Indias al atardecer, no he dormido en Pamplona un San Fermín cualquiera, caminé la Muralla China con la mujer más bella del mundo, me bañé desnudo en las playas remotas de Tailandia (y en las de Alicante también), estuvieron a punto de romperme la cara en Budapest, tuve la peor resaca de mi vida en un barco en el Danubio después de pasar por Praga, Bratislava y Viena. Amé y fui amado en Paris y en Roma. Gasté el dinero que mis padres no tenían en Mónaco y tuve el placer de comer pizza en Nápoles con un buen amigo, como ha de ser. Me sentí pequeño ante el Golden Gate y minúsculo mirando al mar en los límites de Escocia. Me reinventé un verano en Santander y dormí una noche a la intemperie en las playas de Tarifa. Fumé en Amsterdam y no lo hice en Essaouira ni en Marrakech. Bebí, trasnoché y olvidé en Estocolmo, Hanoi, Oslo y Bangkok. Hice noche en Calcuta, también en Moscú. Me enamoré locamente de Barcelona, viví en Londres, me hice viejo en Madrid…

Recuerda todo esto si hoy me pasara algo en el avión de vuelta a casa. Porque mi hogar es Valencia en Marzo. Lo demás no deja de ser una manera de alejarse para poder volver.

Nada más

Cuando entro a un bar, a una habitación o incluso a una reunión me paso los primeros minutos analizando el entorno. Miro las manos de la gente, cuento los anillos, repaso las paredes buscando anomalías, me fijo en los cuadros y sobre todo en las orejas. Dos detalles que nunca puedo omitir. Busco fotos si es que las hay y me pregunto qué nos trajo a cada uno de nosotros a este mismo sitio. Durante el tiempo que esté en dicha estancia seguiré recabando datos inútiles: cuándo se cortó aquel hombre las uñas por última vez, cómo se abotona la camisa esa otra mujer, cuánto mira aquel su móvil o cómo se muerde el labio superior la chica del fondo. Si son parejas me recreo en sus interacciones, ¿se chistan? ¿Se miran? ¿Se acarician? ¿Se quieren? Pregunta, esta última, que casi nunca puedo contestar a la primera.

El origen de este peculiar hábito, tan agotador como inútil,  se lo debo a mi difunto abuelo: Don Juan Cabrón. Cuando íbamos a comprar helado y café al bar de la piscina, él amenizaba la espera con un juego muy peculiar. Al entrar me decía “fíjate en aquella mesa” y en el camino de vuelta a casa me preguntaba cosas como “¿cuántas copas había en la mesa?”, “¿quién crees que paga la comida?” o “¿qué bebía fulanita?”. Si estaban jugando al dominó me preguntaba quién iba ganando o a quién le tocaba tirar cuando nos estábamos yendo. Yo casi nunca acertaba pero reconozco que cuando lo hacía su amable sonrisa valía más que todo el helado del mundo. Mi abuelo era un gran hombre.

Así que de aquellos polvos vienen estos lodos y a él le debo mi curiosa afición por fijarme en los detalles más tontos. Y no es que yo tenga memoria fotográfica, ni mucho menos, es una especie de acto reflejo que, como un proceso en segundo plano, se dispara cada vez que entro a un sitio por primera vez.

Y todo este rollo tan bucólico es únicamente para decirte que de todos los bares, habitaciones y hoteles en los que estuvimos juntos solo consigo recordar la manera en la que tú me mirabas. Nada más.

….

….

Tengo que reconocer que al final se me ha ido el Santo al Cielo, nunca mejor dicho, y pese a ser consciente de que he gastado ya el giro argumental, la sorpresa y toda esa parafernalia, este post se me está yendo de las manos y ahora ya no podría terminar sin recordar una de las frases que más usaba mi abuelo, tan sabio como cabrón: “Si tiene solución no te preocupes y si no la tiene… ¿para qué preocuparse?”

Su otra frase preferida era “nada dura para siempre”, pero ahí se equivocaba. Su presencia es el contra ejemplo.

Te echo mucho de menos abuelo.Photo 27-02-13 22 56 05Mucho.

Adiós Febrero, Hola Marzo

Adiós Febrero, ya hablé de ti en enero pero ahora llegó marzo y me doy cuenta de cuánto me está costando despedirme de ti. Con tus San Valentines y tus cumpleaños. Los nueves meses te delatan como hijo de los primeros calores del verano, sin embargo eres el final de un invierno tan largo como frio. Un invierno que caló hasta los huesos, que me mordisqueó un poco el corazón para luego desaparecer sin avisar, sin poder ya borrar las marcas de tus dientes. Se fue Febrero dejándome más viejo, quizá más cansado, pero sobre todo más sabio. Trajiste contigo la llave de los secretos de mi pasado y, como el que descubre un enigma del que irónicamente siempre supo la solución, me hiciste comprender qué me ha traído hasta aquí.  Ahora toca decidir a dónde ir. No es fácil.

De Marzo podría hablar mucho, pero acaba de llegar y me enfrento a él como a la hoja en blanco: sin prejuicios, ni expectativas. Así es imposible decepcionar.

Photo 17-02-13 17 11 00Marzo siempre me recuerda mi obsesión por la memoria, mi batalla perdida contra el olvido. Todo tenemos momentos en la vida a los que iríamos a refugiarnos cuando las cosas no van bien. Muchos de esos momentos, en mi caso, le pertenecen a Marzo. Por eso me atormenta ver como se difuminan con los años, como pierden intensidad.

Dicen que la melancolía te ancla al pasado y no te permite aprovechar todo lo que tienes por delante. ¿Sería ese el caso? Llegaríamos a hipotecar nuestro presente a cambio de revivir los mejores momentos de un pasado que nos sabríamos de memoria. Eso implicaría no generar nuevos recuerdos, ¿pagaríamos ese precio?

Sé que este es un tema recurrente al que vuelvo una y otra vez. Lo reconozco, me obsesiona. Me obsesiona la arbitrariedad que en cierta manera rige nuestras memorias. Y por eso me esfuerzo tanto por no olvidar aquello que quiero que prevalezca por encima de toda la basura del día a día. Por esa misma razón escribo, para que cuando esos recuerdos dejen de brillar, cuando la intensidad deje paso a una borrosa reminiscencia, tengamos un sitio al que volver. Quiero poder retornar a esas palabras que un día lo fueron todo.

Porque no hay nada más bonito que ser consciente, mientras pasa, de que estás generando un recuerdo que durará años. Es una sensación breve, imposible de atrapar, tan potente como efímera. Es el equivalente a un sueño lúcido que solo puedes recordar si lo repasas mentalmente en el momento que despiertas. Yo a veces no quiero despertar nunca, por eso escribo: para no olvidar. Para recordar los sueños que viví.

El otro día leí esta frase:

“Your best and most exciting days are all ahead of you but there gets to be a point in life where that just stops being true.”

Los famosos puntos de inflexión. ¿Habrá pasado ya el mejor marzo posible? No lo sé, pero sé que sería muy bonito pensar que los “most exciting days” están aún por llegar. ¿Lo intentamos? Yo me atrevo.

Marzo, eres un gran mes, en cualquier año. Espero que los dos demos la talla en 2013.

Let’s make it memorable! Siempre Marzo!

[Relato] Sin recuerdos no somos nada

Mi trabajo era un trabajo peculiar. Yo decidía qué se podía borrar y qué no. Formábamos un grupo reducido de gente elegida tras un largo y tedioso proceso que no vale la pena recordar. Nuestra tarea consistía en procesar cada día las miles de peticiones de gente que quería eliminar datos de su memoria. Peticiones que, tras ser cuidadosamente filtradas, casi siempre requerían de una entrevista con el individuo en cuestión para decidir si su petición era aceptada o no.

En el Congreso de Petroria se decidió que no eliminábamos recuerdos amorosos, había que priorizar aquellos causados por desastres naturales, traumas, delitos o pérdidas de seres queridos. La prensa lo llamó el “Love’s Disdain” y generó mucho revuelo durante los meses posteriores al congreso. Sin embargo, con el tiempo se aceptó. Por todos era sabido que había otras maneras de borrar recuerdos, modos alternativos siempre asequibles para aquellos que quisieran arriesgarse, pero cada vez las medidas de seguridad eran mayores y la posibilidad de borrar tu propia memoria por completo era más alta. En el argot se conocía como “brickearte” y a la gente que le pasaba era fácil reconocerles por sus ansías de generar nuevos recuerdos o por su total desapego por la vida. No existía un término medio. Esa gente había olvidado quién era en realidad. Eran solo fantasmas viviendo un presente en el que no se reconocían.

Mi especialidad era detectar fraudes, estafas y demás delitos menores. La gente había desarrollado una gran creatividad para intentar borrar memorias que de alguna forman fueran incriminatorias y yo tenía un sexto sentido para descubrir esas argucias. Los visionados del jurado eran la única y más eficiente manera de inculpar a alguien en un delito. Estas medidas ayudaron a bajar drásticamente los niveles de delincuencia. La dureza de la condenas hacía que la gente hiciera cualquier cosa antes que delinquir. La razón era simple: las cárceles eran la exaltación de la crueldad. En ellas se te privaba de generar nuevos recuerdos y de los antiguos solo te permitían guardar aquel que te llevó allí. Así que podías pasarte 40 años viviendo una y otra vez la noche en la que decidiste disparar al amante de tu mujer. Eso sí, lo recuerdos eran cuidadosamente seleccionados para que nunca más pudieras verle la cara, ni ninguna parte de su cuerpo, a las personas que de verdad te importaban. Se quedaban con el momento en el que surge la culpa o el arrepentimiento y por muy corto que fuera te dejaban eternamente viviendo en esos segundos de tu vida. Sin opción de escapar. Una y otra vez. Hasta el final de tus días. No se me ocurre condena peor.

La mañana que me saltó su petición era una mañana cualquiera, de esas que te levantas pensando que será un día más pero que sin saber cómo acaba convirtiéndose en el día que tomaste la decisión que cambia tu vida. Cada agente podía programar sus propios filtros además de los que venían por defecto y por eso yo era considerado uno de los mejores. Mis filtros eran capaces de detectar las peticiones falsas con mucho mayor porcentaje que los de mis compañeros. La programación de los filtros era privada y el mayor tesoro de cada agente, por eso nunca nadie supo que la regla que se disparó aquella mañana simplemente tenía su nombre. Si ella quería borrar algo yo sería el primero en saberlo. Y así fue.

Hacia 15 años que no nos habíamos visto y ella ni siquiera sabía que yo era uno los agentes nacionales. Su petición, por simple y sincera, hubiese sido descartada por cualquier otro sistema: “Su recuerdo me impide ser feliz.” Ya nadie usaba el concepto de felicidad, eso era de otra época. Se hablaba del micro-ciclos de felicidad como eufemismo para esos momentos en los que el cerebro por una u otra razón segrega dopamina y endorfinas en grandes cantidades. La ciencia demostró hace tiempo que había muchas maneras artificiales de generar esos momentos y eso significó una nueva manera de entender las relaciones interpersonales. El amor romántico, las parejas estables y demás tradiciones del pasado habían quedado obsoletas. Ahora era mucho más asequible generar micro-ciclos, bastaba con un poco de dinero y cualquier sábado por la noche podría convertirse en un día memorable. La felicidad como concepto se vendía a pequeñas dosis en los supermercados.

Leí su nombre en mi pantalla y me obligué a decirlo en voz alta. Hasta el sonido me parecía extraño, distinto, otro. No pude evitar volver rápidamente a esa estación de tren donde nos vimos por última vez, hacía tiempo que no visitaba ese recuerdo y hasta casi había olvidado los diálogos. Pasé la mañana reviviendo una y otra vez todos esos momentos que tanta disciplina me había costado mantener alejados. Los proyectaba en las paredes y conseguía volver a sentir el corazón desbocado, las manos frías y ese vacío, casi vértigo, que sentí al alejarme de ella en el andén. Entendí entonces que su frase tampoco estaba tan pasada de moda: “Su recuerdo no me deja ser feliz”.

Deshabilité el software predictivo que te avisa cuando vas a cometer un error del que seguro tendrás que arrepentirte. Harto como estaba de soportar todas las alarmas que estaba haciendo saltar. Sabía que empezaba una camino de no retorno pero eso me hizo sentirme más vivo todos los micro-ciclos de los últimos 15 años juntos.

Ella seguía viviendo a demasiados kilómetros de mí, en el mismo barrio de siempre. Quizás eso era lo único que seguía igual. Tardé tan solo 2 horas en llegar y fue una pena que no pudiera ver su cara al aparecer la mía en su display.

Me abrió a los pocos segundos y se limitó a preguntar “¿Quieres un té?” sin tan siquiera mirarme a los ojos.

– Sí, por supuesto – contesté – estos años me han enseñado que el té es de las pocas cosas que ayudan en estas situaciones.

– Espero que te hayan enseñado algo más– dijo sonriendo al fin.

Pasaron horas y hablamos de muchas cosas, con más cortesía que sinceridad; cuando de repente, después de un silencio que duró más de lo que se considera cómodo, ella dijo:

“¿Sabes qué es lo que de verdad duele? No importa el tiempo que pase, ni si quiera eres tú. Los años me ha enseñado a entender que eres uno más. Lo que duele es lo que representas. Duele esa idea tan naive del amor verdadero, irrepetible. Cuando vuelvo a ese recuerdo lo que echo de menos no eres tú, es cómo me hacías sentir. Es esa sensación de vértigo, de ilusión, de búsqueda. Te veo una y otra vez de pie en esa estación y echo de menos llorar como lo hice aquella noche, echo de menos equivocarme. Ahora es todo tan superfluo, tan predecible. Allí parecía que nos jugábamos la vida con cada palabra y al final resultó que la vida que acabamos viviendo no valía tanto como creímos. Sí, he disfrutado de innumerables micro-ciclos de felicidad, me han querido y he querido –o eso creo- y he intentado ser feliz, pero siempre vuelvo a aquella estación, a esa sensación genuina de pensar que tú y yo éramos lo único que importaba. Lo único importante. Eso ya jamás volvió a ocurrir, te llevaste la inocencia contigo y es muy duro poder volver a sentirlo siempre que quieras. No importa lo bueno que sea mi día siempre puedo volver a tu recuerdo para estropearlo. “

Yo quería salir de allí. Huir con ella y empezar por fin todo lo que dejamos a medias, pero la miraba y veía a una extraña, solo sus ojos y esa manera de hablarme me hacían entender que de verdad era ella. Miré la taza del té, que ya estaba vacía, y sentí por un momento que esa bolsa era yo: me habían sacado todo el jugo y no quedaba nada más que unas cuentas hojas secas en una bolsa llena de agujeros. La miré de nuevo y cogí su mano que ya no era la misma que yo recordaba, porque yo tampoco lo era, porque los dos hace tiempo que dejamos de serlo.

–  ¿Estás segura?, ¿lo quieres borrar todo? – le dije escrutando su mirada. Apretando firmemente su mano.

–  Sí, me he cansado de esperar algo que no puede volver a ocurrir- contestó como recitando una letanía mil veces repetida. Y se soltó de mí.

–  De acuerdo. Petición admitida.

Me levanté y salí de su casa. Ya en la calle saludé varias veces sin girarme, deseando que ella me estuviera viendo marchar. Sabía que no nos volveríamos a ver.

Si yo ya no existía ni en su recuerdo: ¿qué era yo?. Volví a casa, cambié las programación de mi reglas y decidí crear un nuevo algoritmo que aceptara todas las peticiones amorosas de manera automática. A la mierda el “Love’s Disdain”. No tardarían en darse cuenta los demás agentes pero -aunque fuera solo durante un tiempo- el mundo tenía derecho a olvidar. Extraje todos los recuerdos en los que aparecía ella y los subí a la red social más de moda es ese momento. El titulo lo decía todo: “¿Esto es lo que querías olvidar?”. En menos de dos horas era una experiencia viral. Pronto le llegaría. Ya no había vuelta atrás. Luego de la manera más torpe posible intenté borrar mi propia memoria. Sabía que acabaría brickeandome y por eso decidí escribir esto, por si algún día intentaba perdonarme. Por si algún día intentaba entender qué fue lo que pasó el día que cambió mi vida.

Me voy. Sin recuerdos no somos nada.

Mis héroes

Todo tenemos héroes, todos tenemos necesidad de creer en algo. Aún no he encontrado una excepción. Unos creen en religiones, otros en ideales y hay hasta quienes se creen superiores por no creer en nada, pero todos necesitamos héroes. Así que hoy he venido aquí a hablar de ellos, de mis héroes.

My-Heroes

Durante muchos años mis héroes cantaban, nunca podré olvidar aquel día que con tan solo 13 años le pregunté a mi padre qué significaba la frase: macabro como un pájaro en un desfile, no recuerdo qué contesto pero sé que entonces las frases de Sabina ya escocían tanto como ahora.

A esa época y a ese primer grupo de héroes hay que añadir Silvios, Ismaeles y demás cantautores. Todo ellos me ayudaron a cruzar las tumultuosas aguas de la adolescencia  y me permitieron llegar a la otra orilla más o menos entero. Y con las ideas muy claras.

Luego hay un hueco de unos 6-8  años en el que no tengo muy claro quiénes fueron mis héroes. Me atreveré a decir que algún jefe que tuve y algunos escritores aquí y allá. Fue una época de cierto letargo o quizá incluso de cierta felicidad encontrada. No sabría decir. Sí que recuerdo con claridad que un día parado en un semáforo volviendo de mi tranquilo empleo una frase de un acabado Carlos Goñi me hizo cambiar de vida, de trabajo y hasta de ciudad. La frase decía “todo aquello que ya sé que no seré” y ahora siete años después conseguí hacer casi todo aquello que creí que jamás llegaría a hacer y no paro de preguntarme…¿y ahora qué?

Corre ya el 2013 y como digo los desafíos que me marqué entonces: viajar, triunfar, conocer, aprender, olvidar…están casi todos ya cumplidos. Repito… ¿y ahora qué? No abriré este melón hoy aquí pero sí que me debe servir para decir que si conseguí cumplir aquellos “sueños” quizás es porque no eran los “sueños” adecuados. Por eso he de volver a mis héroes, a mirar qué ha conseguido la gente que de verdad admiro. Y la gente que hoy admiro no son mi jefe, ni nadie de mi entorno laboral, son gente que me descubrió internet. Son muchos pero me limitaré a resaltar especialmente a tres:

El autor de Diario de un Downshifter porque me marca claramente el camino de lo que no quiero ser aunque cada día me acerque más a ello. Porque hay que tener muchos cojones para hacer lo que él hizo y porque escribe como me gustaría hacerlo a mí. Si puedes intenta leer esto y quedarte igual. Éste, de todos los blogs de internet, es el que más daño hace. No por lo feo que es –que es un rato- sino por lo identificado que me siento en algunas cosas. Duele.

Luego está el grandísimo Rafael Fernandez (Ezcritor) que es un héroe porque nadie escribe como él, porque sus novelas son jodidamente únicas y porque es un ejemplo claro de que perseguir tus sueños no es ninguna utopía. Ahora vive en Asturias (razón aquí), en frente de una playa y junto a la mujer que ama. Pasa los días escribiendo, o intentándolo y, aunque tiene más altibajos que una mujer en días de regla, es un maravilloso loco entrañable, simpático y con hechuras de genio. Por eso es, sin lugar a dudas, uno de mis héroes: un superman moderno con los calzoncillos por dentro. Por cierto, si puedes cómprale un libro, yo recomiendo empezar con “Un bebe”.

Por último un tremendamente admirado Hernán Casciari, éste es también un buen loco. Alguien que un día se sienta con su amigo de toda la vida e imagina un proyecto tan inverosímil como posible (Orsai) y lo hace realidad. Alguien que escribe cosas como ésta. Alguien así se merece entrar a hombros al particular Olimpo de mis héroes. Su revista me hace siempre reír y llorar, pocas cosas lo hacen. Así que  haga lo que haga Hernán yo apuesto por él. Hasta el final. 🙂

Hay más, como un desparecido Eddi Vansie  que me ganó solo con el título de su blog. Un reconvertido Javier Malonda que no tengo muy claro dónde tiene el norte ahora pero que también fue y es un héroe, pese a que no comparta su actual visión, ni acabe de comprender qué le ve al PNL. Y no se me puede olvidar al enorme Matt Harding que dejó de programar un día para irse a dar la vuelta al mundo. Seguro que hay muchos más que tienen los suficientes huevos para vivir la vida que quieren pero éstos son los que yo sigo. Estos cabrones cada vez que escriben algo, por poco que sea, consiguen darme una bofetada de realidad de la que siempre tardo un par de días en recuperarme.

¿Y cómo le cuento esto a la gente con la que tomo café? ¿Cómo saco este tema de conversación entre cervezas un viernes por la tarde después de la oficina? No puedo. No funciona así.

Por eso vengo aquí, a seguirles a escondidas, a “stalkearles” en la distancia, por si acaso un día acumulo el valor (o las razones) suficientes como para seguir sus pasos.

Mientras seguiré leyendo, escribiendo y autoconvenciéndome de que otro futuro es posible. Porque todos necesitamos creer, todos necesitamos héroes y éstos son los míos.

Loco, loco, loco…

Me preguntas cómo me volví loco. Ocurrió así:

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que se habían robado todas mis máscaras, las siete máscaras que había modelado y usado en siete vidas.

Huí sin máscara por las atestadas calles gritando: “¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!”.

Hombres y mujeres se reían de mí, y algunos, corrieron a sus casas temerosos de mí.

Y cuando llegué a la plaza del mercado, un muchacho de pie sobre el techo de una casa, gritó: “¡Es un loco!”.

Alcé la vista para mirarlo y por primera vez el sol besó mi rostro desnudo, y mi alma se inflamó de amor por el sol y ya no deseé más máscaras. Como en éxtasis grité: “¡Benditos, benditos sean los ladrones que me han robado mis máscaras!”.

Así fue cómo me volví loco.

Y he hallado la libertad y salvación en mi locura; la libertad de estar solo y a salvo de ser comprendido, porque aquellos que nos comprenden esclavizan algo nuestro.

(“El Loco” Gibran Khalil Gibran)

“Antes iba deprisa, perdoname si voy depacio”

Pasa el tiempo y seguimos sin hablar, la bilis amarga de los primero días deja paso a un vacío al que empiezo a acostumbrarme. Ya solo me sonrojo en los semáforos cuando recuerdo las tonterías que te dije o lo torpes que fuimos con los mil primeros besos.Creía que teníamos todo el tiempo del mundo para conocernos y no pude estar más equivocado.

No corrí por tus caderas ni tuve prisa en encontrar la combinación secreta de tu deseo. He de reconocer que hasta me gustaba equivocarme contigo, creer -por un momento- que teníamos que volver a aprenderlo todo. Como si tú fueras la primera chica y yo para ti el primer caballero.

Al final perdí la cuenta de las noches que estuvimos juntos y solo sé que nos quedó faltando una, que no sería la última sino más bien la primera. Esa todavía nos la debemos.  Y es que hoy me desperté con el antojo de un cuerpo que ya casi ni recuerdo.  Echando de menos algo que nunca tuve. Desnudarte en mis sueños es más fácil que en aquella habitación donde empezamos a perdernos.  Pero si volvieras esta noche no me quedaría más opción que correr y saciar mis ganas de ti por si no hay próxima vez, por si el olvido le gana la guerra al deseo. Por si la razón vuelve a venir a jodernos el porvenir.

Y es que hoy intenté acostarme con tu recuerdo y hasta él me rechazó.

¡Qué puta es la memoria!

Tres anécdotas sin importancia

Anoche mientras cenaba recibí un mensaje de alguien que hace 3 años que no veo y que seguramente nunca más vuelva a ver. Lo leí hasta memorizarlo y después lo borré. Antes de darle al “delete” quise comprobar que efectivamente era ella y miré el número del remitente. Me di cuenta de que es el único número móvil que me sé de memoria, el suyo y el mío. No me sé más. Me sentí derrotado por el tiempo. Cansado de luchar.

Anoche mientras dormía tuve un sueño vívido donde afanosamente colocaba una mesa camilla en la puerta de entrada de mi casa intentando bloquearla. Puerta que de repente alguien empuja con suma violencia desde fuera, pues me la había dejado abierta. Me desperté con la adrenalina por las nubes y fui a tientas hasta la dichosa puerta. Estaba ligeramente abierta. Cerré con cuidado, despacio y sin querer encender la luz. Me sentí muy solo. Mucho.

Ayer mientras volvía a casa me paré en un puesto callejero para comprarme un gorro, ha llegado un temporal y hacía -3º ahí fuera. Me puse el gorro tras pagarlo y al dar unos cuantos pasos me di cuenta de que llevaba una molesta etiqueta dentro. Volví al puesto y le pedí al dependiente que la quitara, salió el jefe que durante todo el proceso se había mantenido callado en su caliente resguardo y mientras cortaba la etiqueta me dijo: “Es usted un hombre con suerte, el gorro vale el doble, pero se equivocó el zoquete aquel al darle el precio”. Me limité a sonreír, despacio, ampliamente, mientras le decía: “Lo sé, siempre he sido un chico con suerte”.  Me sentí dichoso y pensé que nada podría joderme lo que se preveía como una gran noche. Me equivoqué.

Enero

Enero es un mes puto -perdón por la expresión- porque lo empiezas siempre lleno de ilusiones y cuando llega el día 31 te das cuenta de que ya queda menos para navidades y los propósitos ahí siguen, mirándote como queriendo decir algo, con cara de pena. Es un mes largo, demasiado largo, donde te pasas dos semanas intentado recuperarte de vacaciones y otras dos deseando que se acabe. Enero es puto, qué le vamos a hacer.
January
Aunque no todo es malo, a mí este enero me enseñó mucho así que le estoy agradecido. Sobre todo ahora que es febrero por fin. Febrero creo que es mujer y es caprichosa. Febrero es corto porque lo bueno siempre es intenso y lo largo cansa. Es la chica de la que uno se podría enamorar 5 o 6 veces y como buena mujer es cambiante e imprevisible con sus días. De hecho hay veces que hasta se va sin avisar.

Febrero te lo confieso: me paso 11 meses echándote de menos y cuando llegas te vas tan rápido que nunca llegamos a conocernos bien.

No obstante tengo que decirte que este 2013 te siento diferente, distante, casi Marzo. Otros años nos reíamos y te importaba un carajo lo que pensaran Abril y Mayo, tan gruñones como melancólicos. Este año ya no me preguntas qué me gusta de ti, ya no flirteas – y lo que es peor- ya no me haces reír. Este febrero es frío y un poco calculador y  se olvidó de la sonrisa esa que le quedaba tan bien. Es un febrero gris, casi un mes cualquiera.

¿Sabes Febrero? Te lo hubiera perdonado todo, excepto que me pidieras ser tu amigo.

Pero yo había venido a hablar de Enero, porque ya se fue, porque ya es pasado y porque es puto, como todos bien sabemos. Muy puto. Así que Enero, déjame decirte que aprendí mucho de ti este año pero espero no volver a verte hasta el año que viene.

Y me despido con un beso de estación para el único mes que me hacía soñar, aunque ya no nos entendamos

Mua

¿Por qué leo poesia?

Cuando leo poesía busco ese puño que noquea,
boxeo de salón, sin sparring y con sabor a perdedor.

Me imagino al poeta frente a mí sentado,
viéndome recorrer ansioso sus estrofas,
él sabe lo que busco pero no sabe si lo encontraré.

Encara hacía mí su revólver cargado de versos,
rueda el tambor con cada párrafo y vuelve a apuntar.
Emociones en forma de ruleta rusa que unas veces mata y otras no.

—Ponte un trago amigo y respira o te ahogaras.
—No hay tiempo para cumplidos —le espeto y prosigo—,
hemos venido aquí con un trato,
tú quieres probar tu poema y yo necesito recordar.

Y de repente de bruces aparecen:
Abrazo,
caer,
tú,
yo,
contigo

¡BANG!

Se dispara el revólver, se reabre la herida.
La memoria sangra de nuevo, como la última vez que te vi.

—Funciona —sonríe el poeta. Se levanta, deja el arma,
que quizás era una pluma, y se marcha sin mirar atrás.

“Agujero limpio de entrada salida”, dirá días después el forense.
“Corazón adulto atravesado por un certero disparo”, apuntará.

De vuelta a la habitación, humea el cañón, gotea la tinta.
Trágico final para un poema pero no tanto para mí.
Necesitaba sentirme vivo de nuevo, a eso he venido.
Gracias poeta, gracias olvido, todos sabíamos que no habría próxima vez.

Diciembre (Le hablas a un teatro vacío)

En Diciembre no escribí, estaba ocupando viviendo cosas que antes soñé, pero ahora ya es Enero y parece que al final Noviembre no vino para quedarse. Volvemos a empezar.

Pon muy alta esa canción que acabas de descubrir, relee ese poema que creías olvidado y pregúntate una vez más si somos dueños de nuestro tiempo para luego perderte por las frías calles de tu ciudad en este enero cualquiera. El que trajo 2013.

Photo 19-11-12 08 40 03 Si para algo sirvieron estos dos meses fue para aprender que solo vale hacer las cosas al 100%, que la tibieza también quema y el pasado a veces lastra mucho más de lo que creemos. “Vivimos en picado” dijo ella que siempre tenía la palabra perfecta, “atrévete a arriesgarte” dije yo, asustado pero convencido de que a nuestra partida le quedaban muy pocas manos.

En un tren desde Sants bajé a las ramblas de mi memoria para encontrarme con los despojos de toda una vida de decisiones tomadas, vagué y vagué por los caminos que a ningún sitio llevan para acabar recordando que cuando crees no tener nada los principios son lo único que pueden salvarte. Una personalidad esculpida durante años que es capaz de resumirse en tan solo tres palabras (siempre tres): Vive como piensas. Sé coherente hasta las últimas consecuencias. SIEMPRE. Actualmente ese es el único plan a seguir.

A ella que no ya está, que se aleja, me gusta recordarla entre vinos, con esa dulce  mirada de niña que saca la lengua cuando pronuncia “nada”, me volvía loco verla cerrar los ojos cada vez que decía “no sé” y me hacía sonreír cuando acompañaba la palabra “maquillaje” con ese gracioso gesto de restregar los puños sobre sus preciosos grandes y negros ojos. Pequeños detalles en una relación tan corta y tan perfecta que ya nunca se podrá mejorar. Nos faltó tiempo y no nos sobró absolutamente nada.

Ya ves, gané una musa y una cicatriz. Dos cosas sin las que es imposible sentirse vivo.

Que conste que este blog nunca quiso ser personal, empecé esta nueva etapa con el firme propósito de no convertir esto en un triste diario de confesiones y ahora me pregunto qué tontería es esa. No hay nada más personal que escribir un viernes noche. Exactamente por eso estoy hoy aquí, para hacerlo personal, para que siempre pueda recordar lo inmensamente feliz que fui los dos últimos meses de 2012.

Así que allá voy, sin filtros una vez más, esperando que con el tiempo los kilómetros que nos separan duelan menos que las sombras que hoy me acechan.

Y para acabar nada mejor que el poema del grandísimo Benjamín Prado que redescubrí esta semana, la canción me la guardo para la próxima lista…

Espera, no puedo acabar sin escribir la frase que para mí mejor lo resume todo, la frase es suya obviamente: “Hoy todavía te quiero más de lo que necesito, y menos de lo que puedo.”

¡¡BOOOOM!

Fue un placer estrellarme contigo.

XI

Este poema
es para que lo leas cuando no esté a tu lado,
cuando no pueda ya cuidar de ti.

No te conformes nunca con alguien que no piense
que tú eres una llama más antigua que el fuego,
que tú eres su razón para vivir.

Aprende a no querer a los que no te quieran
y elige bien a qué le tendrás miedo:
no habrá sombra que oculte lo que tú temas ver.

Escapa del que piense
que el aire es la pared de lo invisible
y huye de aquel que crea
que es más feliz quien menos necesita,
porque ése no podría necesitarte a ti.

No te rindas, no olvides jamás que la tristeza
sólo es la burocracia del dolor.
Y si sientes que el mundo se derrumba,
no intentes abrazarte
a otro que esté cayendo a la vez que caes tú,
como yo hice contigo.

Algún día
tendrás que despertarte para salvar tus sueños.
Algún día sabrás que en las promesas
hay siempre un cristal roto
en el que aúlla el viento frío de la mentira.

Recuerda todo eso.

No escondas lo que sientes por miedo a ser frágil,
como aquellos
que por guardar tan bien lo que más les importa,
lo pierden para siempre.

Recuerda que no hay nada que no pueda
ocurrir cualquier día.
No olvides que esta obra ha terminado.
No olvides que le hablas a un teatro vacío.

Benjamín Prado

 

 

Nadie raciona mi tristeza

Nadie raciona mi tristeza, ni decide cuánto he de sufrir.
Por eso he venido a decirte que no quiero explicaciones.
Mis recuerdos no admiten perdones ni culpas. Ahórratelos.

La lastima es un sentimiento que aborrezco, prefiero tu silencio.
Y si antes de despedirte propones una última noche en vela,
recuerda que a menudo es fácil confundir amor con pena,
y compasión con ganas de follar.

Sé coherente, no cedas.
Arriésgate, no temas.
Olvídame, si es que puedes.

Emborrachate

Hay que estar siempre borracho. De eso se trata todo: es la única cuestión. Para no sentir la horrible carga del Tiempo que vence tus espaldas y te inclina hacia la tierra, hay que emborracharse sin tregua.

Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la sombría soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj, os contestarán: “¡Es hora de emborracharse! Para dejar de ser esclavo martirizado por el Tiempo, emborrachate, ¡emborrachate sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, a tu gusto.”

Charles Baudelaire, 1864 [incluido en Pequeños poemas en prosa]

Noviembre

1

Ella tiene 30 años y desde hace dos dice estar enamorada de una mujer. Dice muchas tonterías pero seguramente esa es la única verdad. Ahora dice que la vida es una mierda y que ese trabajo acabará con ella. Se lo dice a su pareja y luego le pide perdón mientras llora, llora y llora. Porque cuando uno está así lo único que puede hacer es entregarse a la lágrimas, que ni curan ni consuelan, pero  son mejores que los gritos o por lo menos más llevaderos.

La novia no puede más, no sabe qué hacer y se siente acobardada. “Es sólo trabajo” murmura como una letanía mientras comen calladas en la cocina. Sin mirarse, una queriendo no estar ahí ni en ninguna parte, la otra deseando ayudar a quién no quiere dejar ayudarse.

Puto dinero, puta sociedad o puta rutina que nos confunde los valores y que hacen que lo único importante pase a ser lo más irrelevante. Dicen que es estrés, complejos enquistados durante o años o simplemente conflictos interiores que no tienen solución. Menuda mierda más contumaz. ¿Cómo hacerle entender que ella es la única dueña de sus emociones?

Habla de rabia, de ira. Habla de no dejarles ganar y no se da cuenta que ella es la portadora del virus de su propio contagio. Dice que no aguanta más y sin embargo no cambia nada. Pretende resistir una presión que ella misma se genera.

Abandona. Deshazte de lo que te hace daño. Ese sería mi consejo pero tampoco a mí quiere escucharme.

2

Él recién cumplió 34 y dice que es víctima de un maltrato psicológico sin precedentes. Pasó diez años viviendo una mentira cómoda, pero mentira, con aquella chica que conoció a los 23 y que abandonó a los 33. La dejó por otra, como hacen todos. Seis meses atrás se enamoró por primera vez y esto ha dejado su vida patas arriba. Dice que conoció a la chica equivocada, que ella es lo opuesto a él y que nadie le ha hecho tanto daño nunca. Dice su nombre 30 veces por hora y no escucha a nadie porque está obsesionado con su dolor. Él es un buen tipo, siempre lo fue, cansado de oír la frase “buen profesional y mejor persona” quiere transgredir las reglas y tiene mono de adrenalina por tantos años de felicidad moderada. Asequible sí, pero moderada. La chica que le cazó –no tiene otro nombre- le ha dejado con la autoestima en números rojos, a él que lo fue todo, a él que nunca tuvo que preocuparse por nada.

Yo detrás veo insatisfacción por tantos años de tibieces. Estos seis meses le sacaron del letargo ¿con que “yo” se quedara ahora?

Vive tu vida como tú quieras. Haz de lo más importante lo único que importe. Ese sería mi consejo pero como no deja de hablar es imposible que me escuche.

3

Por todo esto, y porque este noviembre será un mes que tardaré mucho en olvidar, llevo días pensando en aquel libro de Daniel Múgica que tanto me marcó a mis 20 años: Uno se vuelve loco.

Porque es así, uno se vuelve loco de repente, con razón o sin ella, y ya nada puede hacerle volver atrás.

Yo me creo dueño de mis sensaciones, ilusamente creo controlar mi destino y hasta me atrevo a dar consejos tanto a quien me los pide como a quien no. Sin embargo, cuando alguien grita socorro y soy incapaz de ayudarle todo se derrumba y soy consciente de lo frágil que es el entramado que nos sostiene. A estas personas les diría que lo mandaran todo al garete, que se despojaran de todo  para volver a empezar con solo lo necesario, que –de verdad- hace falta muy poco para ser feliz. Quizá solo proponérselo seriamente.

Imagínate una pequeña tienda de vinos en Turín con vistas al Po, una minúscula mesita de café amarilla siempre con un té por las mañanas. Imagínate recoger los folios que dejaste anoche a medias porque la pasión venció a la inspiración. La extraña sensación de conocernos de toda la vida y la genuina alegría que da verte cocinar el risotto dos veces por semana. Imagínate que todo eso funciona, ¿qué importa pues el dinero? ¿el pasado o el después? Too nice to be true.

Y perdón por la perogrullada pero al final la felicidad no te la da el dinero, ni la pareja, mucho menos el trabajo. Si hay algo parecido a la felicidad es la satisfacción de hacer lo que quieres hacer cuando quieres hacerlo. Eso sí, siempre aderezado con pasión, elemento imprescindible en cualquier fórmula de éxito.

A ella y a él, a riesgo de volver a sonar presuntuoso –una vez más- les pediría que abrieran al azar el famoso libro de Richard Bach, Ilusiones, con suerte se encontrarán de bruces con el principio del capítulo 14

Todos los seres,

todos los acontecimientos

de tu vida, están ahí

porque tú los has convocado.

De ti depende

lo que resuelvas hacer

con ellos.

 Y con estas ínfulas de mesías no me puedo despedir sin preguntar:

Noviembre …¿has venido para quedarte?