Mayo o la pequeña victoria

A veces pienso que una pequeña victoria sería sacarte una sonrisa con cualquiera de estas cartas, aunque no te vea, aunque nunca sepa si algún día las llegarás a leer. También lo hubiera sido olvidarme de ti un día como hoy.

Una pequeña victoria era, hace muchos años, saber que me leías. Era una pequeña victoria cualquiera de tus gestos, porque teníamos todo el tiempo del mundo y ninguna prisa, ni ningún miedo. Viajábamos sin equipaje, nos conformábamos con poco, nos dejábamos llevar. Cada día ganado al olvido era una pequeña victoria.

Un pequeña victoria ahora es dejar de destrozarme los dedos con esa manía tan molesta de tocarme los padrastros mientras leo, escribo o dejo pasar el tiempo. Sería toda una pequeña victoria mirarme al espejo y que me gustara lo que veo, presentarme por fin como lo que quiero ser, no como esta versión descolorida de uno mismo a la que me he acabado por acostumbrar. Conocí a un chico el otro día que dijo que nunca hay que desaprovechar esos cinco segundos de incertidumbre de los que disponemos cada vez que conocemos a alguien. Él es gallego pero siempre se presenta diciendo que nació en el Tibet y que se dedica a la quiromancia mientras te coge la mano con cariño e intención de leerla, te desarma nada más conocerle y cuando estás aturdido intentando ensamblar cómo encaja esa historia ante la persona que tienes delante, entonces –a bocajarro– te dice que no, que él es escritor y que le encanta imaginar historias y contarlas, que le perdones que solo te quería hacer reír. Ni han pasado 10 segundos y ya tiene todo tu interés y gran parte de tu simpatía. Este tío es un crack. Yo últimamente me presento con la boca pequeña, sin mirar a los ojos y pensando que ya tendré tiempo para causar buena impresión. Error. Una y otra vez: error. Error, desde hace más de cinco años.

La primera vez que estuve en Madrid una noche de fiesta fue en 2004, recuerdo ir  en el metro y mirar a la gente y decirle entusiasmado a mi amigo: “en este ciudad hace falta montarte un personaje”. Me imaginaba paseando por las terrazas de la Latina, llevando un sombrero blanco con tira negra, un libreta bajo el brazo y, como si de un Hemingway cualquiera se tratara, ir a los toros o al vermut a pasear mi nueva adquirida personalidad. Cuatro años después viví en Madrid por dos años, mirando atrás creo que más que personaje fui caricatura.

Una pequeña victoria sería decidir qué quiero ser de mayor antes de cumplir los cuarenta –por cierto, felicidades–, sería también, quizás, dejar de mirar al pasado con esta carga de melancolía. Todos los mayos me dan ganas de quemar mi armario, comprar toda la ropa nueva para este verano e ir a buscarme en chanclas al otro lado del mundo, a ver si estás por ahí.  Una pequeña victoria sería escribir un folio al día el resto de mi vida, sería desear algo lo suficiente como para que perseguirlo valiera la pena. Una pequeña victoria ha sido despersonalizarte cuando escribo. Una victoria imposible sería aprender algún día a usar bien los diálogos.

Ayer vi una película en pijama tras desayunarme una cerveza, quería pasar el rato sin hacer nada y acabé maldiciendo esta losa de conformismo que anquilosa mis sentidos. En la película el padre es escritor de éxito y a su hijo de 19 años le da el siguiente consejo:

–You know Flannery O’Connor?
–I know Flannery O’Connor.
–She said nothing needed to happen in a writer’s life after they were 20. By then, they had experienced more than enough to last their creative life. So?
–So what’s your point?
–My point is… Sit down for a second, please. Rusty…I don’t think you’re experiencing enough. Rusty, a writer is the sum of their experiences. Go get some. It will be fun.

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“Go get some”. A veces pienso que no puedo escribir más ni mejor porque me falta justo eso, experiencias. Las que tengo están gastadas y las que me tienen que pasar no acaban de cruzar la frontera de la imaginación. Una imaginación que parece no ser suficiente para cerrar la trama de una novela, una imaginación que por ahora solo me ha servido para complicar las frases hasta sentir que me desprendo de un trocito de mí. Hasta dejar por escrito lo que quiera que sea que punza donde solo duelen las ideas.

Rusty tiene una hermana, dos años mayor que él, que está a punto de publicar un libro y que, desde el tejado de su casa, se permite darle un consejo tras preguntarle si hay alguien en su vida.

–Got your eye on any girls this year?
–Yeah, there’s this girl…Kate, in my English class. Every time I see her I hear that song, the Beatles’ song, “I’ve Just Seen a Face,” playing in my head.
–God, you are so pathetic.
–At least I know I’m pathetic.
–Let me give you some advice.
–I can’t wait to hear your advice.
–It’s so friggin’ awesome. There are two kinds of people in this world. Hopeless romantics and realists. Right. A realist just sees that face and packs it in with every other pretty girl they’ve ever seen before. The hopeless romantic becomes convinced that God put them on Earth to be with that one person. But there is no God, and life is only as meaningful as you fool yourself into thinking it is. Guys who get laid a lot are realists. You should be listening. Just avoid love at all costs. That’s my motto.

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– You never been in love?
–If love is setting a place at the table for someone who is never coming home, I think I’ll pass.
–That’s fucking depressing, Sam.

 

 

Una pequeña victoria sería ver esa película y no sentirme viejo, ni pensar en ti. Toda una victoria sería no haber llegado al triste punto de añadir “cheesy-tumblr-gifs” a este blog perdido y sin sentido…¡despierta!, pero sin duda la mayor de todas las victorias sería encerrarme cuatro días seguidos y volverme loco y no hacer nada más que volcar en estos folios toda estas historias que me rondan la cabeza con personajes que no dejan nunca de hablarme, ni de perseguirme, ni de pedirme por favor que me decida a hacerlos realidad. Sería friggin awesome, como dice Sam, tener aunque fuera el primer párrafo de esa que alguna vez será mi historia. De ese libro que llevo postergando por miedo a no saber cómo acaba. Qué gran victoria sería desear algo lo suficiente. Dejar de poner excusas, dejar de hacerlo todo hasta que ocurra aquello que tanto deseas. Sacrificar el sueño, las mentiras y esas ganas inútiles de salir a buscarte una y otra vez.

A veces pienso que a lo mejor tampoco hay que mirar tan lejos: bastaría un polvo, un maratón, una novia o quizás un nuevo trabajo para satisfacer esa necesidad insoportable de pequeñas victorias. Esas veces me parece estar mintiéndome un poco.

La próxima vez que me presenten a alguien interesante le diré que estoy escribiendo una novela, que nací para escribirla y que todo lo que ha pasado hasta ahora tiene sentido viéndolo ahora en perspectiva, le diré además que vengo del futuro y que no se preocupe que allí somos todos felices, especialmente ella –sonrisa pícara, silencio perfectamente medido–… y yo.

Mayo, como verás no cumplo mis promesas y siempre hay más mayos por mucho que te maldijera la última vez.

Mayo, perdona…¿y si nos damos una tregua? ¿Y si ha llegado por fin la hora?

Te pido poco, tan solo…una pequeña victoria.

 

“A professional writer is an amateur who didn’t quit.”

Richard Bach

Vuelo a ninguna parte

Ella leía un libro de poemas de Gioconda Belli, yo he de reconocer que hasta que no vi la portada del libro ni me había fijado en quién se había sentado a mi lado. Compartíamos el escueto espacio del reposabrazos de un avión. Yo, con destino a ninguna parte; ella –como decía la poetisa– con el rumbo exactamente opuesto.

Vi la portada y me cambió la cara, como el que reconoce a un buen amigo en la multitud y se alegra aunque le haga sentir terriblemente viejo. Ese libro es un libro especial, ahora mismo podría recitarle ese poema que escuché por primera vez en un programa de radio que ya no existe y que locutaba alguien a quien hace tiempo perdí la pista, un tal Guillermo Álvarez. Su programa se llamaba el “Sol de medianoche” y se despedía siempre con una frase que sintetiza toda una época: “Que la lluvia de la felicidad te coja sin paraguas”. Guillermo leía los textos añadiendo y quitando frases a su antojo e intercalando poemas con maravillosas canciones que yo entonces solo empezaba a descubrir. El programa se emitía demasiado tarde, de madrugada, aun así yo lo grababa religiosamente en cintas TDK de 90 minutos que luego escuchaba una y otra vez en mi walkman. Como otras tantas cosas, esas cintas se perdieron para siempre, pero ese poema aún lo puedo recitar de memoria.

De vuelta al avión, yo acababa de empezarme “La Tregua” de Benedetti. De Mario hay que leerlo todo y varias veces. Hasta que cale. Este libro es un ejemplo, habla sobre todo de la jubilación, de la amargura y el tiempo, de cómo postergamos las cosas, no solo lo que no hacemos sino a veces también lo que queremos ser. Es un libro tan dulce como amargo pero que ayuda a reflexionar, justo lo que necesito en esta nueva época de zozobra.

Intentaba leer mientras miraba de reojo a mi recién descubierta compañera de fila. Delante dormía una chica ocupando los tres sitios que van desde la ventanilla al pasillo, se había tumbado en posición fetal y yo la observaba de extranjis por el estrecho espacio que dejan los asientos. De espaldas era tan pelirroja, tan piel clara y tan pecas que sin que abriera los ojos ya sabía que eran verdes. A mi otro lado se sentaba una chica de facciones eslavas, muy seria, con porte afligido a excepción de una cómica nariz respingona que invitaba a sonreír. Un fular amarrillo arropaba su belleza, corpulenta y contundente, intentando paliar, sin éxito, ese frio perenne que hace en los aviones.

Un chico algo guapo, muy rubio y con una camiseta apretada azul celeste se levanta en ese mismo instante. Su irrupción en la escena hace que me acuerde de la serie esa que vi el otro día tumbado en la cama desecha de un hotel cualquiera. Esa serie en la que una chica se enamora de un bombero de esos de cuerpo perfecto que, curiosamente, es doctor en filosofía, lo cual al guionista le debió parecer una estupenda excusa para citar a Kant y Kierkegaard mientras se fuman el cigarrito post polvo. “Seize the moment”, le decía pensativo el maromo antes de ofrecerle caladitas de un bong. Ella, que lleva seis meses en rehabilitación, se enfada, se viste y desaparece hasta el próximo capítulo. Extrañamente esa imagen de ella vistiéndose me hace pensar en la casi imperceptible cicatriz que tiene la protagonista en el labio superior. Cicatriz que tiene igual un compañero de trabajo que después de más de cinco años juntos solo le detecté el otro día. Justo cuando mi jefe, con ganas de llamarme mil cosas peores, me dijo que yo era un aristócrata, que no me gustaba mancharme las manos con las cosas mundanas y que así jamás sería un buen vendedor. Porque se supone que mi trabajo consiste en vender aunque a mí ya no me guste y ellos ya no compren. Vender es como intentar follar en la primera cita, hay que tener demasiado morro y saber convertir los noes en “me lo pienso en tu casa”. Y sin querer, de cicatrices imperceptibles y series absurdas, paso a pensar en mi amigo ese el italiano y en como siempre he admirado su forma de vender con éxito esa mercancía que no es otra que uno mismo. 38 años y soltero por vocación, todo un caso digno de estudio y no por poco común sino por lo que ejemplifica. Porque solo hay dos clases de solteros: los que lo son porque les gusta y los que no les queda más remedio que serlo. Y a mí a veces se me olvida cuál elegí. Me acuerdo entonces de las mujeres de mis amigos que halagan a menudo esa manera tan absurda de hacerlas reír. Esa manera tan superficial de agradar. Luego, indefectiblemente, siempre la misma pregunta: ¿No entiendo porque no sientas ya la cabeza? Lo que yo no entiendo es como alguien puede eyacular a 8 pies de distancia, eso –exactamente eso– es lo que me devuelve mi cabeza cuando ellas me preguntan. Y no es porque ayer viera una charla del TED sobre 10 cosas que no sabemos del orgasmo. ¡No! Es porque algún cable pelado en mi cabeza conecta la masturbación con la displicencia ¿o era con la compasión? Da igual, no importa, creo que he perdido el hilo.

Todo esto me pasa en el avión porque he visto que una chica estaba leyendo a Gioconda Belli y se ha disparado esta espiral de ideas absurdas que no puedo controlar.

Así que llevo casi diez minutos absorto, mirando la portada del libro. Ella –sin saber ya qué hacer– me mira, sonríe y susurra: si vas a decirme algo dímelo ya.

Y entonces me decido:

No te entiendo y quisiera odiarte
y quisiera no sentir como ahora
el calor de las lágrimas en mis ojos
por tanto rato ganado al vacío,

y te lloro con ganas de odiar
todo lo que alguna vez me hiciste sentir

Y sé que mi sed sólo se sacia con tu agua
y que nadie podrá darme de beber
ni amor, ni sexo, ni rama florida
sin que yo le odie por querer parecerse a ti
y no quiero saber nada de otras voces
aunque me duela querer ternura entre dos
porque sólo tú tienes el cifrado secreto
de la clave de mis palabras
y sólo tú pareces tener
el sol, la luna, el universo de mis alegrías
y por eso quisiera odiarte como no lo logro,
como sé que no lo haré