Dos historias y ningún final (Bye Bye London)

Frédéric perdió a su madre el día que nació, su padre trabajaba limpiando los baños de la estación de Kings Cross que conecta Paris y Londres. Su padre era un buen hombre con dos grandes pasiones: la música y el whisky. Tuvo las manos más rápidas de su generación. Frédéric, de padre francés, madre cubana y criado en un pueblo al este de Leicester una vez estuvo en Lyon y se rieron cuando dijo croissant.

Frédéric ahora trabaja en el Starbucks de Kings Cross (cosas de familia), va todas las mañana en bici y en cuanto el manager se despista pone La Mer en el hilo musical. Hay un chico alto de traje siempre mal planchado que suele llevar una corbata marrón fina y mueve la cabeza al son de la música en cuanto suena. Frédéric, por como mueve la boca mientras acompasa los hombros con la música, sospecha que el hombre de la corbata marrón tampoco sabe francés.

Le pagan 6£ la hora, tampoco necesita más, durante la semana se dedica a trabajar, luego toma unas pintas en el pub y vuelve a su casa. Comparte piso con Dylan y Santiago. Santiago es de Compostela, de dónde sino, Dylan de Cork. No se ven mucho pero a veces Santiago le guarda cena. A Dylan lo ha visto una sola vez este mes. Cuando no tiene nada que hacer, que es muchas veces, recupera una lista de libros que su padre le dijo que tenia que leer. Lleva 6 meses atascado con Moby Dick y ahí sigue el Capitan Ahab buscando su maldita ballena. Se ha prometido no abandonar ningún libro para no desobedecer a su difunto padre. El siguiente es la Hoguera de las Vanidades y por momentos está tentado de ver la película.

Frédéric tuvo un novio cuando tenia 18 años. Se llamaba Andy y era profesor en una academia de francés. Andy le enseñó a no tener miedo y a gritar mordiéndose los labios. También le enseñó a echar de menos la juventud y decir “Il veut péter plus haut que son cul” sin casi reírse. De Andy solo queda una A tatuada entre el corazón y el anular, donde van los anillos.

El dinero del Starbucks no da para mucho pero Frédéric vive bien, no tiene más aspiración que dejar pasar el tiempo y ahorrar de vez en cuando los 57£ que le cuesta coger el tren directo a Paris desde St. Pancras. No lo hace tanto como quisiera pero a veces coge ese tren muy temprano, mejor si llueve, y al volver se sienta con un libro comprado en Brentanos junto a la salida de Eurostar. En esa salida hay un piano que dice “tócame, soy tuyo”, hay días en los que pasan horas y nadie se sienta a tocar pero él se divierte mirando a la gente salir e imaginando quién será capaz de hacerlo sonar. De repente la persona que él menos se espera se sienta el piano y le hace sentir el hombre más pequeño del mundo. Y el más feliz.

Hoy mientras un chico joven con una mochila destartalada tocaba una canción que él no conseguía reconocer se sintió solo como nunca se ha sentido. La música que sonaba era la canción más bonita que había escuchado jamás; por primera vez no pudo evitarlo y dejó caer unas lágrimas sin ni siquiera llevarse las manos a la cara. Al acabarse la canción se giró sintiéndose observado. A su lado había una chica de pelo largo y rizado que le había pasado desapercibida, era mayor que él, con una mirada curiosa, extrañamente familiar. Ella se le acercó muy despacio y le dijo: “¿y tú? ¿a quién echas de menos?”

Frédéric, se encogió de hombros y con su mejor acento posible dijo: “J’e miss le mar. Le mar”.

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Serge trabajó por mucho tiempo para una empresa contable hasta que un día en la fiesta de despedida del vicepresidente todos decidieron escribirle una postal. Serge escribió con su mejor letra “Ha sido un verdadero placer trabajar contigo”. Cuando le entregaron el tarjetón de despedida, Shan, que así se llamaba el vicepresidente, alzó muy sorprendido la mirada y dijo, señalando su dedicatoria: “¿Quién ha escrito esto?”. Serge miró al suelo pero no pudo evitar que varias personas le delataran. Cinco años después se preguntaba cómo había ido a parar a trabajar a una empresa que se dedicaba a transcribir textos enviados desde una aplicación del móvil para luego enviarlos por correo postal a tus seres queridos, amantes o contactos del Tinder. Serge había desarrollado 12 tipos de letra distintos, 9 de ellos de mujer, y era reconocido por lo tecnografólogos por ser uno de los más constantes en su escritura. Serge había pedido trabajar tan solo 4 días de la semana cobrando un 80% del sueldo. Con un horario casi ininterrumpido de 8 a 4:15. El resto del tiempo no tenia nada que hacer, pero desde los últimos años una obsesión se había apoderado de su cabeza, por la mañanas se despertaba siempre pensando en un color. Lo más habituales eran verde o amarillo. Durante las 8 horas de esmerada caligrafía no podía dejar de pensar en el color que le había despertado. Lo imaginaba, lo proyectaba, recorría en orden cromático todas sus tonalidades e incluso imaginaba el olor de las cosas de ese color. Al salir por la puerta del edificio más alto del Strand la idea se convertía en obsesión y Serge recorría calles y calles buscando comer algo de ese color. El amarillo era fácil, había descubierto una sitio colombiano en Elephant and Castle que servía bandeja paisa con maíz, patacones y frijoles. Él les pedía siempre que quitaran todo y le dejaran el maíz y los patacones, después de casi 18 meses viniendo, Dulia, sabía de antemano lo que iba a pedir. Los jueves solía ser el día de comer verde, ese sí era fácil y su dieta variaba entre ensaladas del Pret, aguacates del M&S, pepinos o un gustoso melón cuando hacia buen tiempo. Un viernes de cada mes le salía el azul y no le quedaba más remedio que ir al cocktail bar del Soho para cenar en vaso 5 o 6 rondas de curaçao. Esos días volvía haciendo eses y algún que otro sábado se había despertado en un cuarto de baño lleno de vómito como si acabaran de descuartizar a un pitufo.

La gente de su oficina sabía que Serge era un tipo raro, al principio se habían relacionado con él y hasta le invitaban a fiestas, ahora la única comunicación que tenía con sus compañeros era los comentarios mensuales que ellos les hacían sobre una cuidada selección de canciones que regularmente Serge publicaba los días 1 de cada mes. A cada lista le ponía un nombre que le recordara un momento especial del mes y desde que se levantaba hasta que llegaba a su cama vagaba por ahí con unos auriculares inalámbricos que compró un día en el barrio chino, un día que intentaba comer algo naranja fosforescente.

Serge un día decidió que se sentía solo, miró a su alrededor y le pareció que su vida estaba totalmente vacía. Sintió un dolor fuerte en el pecho y pensó en comer algo gris, pero solo encontró un potito hecho con lentejas en el maquina del vending de la estación. Se lo comió con una cuchara diminuta de plástico que venia dentro de la tapa y durante cada una de las minúsculas cucharadas se dijo a si mismo: ¿qué cojones estoy haciendo?

Era 1 de Junio y el primer cambio que Serge introdujo fue dejar de escuchar música. Pensó que quizá se había desconectado tanto de lo que le rodeaba que ya no era capaz de comprender su entorno, en parte así era. Intentaba entender las conversación que oía a medias y era incapaz de encontrar ningún sentido a lo que hablaban la gente con la que se cruzaba. Una colección de nombres y adjetivos que a él solo le daban ganas de ponerse de nuevo los cascos y meterse en su música para pensar en lo difícil que lo tenia hoy para comer algo violeta que no fueran esas flores horriblemente azucaradas de la tienda de tartas de Notting Hill.

Durante los meses siguiente Serge hizo todo tipo de esfuerzos. Mantuvo conversaciones en el ascensor, saludo a una chica con sombrero en el metro que le pareció que le estaba mirando e incluso se coló a propósito en una foto que una familia se estaba tomando para sacar de fondo el Big Ben. Pero nada.

Un día Serge se descubrió derrotado después de alguien en la calle le confundiera con otro y le diera casi sin querer la mano. Pensó en cuánto tiempo hacia que no tocaba a nadie y se derrumbó. Era el ultimo viernes del mes y llevaba todo el día pensando en anchos ríos, mares y barcos inmaculados que surcaban un cielo excesivamente azul. Acabó puntual su trabajo con una carta que tenia que transcribir a alguien que enviaba recuerdos desde Tailandia y se dispuso a volver al cocktail bar del Soho.

Se sentó en la barra y solo tuvo que asentir al camarero para que un curaçao decorado sombrilla apareciera delante de él. Pasó dos horas absorto, se deshicieron los hielos picados y Serge ni si quiera pudo beber. De repente vio como un mujer de pelo corto, negro, entraba despojándose atolondradamente de un paraguas del cual ahora mismo no sabría recordar el color. Al cerrar el paraguas dejó un enorme charco alrededor de sus botas, ella tenia la sensación de haber llegado a un refugio después de la más dura de las tormentas y Serge se preguntó cuando exactamente había empezado a llover. De repente ella le miró y se rió, y se volvió a reír y al final acabó desatando una carcajada que contagió irremediablemente a Serge. Los dos, a unos 3 metros de distancia empezaron juntos a reír sin saber muy bien porqué. Serge se tapó la cara con las dos manos, con un gesto de niño totalmente sorprendido por un sensación que ya casi ni recordaba, se levantó de su taburete en la barra y de manera casi automática le cedió su sitio a la chica del paraguas con un gesto tan improvisado como efectivo. Ella se acercó sin dejar de sonreír y Serge se dio cuenta entonces de que iba descalza, había dejado las botas, el paraguas y una bolsa al lado de charco que se formó en la entrada. Ella se sentó grácil en el taburete, sus menudas piernas no llegaban al suelo. Le tendió la mano como si se tratara de una recepción de reyes, con la palma convexa esperando un beso, a lo que él respondió de manera instintiva. Le dijo “Hola me llamo Berta” y por enésima vez le volvió a sonreír.

Serge le dijo su nombre y le pidió con el mismo gesto cómplice al camarero otro curaçao. El camero, que nunca supo como se llamaba, procedió a ello, testigo incrédulo de lo que estaba sucediendo. Durante las tres horas siguientes estuvieron hablando, conociéndose, evitando las mentiras y el pasado en una conversación tan mágica como espontánea. De repente ella se levantó y le dijo: “¿no tienes hambre? Me moriría por comer hoy algo amarillo.”

Febrero, la grisura y algo parecido a una declaración de amor

Se escapa el 2015 sin que nos demos cuenta, lo mismo le pasa a mis treinta y a la promesas que me hice una nochevieja en el puente de Albert Bridge. Se escapan las cosas a las que no puedes aferrarte, ya solo quedan mis folios, tú y una extraña sensación de misión cumplida. Bienvenida sea la soledad compartida de este invierno amable, imposible de repetir. Quién sabe si llego la hora de marcar algunos de los checkboxes. Quién sabe qué será esto que empieza ahora.

Dicen que dejo Londres y vuelvo al Madrid canalla que una vez me hizo como soy. Dicen. Dicen que se acabaron los 4 vuelos al mes y despertarte sin saber en qué ciudad duermes hoy. Dicen esto mientras a mí, cada vez, me cuesta más escribir. Jodida mezcla esta de felicidad contenida y pollo loco corriendo sin cabeza.

Mientras, febrero llegó otra vez. Como todos los años. Como aquella pequeña chica pizpireta que solía aparecer algún invierno. Hoy es viernes y he quedado contigo en el Starbucks de Marszalkowska, me desperté ayer en Barna borracho de amigos tras una noche recordando lo jóvenes que fuimos hace demasiadas noches en Madrid. En el avión volví a leerme un librito de esos que de triste que es te hace sentir vivo. Hablaba de Pigalle, de la juventud perdida y de un café donde me encantaría que alguien supiera mi nombre. Uno de esos sueños raros que nunca se cumplirán, una caja que queda sin checkbox. ¿Cómo de importante es eso ahora?

Pasa la tarde aquí en el café, escribiendo, llenándo mi cabeza de ti mientras veo pasar la gente y deseo ser todos ellos por un rato. Me doy cuenta de que quizá eres tú ese monstruo que devora mis obsesiones o la señal obvia del final de esa parte de mí que no hay más remedio que dejar atrás. Como bien dice Podiani:

Era un parroquiano muy discreto de Le Condé y siempre me quedaba un poco aparte y me contentaba con escuchar lo que decían todos los demás. Me bastaba. Me encontraba a gusto con ellos. Le Condé era para mí un refugio contra todo lo que preveía que traería la grisura de la vida. Habría una parte de mí mismo –la mejor– que algún día no quedaría más remedio que dejar allí.

La grisura de la vida, qué duro y qué verdad. Y cómo asusta. De hecho parece que sea de lo único que sé escribir y es que como los galos temían el cielo cayendo sobre sus cabezas, del mismo modo, temo yo la grisura de la vida. Y ya está bien. Que cada uno escoja sus fantasmas. Hay gente que se obsesiona con parecer, otros con conquistar –mujeres, sueldos, pequeñas victorias–, hay quien solo quiere marcar los checkboxes, otros –como mi vecino– quieren cambiar el mundo. Yo no. Por momentos tan simple que parece mentira: yo tan solo quiero erradicar la grisura. Yo quiero color.

Pero volvamos al avión y definamos color para aquellos que creen que alguna vez mis metáforas aspiran a algo…

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En ese mismo avión, sobrevolando Bratislava, decidí que esta noche te pondré en los earphones del iPhone esa canción de Låpsley en modo repeat. No entenderás nada pero cuando salgas de la ducha y yo te pediré –una vez más– que simplemente confíes en mí. Para entonces las dos botellas de Ribera del Duero que compré en el Duty Free serán carcasas vacías de las ganas que tenia de verte. Sobre tu piel blanca y tu pelo rubio tan solo dos auriculares inundando completamente esta pequeña habitación que tanto vamos a echar de menos. Otra vez la música a todo volumen para sentirnos un poco más livianos. Te hablo y te conformas con leer mis labios mientras yo noto como empiezan a temblar los tuyos. La música muy alta en tu cabeza. La temperatura que no deja de subir y afuera todo completamente nevado. Recorro una y otra vez los ciento y ochenta centímetros de un cuerpo que no me acabo. Como si fuera la primera vez, o como si fueras a desaparecer mañana. No me canso de ti. No me canso de pensar que quizá tú eres el propósito que tanto andaba buscando. Así es para mí el color. Así combato la gisura. Sin casi poesía.

Y todos sabemos que pronto dejaré de escribir porque dejará de tener sentido, una chica que le da mil patadas a la que un día imaginé entrando en el Royal Festival Hall está a punto de venir a recogerme. Para alguien como yo que solo sabe escribir sus tontas ensoñaciones sería importante saber parar antes de convertir estos pensarmientos en manadas de unicornios vomitando arcoíris. Quizá ahora toca escribir de los miedos, de los nuevos, tan distintos como absurdos. De los hijos que no tengo o de la crisis de los cuarenta. Quién sabe.

Aunque mi único miedo hoy, en este Starbucks de Marszalkowska, dista un poco de la grisura. Hoy temo lo que dejo atrás, temo no perderme nunca más en un café de una ciudad en la que no conozco a nadie. No volver a viajar sin planes. No volver a tener al tiempo y la soledad como aliados. No volver a sentirme en casa en un sitio que no conozco. Pero algo me dice que tú te perderías conmigo y como dijo Bill tenemos pendiente nuestro viaje a ninguna parte para ver si nuestras miserias son acicate, un mal soportable o suficiente razón para mandarlo todo a la mierda.

Ahora cuando acabe Låpsley te lo diré al oído…¿declaramos juntos la guerra a la grisura?