No más Mayos

Mayo es el fin de un personaje de cuento que ya no tiene historia donde resguardarse. Mayo es una señal de no hay salida justo cuando dejabas atrás la oscuridad del túnel. Es emoción contenida. Es rabia. Es un empacho de imposibles.  Mayo es ganas de alargar la mano, que hace tiempo que no estaba tan cerca de tu rostro, y acariciar tu mejilla con un gesto que vengo ensayando desde hace demasiados abriles. Te debo a ti los instantes más preciados, años rebobinados en segundos al recordar un tacto que nunca dejó de acompañarme. Mayo eres ese temor que a veces es virtud y casi siempre el peor de mis defectos. Un miedo que alimenta al loco que forma parte de uno mismo. Bradbury escribió aquello de “Ve al borde del precipicio y salta. Constrúyete las alas mientras caes”. Yo salté, yo construí mis alas pero la hostia no me la quitó nadie.

Y es que 2013 no podía traer un mayo cualquiera, no lo fue abril, no lo fue marzo y mucho menos Febrero. Mayo trajo un final que no es otro que todos los finales. Tres días en los que mi vida se convirtió en pasado y el futuro en algo que no entiendo. La pena más grande no es otra que la aceptación de lo que ya no puede ser. El desengaño o la tristeza no son comparables a las emociones desgarradas de enfrentarte a preguntas que ya nunca tendrán respuesta. El alma en carne viva.

Antes de irte te miré a los ojos como el que intenta verse pestañear en un espejo, buscando eso que solo se esconde tras los abrazos de despedida. En esos besos que no nos dimos cuando nos despedimos, ya no de lo que fuimos, sino de lo que nunca llegamos a ser. Porque nunca fuimos lo que imaginamos, ni imaginamos un final tan impredecible como adecuado: tú viviendo la vida que decidiste vivir, de felicidad sencilla y encontrada; yo peleando la que me dejaste como única opción, en una búsqueda en círculos de algo que seguramente no existe. Nos conocimos en una montaña rusa de la que nunca supe bajar, hiciste bien en saltar en marcha.

Dijiste que soy como una droga que reaparece por generación espontánea, dijiste que temías mis mails que son granadas a destiempo y dijiste que durante mucho tiempo solo te imaginaste una vida conmigo. Me gusta saber que por lo menos en algo siempre estuvimos de acuerdo.

Te uniste, tarde, al club de las que dicen que exijo demasiado pero llegaste a tiempo para sumarte a la condescendía del “encontrarás a alguien”. Yo te hice saber, una vez más, lo guapa que estabas. Ni siquiera tus hoyuelos me devolvieron el cumplido. Ojalá pudiera dejar de ser yo por un rato.

Menos mal que mi especialidad es reconstruirme porque sería muy fácil hundirse ahora. Pensar que ya no queda nada que pueda sorprenderme. No quiero ser un muerto en vida, alguien a quien mató una sobredosis de expectativas. La desoladora imagen de un idealista derrotado.

Por eso quiero darte las gracias por tu último regalo, que no fue esa pluma con los puntos suspensivo ni tampoco el abrazo más emotivo del mundo. Tu mejor regalo no fue descubrir que quien yo conocí sigue existiendo en alguna parte, ni tampoco la paz de aceptar que este era el único final posible. Y es que tu mejor regalo fue hacerme entender que no quedan más despedidas.

Mayo, acabaste con marzo, me ayudaste a entender Febrero y bajaste los humos a un abril desmedido. Te llevaste contigo todo los futuros posibles para dejarme el único que vale, el de ahora.

Entiende que este año no haya más meses y que el 2013 por mí ya podría ser “hace diez años”.

Quiero volver a atrás o dejar de recordarlo todo. A qué mala hora me enseñaste que lo difícil del primer amor no es olvidarlo, sino aprender a vivir con su recuerdo.

Mayo, ahora sí que ya no espero nada de ti. Casi ni de mí. Porque esperar fue el único error imperdonable.

Querido Mayo, ¿cómo seguimos después de esto?, llegaste tan cargado de finales que incluso este blog carece ya de sentido. Porque prometí no divagar nunca más sobre nosotros ni volver a escribir pensando en ti. Quise desterrar contigo el uso de la segunda persona y no lo he sabido cumplir y ahora ya no sé si he faltado a mis promesas o a mis principios.  Porque ya no basta con ser fiel a los finales. Contigo ya no.

Me despido de este tú que vuelves a ser tú y de este yo que escribió mientras hubo algo que decir. Hoy –y por ahora–  la memoria vuelve a pesar demasiado y me ha pedido un descanso. Hace un tiempo que escribir dejó de ser algo positivo.

Te deseo que seas feliz y aunque no necesites mi bendición cuenta con ella.

Vete sin miedo porque tu ausencia solo deja ya tranquilidad. La tranquilidad de saber que ya nunca podremos hacernos daño.

Prometo no volver a dirigirme directamente a ti. A ver si esta vez puedo cumplirlo.

Fin.

...

LA SED INSACIABLE

Decir adiós… La vida es eso.
Y yo te digo adiós, y sigo…
Volver a amar es el castigo
de los que amaron con exceso.

Amar y amar toda la vida,
y arder en esa llama.
Y no saber por qué se ama…
Y no saber por qué se olvida…

Coger las rosas una a una,
beber un vino y otro vino,
y andar y andar por un camino
que no conduce a parte alguna.

Buscar la luz que se eterniza,
la clara lumbre durarera,
y al fin saber que en una hoguera
lo que más dura es la ceniza.

Sentir más sed en cada fuente
y ver más sombra en cada abismo,
en este amor que es siempre el mismo,
pero que siempre es diferente.

Porque en sordo desacuerdo
de lo soñado y lo vivido,
siempre, del fondo del olvido,
nace la muerte de un recuerdo.

Y en esta angustia que no cesa,
que toca el alma y no la toca,
besar la sombra de otra boca
en cada boca que se besa…

José Ángel Buesa

[Relato] Enhorabuena

Hacía tres años y siete meses que no nos veíamos. Yo cumplía treinta el día que me dijiste que con él todo era más fácil. No nos volvimos ver hasta hoy. Fueron casi diez años juntos de los cuales tres vivimos en aquella casa.

En la notaría estaba todo ya dispuesto para la firma que acabaría con lo poco que quedaba de aquel sueño tan lejano como imposible. A mi izquierda la chica de la inmobiliaria mascaba chicle sonoramente mientras amenizaba la espera con conversaciones de lata. Al su lado el señor notario se limpiaba las gafas con el final de una corbata antigua, triste y gris, perfectamente a juego con la escena. Al otro lado de la mesa el comprador recién aterrizado de Canadá. Nunca imaginé que traspasaría mis recuerdos a alguien que lleva chanclas en mayo. Afuera llovía. Llovía y hacía frío porque ese día no se merecía otra cosa. Para acabar el reparto teníamos sentados, uno frente al otro, al apoderado del banco y al administrador. Menuda calaña. Ellos hablaban del tiempo y de las virtudes de la comida española, yo hacía rato que dejé de escucharlos a todos. A mí derecha una silla vacía donde en cualquier momento te sentarías tú.

Apareciste entre las puertas corredizas con la misma mirada que cuando entraste tarde y por primera vez a la clase del instituto donde nos conocimos. Y es que tu cara fue siempre un jeroglífico de expresiones que se me dio muy bien descifrar y reconozco que los nervios te hacen aún más interesante. Al verme reíste con todo el cuerpo, recordándome de golpe por qué me volví completamente loco por ti. Sonreías igual cuando por fin conseguía cambiarte el humor en medio de nuestras discusiones. “Es imposible enfadarse contigo“, me decías y yo intentaba extirparte tu pena crónica a base de besos.

Llevabas gafas nuevas de Tous, un vestido corto muy rosa que combinaba a la perfección con el fular, el bolso y esas bailarinas gastadas por las puntas.  “Pero si nunca te gustó el rosa” alcancé a pensar mientras descubría tu brazo, como una exclamación al final de una frase inesperada, arropando con cariño una barriga de siete meses. ¡Sorpresa!

Mi primer instinto fue esperar a que te sentaras y alargar mi mano para coger la tuya, mirarte a los ojos que ahora me evitaban y llorarte una enhorabuena. Como si la noticia nos la acabaran de haber dado a los dos. Como si fuera hace tres años.

Conté los segundos mentalmente hasta casi los cien y por fin me miraste. Estabas roja de vergüenza y tan preciosa como siempre. “Enhorabuena” te dije y gracias al silencio absoluto que se formó en la habitación pude oír al cansado señor notario pensar: “ah… ¿no lo sabías?”

La del chicle dejó por  un momento de mascar obsesivamente, tan mona como poco recatada, se recostó sobre la mesa para acercase a ti y te dijo al oído: “¿se me olvidó preguntarte el estado civil?”. “Casada” contestaste. Y otra vez roja y otra vez sin mirarme el proceso se repitió. Menos de tres minutos llevabas en la habitación cuando lo dije por segunda vez: enhorabuena. Esta vez el señor notario no pudo reprimirse: “¡Joder menudo día!”

El resto carece ya de importancia, pagar para deshacerse de un piso porque vendes por debajo del precio de la hipoteca empieza a ser algo común en esta economía del absurdo. El canadiense se mesaba la barba mientras comprobaba nuestros cheques. Dieciocho mil euros nos costó volver a ser tú y yo después de toda una vida siendo nosotros.

“¿Te da tiempo para un café?”, pregunté  y asentiste con la connivencia de saber que todo se ha acabado. Yo lo llevaba bastante bien hasta que te toqué la barriga y noté que algo se me rompía por dentro. No sabría decirte qué fue lo que pasó pero supongo que fue la sensación de no ser nadie ya. Había soñado siempre con ese gesto pero no en una cafetería, no el uno frente al otro y sobre todo no con la ilusión puesta en un futuro en el que yo solo era un extraño.

Tengo casi 34 años y allí sentado frente a ti tuve que enfrentarme a todos los caminos que nunca escogimos. A toda esas decisiones que nos trajeron hasta este día. Ya nunca sería padre con la primera mujer que amé. Me sentía feliz por ti pero notaba como me desangraba poco a poco en plena hemorragia de recuerdos. Tenía que salir de ahí. Ya estaba todo dicho.  Aun así llegó la hora de despedirse y preguntaste: “¿A que de todas la posibles entradas no te esperabas una como esta?”. Automáticamente repliqué: “no, de rosa no.” Y te reíste alegando que no era rosa sino coral, pero ya no importaba. Al rato te fuiste y yo me alejé para siempre pensando que la gente cambia mientras todo sigue igual, que supongo que es la lección que aprendí aquella mañana en la más triste de las notarías después de un café de casi veinte mil euros.

Y me senté en un bar a escribir esto, comprendiendo que la pena no era haber llegado al final sino aceptar que lo volvería a vivir todo aun sabiendo cómo acaba.

Enhorabuena.

Comala otra vez (AKA: La parábola de las empanadas)

Corría el año 2002 cuando el, muchas veces mencionado ya, Maestro Sabina cantaba aquello de “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.” Yo recuerdo perfectamente la primera vez que oí esa frase.  Fue en un concierto acústico de la gira “Nos sobran los motivos” al que por alguna razón que ahora no recuerdo fui solo. La canción la había escrito para Ana Belén pero era tan jodidamente buena que no pudo resistir sacarla en su siguiente disco: “Dímelo en la Calle”. Disco flojo donde los haya pero al que le siguió una reedición disco-libro ilustrado llamada “Diario de un peatón” que lo salvó. Esta edición contenía otra perla que nunca se ha tocado en concierto y que para mí sigue siendo la mejor historia de corrupción y cuernos que he oído jamás: “Doble vida”.

Bien. Todo eso lo cuento porque desde que oí esa canción en aquel concierto no dejé de preguntarme qué sería “Comala” y qué tenía que ver con tamaña verdad. Tuve que esperar hasta tener el cedé con la transcripción de las letras para darme cuenta de que Comala era un nombre de ciudad. Google por entonces ya te permitía resolver misterios imposibles y así fue como descubrí que Comala era el lugar donde Juan Rulfo daba rienda suelta al monólogo interior de Pedro Páramo. Corrí pues al Corte Inglés y compré ese libro que me leí de tirón una tarde en el antiguo cauce del río. Reconozco que no disfruté de la lectura, devoraba el libro intentando desentrañar los secretos que escondía aquel misterioso pueblo. La narrativa, compleja y repleta de símbolos, me hacía ir de atrás adelante en lo leído, tratando de encontrar sin éxito alguna explicación a mis preocupaciones.

Muchos, muchos años después, releería el libro y aprendería que esa novela se considera unos del los máximos exponentes del archifamoso realismo mágico. En esa segunda lectura creo que sí disfruté de la novela. En 2002 solo quería comprender por qué no se podía volver a  Comala, sin entender que eso no se aprende en los libros.

Y desde entonces ese pequeño pueblo perdido de México se convirtió en un símbolo para mí, en un recordatorio de lo difícil que es revivir algo por mucho esfuerzo que pongas. Una palabra que nunca me ha dejado de acompañar. Corre ya el 2013 y todavía cuando vuelvo a sitios donde fui feliz no puedo evitar susurrar en voz baja: “….no debieras tratar de volver…”

Esta pequeña reseña medio musical, medio literaria y sin muchas pretensiones me sirve como introducción a lo que vendremos a llamar “la parábola de las empanadas argentinas”

La parábola dice así…

 Al entrar no pude evitar recordar una vez más aquella famosa frase de Sabina.  “No debieras tratar de volver” me decía una y otra vez a media voz: “no debieras tratar de volver”. La chica me miraba extrañada pero, consciente como era de que estoy un poco loco, no dijo nada. La última vez que nos vimos me despedía de ella en un taxi que acabábamos de parar juntos, sin decir nada más que “toma, he disfrutado de la cena, te doy este dinero y te vas a casa.” Aún no entiendo por qué me volvió a llamar. Yo debía haber elegido otro sitio para esta segunda cita, pero reconozco que el ambiente íntimo, las luces rojas, la música en directo y el innegable atractivo del nombre del local hicieron que no le diese más vueltas: el Trovador sería el sitio.

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La carta de vinos era escueta y overpriced, como acompañamiento a cualquier bebida te ponían palomitas picantes y la camarera parecía sacada del otro lado del espejo de Wonderland.  Nada de eso me importó la primera vez que vine. ¿Qué había cambiado?

La decisión a la hora de pedir comida era fácil y se limitaba a sus dos platos estrella: empanadas argentinas y rollitos primavera al estilo tailandés. Pedí uno de cada.

Cuando la camarera por fin trajo las empanadas junto a la segunda botella de aquel horrible vino chileno. Ella me miró aparentemente preocupada y me soltó:

–¿Prefieres empanada o rollitos? – a lo que yo rápidamente repliqué.

–Yo soy mucho más de empanadas que de rollos – y sonreí.

Ella pareció no apreciar la sutil ironía y tras una interminable pausa durante la que no dejé apagar mi sonrisa más ensayada, ella por fin pareció decidirse.

–Hoy comienzo una nueva dieta, si no te importa, ¿te comes tú las empanadas? – todo esto sin ni siquiera devolverme un amago de algo parecido a una sonrisa.

Yo no sabía muy bien si me estaba siguiendo el juego o realmente se negaba a compartir lo que había sobre la mesa. Consciente de que aquello iba a ser imposible de remontar aparté el plato y me dispuse a comerme yo solo mi enorme empanada. Mientras, ella disfrutaba de sus insípidos pero ligeros rollitos. Genial. El resto de la noche fue tan aburrido como previsible.

Mucho tiempo después comprendí que hasta el más frugal de los rollos (y más en primavera) esconde en el interior un poco de pasta de empanada. Recuérdalo en tu próxima cita.

Fin.

Hasta aquí mi simple parábola y su tonta moraleja. Sin querer ponerme prosaico he de decir que –empanadas y rollos aparte– esa cita me sirvió para recordar que mi comida preferida sigue siendo la de buenos días. De eso sí que no cabe duda

Cartas imposibles

Hola yo,

Hace mucho que quería escribirte pero el tiempo ya no es lo que era. Decía alguien que confundimos lo urgente con lo importante, un poco es de eso es verdad. Un poco de eso soy yo ahora.

El otro día la prima me envió un whatsapp, sé que aún no sabes lo que es eso pero ni falta que te hace. Te adjunto una foto…imagínate que es una carta como las que tú ahora empiezas a escribir.

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Igual me quedé yo. Sin saber qué decir y desde entonces no me quito ese pensamiento de la cabeza. La prima a la que me refiero es la misma que, recién nacida, fuiste a visitar el pasado febrero al hospital. Sé que ese día ahora parece uno más, pero por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender la sensación que tuviste al entrar en su habitación durará para siempre. Quizás era porque venias de ver a esa chica en la que no puedes dejar de pensar, quizá porque acudiste allí solo y aún no estás acostumbrado a tanta independencia. No lo sé, pero ya verás como días que son aparentemente simples se quedan para siempre en tu memoria. Te pasará mucho más con los años. Es bueno.

El tema de la “situación económica” casi que te lo explico en otro momento que aún te queda muy lejos y sobre la prima no te preocupes mucho por ahora, ha aceptado jugar conmigo a una tontería que le he propuesto: le mando vídeos cada semana y ella me los comenta. Sé que eso para ti también parecerá bastante raro pero insisto, no te preocupes y sigue grabando cintas con la mini cadena nueva. Eso es algo que acabarás echando de menos aunque ahora no te lo creas. Y de la prima no te cuento más, solo ha sido una excusa para escribirte, pero para que veas que tampoco cambian tanto las cosas, es posible que como parte del juego le recomiende “Ilusiones” o quizá “El Club de los Poetas Muertos”. Lo sé, son básicos. De todos modos a ella le preocupa más encontrar su pasión que perseguirla. En eso debemos sentirnos afortunados.

Y aquí quizá me he vuelto a adelantar pero creo que es importante que lo sepas. Posiblemente fue el año pasado, cuando escribiste de tirón esos 10 folios que pasaste a limpio antes de dárselos a la chica que te enseñaría a besar un día volviendo a casa. Quizá fue entonces o quizá fue con la redacción que te publicó Don Josep en la revista del instituto. Tampoco importa ya demasiado pero como te decía somos afortunados, esa sensación de vértigo cuando escribes sobre lo que sientes no se te pasará nunca. O por lo menos no hasta ahora. Habrá momentos en que casi se te olvidará lo importante que es escribir, habrá épocas en que pensarás que es una pérdida de tiempo pero no te preocupes que volverá. Todo lo que estás pasando ahora volverá. ¿Sonríes al leer esto? Yo sí lo hago al escribirlo. Jodida suerte la nuestra 🙂

Del trabajo y los estudios no te quiero hablar, no es relevante pero te irá bien. Aunque ahora no te importe demasiado tendrás sueños y los cumplirás antes de lo que te imaginas. Conocerás a gente increíble y te lo pasarás bien haciendo lo que haces. Eso –aunque se paga bien– es impagable. No hace falta que te lo recuerde pero haz siempre aquello que te dé más miedo. Nos ha funcionado bastante bien hasta ahora. Sí que es cierto que a mí ahora me vendría bien alguna pista de nuestro futuro “yo”. Siento que hemos llegado a la encrucijada en la que se definen los próximos 10 años y saber si me estoy equivocando haría esto mucho más fácil. Tan fácil que imagino que le restaría mérito. Supongo que por eso aún no nos hemos escrito. Mañana chequearé mi email por si acaso. Uf, lo del email va a ser gordo. Muy gordo. También te lo explico otro día. Lo prometo.

Llevamos ya cuatro párrafos y no te he dicho nada importante, estarás pensando que estoy un poco gagá y que tienes mejores cosas que hacer que leer tonterías del futuro. No te equivocas. Ese es el mensaje principal: lo que estás haciendo ahora, lo que estás viviendo, cada minuto de los próximos cuatro o cinco años va a ser increíble. Disfrútalo con la tranquilidad de saber que vale la pena. Tu día a día actual son las historias que alimentarán el mañana. Sigue cuestionándotelo todo, haz pellas cuando haya que hacerlas y lee aquel libro en ese café donde a veces os encontráis a escondidas. No dejes de esforzarte cuando toca dar la de cal (o la de arena) y llora, y ríe, y sufre, y arriesga y busca los límites cuando haga falta. Todo va a salir bien. Ella no estará siempre ahí, pero habrá otras “ellas” y con todas y cada una aprenderás que vale la pena arriesgar hasta que duela. Porque dolerá, porque sé que duele, pero en los días aburridos de invierno, cuando ya no pase nada, echarás de menos sentir que te falta el aire un domingo por la mañana.

¿Eso ha sido una rima asonante? Como ves no aprenderás a escribir mejor por mucho que lo intentes. Y seguirás siendo igual de cursi 18 años después. Supongo que eso es más culpa tuya que mía, no sé, quizá cambie en los próximos 20 años. Los de mi edad dicen que me quedé atascado en los 16, pero en algún momento tendré que hacerme mayor aunque sea en la forma de escribir. Ganas no tengo y cierto es que muy a menudo pienso en ti, cierto que por momentos desearía volver a ser tú. Imposible, como otras tantas cosas.

Por cierto, he estado haciendo cálculos y creo que en unas semanas te iras de camping con esos amigos raros que no te comprenden y que -ya te lo avanzo- pronto desparecerán de tu vida. De ese viaje no recuerdo mucho pero sí sé que una noche acabarás en la playa tú solo, completamente borracho y excesivamente melancólico. Lo que llevarás en la mano aquí donde vives ahora lo llaman “joint”. Verás una decena de estrellas fugaces, tumbado y terriblemente mareado pedirás siempre el mismo deseo, luego te apagarás el cigarro en la parte interior de la muñeca y te quedarás dormido hasta la mañana siguiente. Eso de quemarte -perdona que te diga- será una tremenda gilipollez. De todos modos reconozco que funcionará y es la principal razón por la que ahora recuerdas esa curiosa noche: preciosa cicatriz. Sobre el deseo que pides, te confirmo que se cumple pero tendrás que esperar un par de años y te aseguro que, como pasa muy a menudo, la espera será mejor que el deseo en sí.

Eso apúntatelo en el corcho ese de la habitación que tienes: “cuidado con lo que deseas que se puede hacer realidad.” Un consejo que nos habría venido bien a su debido tiempo. Ya lo entenderás.

Cuida de tu hermana más, ahora tampoco te das cuenta, pero sus recuerdos de esa época no serán tan buenos como los tuyos y creo que ahí lo podríamos haber hecho mucho mejor. Cambia eso.

De Mama y Papa no te preocupes. Sigue hablando con Mama todas las madrugadas que puedas, pese a parecer demasiado perfecto para ser real ella nunca dejará de estar ahí. Papa –por el contrario– acabará decepcionándote, aprovecha los días buenos mientras los haya y tranquilo que no habrá ningún trauma, terminarás perdonándole y entendiéndole más de lo que crees. Eso sí, no luches por cambiarle, no servirá de nada.

Al que sí se le acaba el tiempo es al abuelo, lee todo lo que escriba y no le permitas que deje de escribir. Pasa con él las tardes que haga falta y empápate de absolutamente todo lo que diga. Sus consejos nunca dejarán de hacerte falta y en el fondo llegarás a  parecerte a él más que a nadie en el mundo.

Me has hecho llorar sabes. Eso es algo que tampoco cambiará, tienes la lágrima fácil y la seguirás teniendo, pero llorar al fin y al cabo es recordar que algo valió la pena y -sin querer simplificar demasiado- esa será de alguna manera nuestra filosofía. Sí, lo sé, somos mucho más simples de lo que aparentamos, pero no se lo diremos a nadie.

Me despido ya, si puedo volveré a escribir, pero tienes cosas más importantes que leer y no quiero despistarte. Tienes mucha suerte de estar ahí y creo que lo sabes, pero no lo olvides. Disfruta de cada minuto, ya te he dicho que acabarás echando de menos esos días mucho más de lo que crees. Y déjate de “carpe diems” mal entendidos, los mejores días, los más memorables, están aún por venir.

Por cierto a la prima al final le diré que lo importante es la ilusión en cualquiera de sus formas o derivaciones, pero eso tú ya lo sabes.

Buen viaje, te espero al final de la aventura.

“… And there are people who forget what it’s like to be 16 when they turn 17. I know these will all be stories someday. And our pictures will become old photographs. We’ll all become somebody’s mom or dad. But right now these moments are not stories. This is happening, I am here and I am looking at her. And she is so beautiful. I can see it. This one moment when you know you’re not a sad story. You are alive, and you stand up and see the lights on the buildings and everything that makes you wonder. And you’re listening to that song and that drive with the people you love most in this world. And in this moment I swear, we are infinite”

Peliculón: The Perks of Being a Wallflower (2012)

Y es que todos tuvimos 16 alguna vez, todos tuvimos una “tunnel song”. ¿Te acuerdas?

We are infinite…