Huyes

Lo primero que supe de ti es que huías. Huías de frente. Corriendo hacía mí sin conocernos. Buscando juntos una salida de emergencia. Qué diferente es todo ahora que huyes dándome la espalda. Preciosa melena que se difumina en la distancia. Huyes, porque emigras siempre de los corazones que habitas y solo eres polizón de los barcos destinados al naufragio. Te marchas en el momento justo, antes de que se amarilleen las hojas de las libretas o se manchen de café las cartas sin abrir del banco. Escapas, porque el dolor es el agua de tu pecera y la rutina el aire inútil de los peces que se asfixian sobre el mármol de la cocina. Tu único hogar son sábanas revueltas y la calma un cigarrillo a las 3 de la mañana. Cierra la puerta cuando salgas y no olvides tu pasaporte. Se quedaran sin usar los billetes a ninguna parte que te regalé en un intento fallido de salvarnos. Eres lo mejor que no me ha pasado nunca y olvidarnos mucho más fácil cuando no te conocía. Huyes y me enseñas que contigo ahora siempre es tarde y que al final de todo esto solo quedará una historia de nosotros en la que no hay protagonista.

Huyes y, yo que no me cansaría nunca de mirarte, deseo de corazón nunca más volver a verte.

El otro (turulato y todo) – Mario Benedetti

De Mario hay que leerlo todo, todo, todo. Y más un domingo como hoy, y más un mes como este.

Pronto acabará junio con lo que ello conlleva pero mientras qué mejor que releer a Mario.puta vida

Extracto de “Primavera con una esquina rota”:

El otro (turulato y todo)

<<Para él es una sensación nueva. Y no es desagradable, qué va a ser. Pero lo cierto es que se ha metido en un atolladero. Nunca le había pasado esto con ninguna mujer. Siempre había sido él, Rolando Asuero, el propietario de la iniciativa, el que había llevado las riendas de cada relación, terminara o no en la cama. Y eso sí, una cuestión de principios: que fuera provisional, con todos los datos y propósitos bien claritos, transparentes como el H2O y sin que nadie pudiera luego arrinconarlo con el certificado oral de alguna promesa incumplida. Como omitió decir el Eclesiastés: para no incumplir promesas, lo mejor es no hacerlas. Afortunadamente, y esto debía reconocerlo, siempre había encontrado mujeres gauchas y bien dispuestas, que admitían desde el pique las reglas del juego y que después, cuando éste concluía, se esfumaban con un chau cordial y santas pascuas. Por otra parte, a las dueñas o esclavas, esposas en fin, de sus amigos más entrañables, las había tratado como hermanas y si bien de vez en cuando les dedicaba una miradita incestuosa, jamás iba más allá del linde bienhumorado y camaraderil, aunque a menudo soliviantando la coquetería innata de las susodichas. Miraditas incestuosas que no habían escaseado en tiempos idos para Graciela, que allá en Solís, balneario en bruto, cuando se ponía su malla azul de dos exiguas piezas (no era bikini sin embargo, pues hasta ahí no llegaba el cauto liberalismo de Santiago Apóstol), exhibía una estampa o palmito o cuerpo docente, realmente dignos de consideración y éxtasis, ah pero él nunca había traspasado la pudorosa barrera del suspiro o la admiración descaradamente visual tras las gafas oscuras, por cierto ocasionalmente estimuladas por algún comentario del mismísimo Santiago, que al verla correr hacia el agua como en un comercial de tevé, una tarde de olas por ejemplo, había murmurado como para sí mismo pero en realidad para los otros tres, está linda la flaca eh, provocando las bromas ambiguas y las risotadas viriles, bueno es un decir, de los otros dos casados y del único soltero impenitente o sea él, Rolando Asuero para servir a usted y a su señora, frase célebre y nada ingenua que él había espetado, dos lustros ha, a un gerente general de empresa que inmediatamente decidió convertirlo en ex cajero.

Pero la Graciela de ahora es otra cosa. Y él también ha cambiado. […] Sí, la Graciela de ahora es otra cosa. En primer término, más mujer, y en segundo, más confusa, tal vez como consecuencia de esa madurez. Como cuerpo (y como alma también, no seamos dogmáticos) ha madurado notoria y estupendamente, y verla por ejemplo acercarse despacito por el callejón de flores que lleva a su edificio (él, como tantas veces, aguardando en el portal) genera lindas expectativas no siempre confirmadas. Está un poco confusa, es cierto, aunque quizá lo más correcto sería decir desorientada. Y en el centro vital del despiporre: Santiago. Santiago en el Penal, sin poder defenderse ni atacar, solito con su murria y con su acervo cultural, qué terminología eh, pero además qué situação. Rolando ha llegado a un diagnóstico preliminar es que Graciela es una mina que no la va con la lejanía, y es ahí donde, sin comerlo ni beberlo, el pobre Santiago ha perdido puntos. Pero de ahí a concebir que él, Rolando Asuero, tuviera un papel a desempeñar en esta historia, hay un buen trecho. No sabe. Todavía no sabe. Aunque de a poco lo va sabiendo. Le gusta Graciela, a qué amortiguarlo y/o impugnarlo. Y él reconoce que, en ocasiones varias, cuando ella le hablaba de sus telarañas o de sus estados alternos de ánimo y desánimo, había efectuado sobrios avances, había dejado caer indirectas abusivas, había ofrecido ayuda digamos fraterna, y de a poco, tal vez sin proponérselo, había ido dejando veladas pero concretas alusiones a su afectivo interés por ella, o mejor aún al atractivo cierto que tenía para él. Y dato, en ésta su etapa ambigua, con sus sentimientos y emociones en franca revulsión y revisión, Graciela estaba receptiva como una esponja griega. Y seguramente había captado esos movimientos cautelosos, prudentes. Y un día, de pronto, en mitad de una de esas charlas equívocas, de equilibrista, ella salió con aquello de que ya no necesita a Santiago, me abandonó, y él comprensivo, no Graciela no te abandonó sino que se lo llevaron, y ella, es absurdo absurdo o será que el exilio me ha transformado en otra, y él, acaso no seguís compartiendo la actitud política de Santiago, y ella, por supuesto si es también la mía, y él por fin la pregunta de los diez millones, tal vez soñás con otros hombres, y ella, te referís a soñar dormida o a soñar despierta, y él, a ambos casos, y ella, cuando duermo no sueño con ningún hombre, y él, y despierta, y ella, bueno despierta si sueño te vas a reír, y allí hizo un alto, una pausa no teatral sino apenas un silencio breve para tomar aliento y aquilatar todo el peso de lo que iba a agregar: sueño con vos.

Él se había quedado turulato, había sentido un repentino bochorno en las orejas, nada menos que él buena pieza y donjuanísimo, se había mordido un labio hasta sangrarlo pero sin advertirlo hasta horas después. Y ella tensa frente a él, a la espera de algo, no sabía exactamente qué, pero tremendamente insegura porque entre otras cosas conjeturaba que él se estaría acribillandoen ese instante con la palabra lealtad, lealtad al amigo solísimo en un calabozo que aunque estuviera limpio siempre sería inmundo, lealtad a un pasado pesado y pisado y a una moral no articulada pero vigente y a larguísimas discusiones hasta el alba en las que siempre estaba Silvio que ya no está y estaba Manolo que ahora es técnico electrónico en Gotemburgo, y las esposas semimarginadas por el machismo-leninismo de los ilustres varones pero participando a veces con objeciones obvias y más que nada preparando ensaladas churrascos ñoquis empanadas milanesas dulce de leche y después lavando platos mientras ellos sesteaban a gamba suelta. Se había quedado turulato, él, tan casanova y putañero, con la frente sudada como liceal seducido por vedette del Maipo, y con una picazón en el tobillo izquierdo que era probablemente una reacción alérgica ante el futuro espeso que se avecinaba. Turulato y todo, había logrado articular gragraciela no jugués con fufuego y hasta había intentado llevar el diálogo a un territorio frivolón, algo así como de carne somos y no codiciar a la mujer del prójimo, todo para tomarse un mínimo respiro, ah pero ella mantuvo su expresión de austeridad sobrecogedora, mirá que no estoy bromeando esto es demasiado grave para mí, y él, perdón Graciela es la sorpresa sabés, y a partir de esa frase de segundo acto de sainete porteño ya no tartamudeó y dejó de sentirse turulato para estar definitivamente apabullado y no obstante poder murmurar es una lástima que no pueda contestar que no digas locuras porque en los ojos te veo que hablás terriblemente en serio y también es una lástima que no pueda decirte mirá conmigo no va la cosa, porque conmigo va. Y no bien pronunció ese va, pensó que había estado sincero y fatal, sincero porque verdaderamente ése era el sentimiento safari que empezaba a abrirse paso en la selvita de su estupor, y fatal, porque no se le escapaba que aquel va relativamente imprudente era algo así como elprimer versículo de su apocalipsis personal. Pero ya estaba pronunciado y subrayado, y Graciela que había estado decorosamente pálida de pronto se coloreó y suspiró como quien entra en una florería de lujo, y él consideróque ahora correspondía extenderle una mano y en consecuencia se la extendió por sobre la mesita ratona sorteando hábilmente el búcaro sin claveles y el cenicero con puchos, y ella estuvo un rato o sea cuatro segundos vacilando y luego también extendió su mano delgada que parecía de pianista pero era de mecanógrafa y ésta pasó a ser la prueba del nueve porque el contacto fue después de todo suficientemente revelador y ambos se miraron como descubriéndose. A continuación había venido el larguísimo análisis, otra vez la palabra lealtad saltando por sobre el búcaro sin flores y el cenicero con puchos, deteniéndose a veces en los rudos nudillos de él y otras veces en el fragante escote de ella, y Graciela, por ahora más atormentada que feliz, yo comprendo que es una situación injusta pero a esta altura del partido no puedo mentirme a mí misma y demasiado sé todo lo que le debo a Santiago pero evidentemente esa convicción no es un seguro vitalicio contra el desapego conyugal, y Rolando por su parte, por ahora más desconcertado que feliz, tomémoslo con serenidad, tomémoslo como si Santiago estuviera presente en nuestro diálogo ya que él es una parte indescartable de esta situación, tomémoslo como si Santiago pudiera de veras comprenderlo y sobre todo comprendiéndolo en primer término nosotros. Y así hablaron y fumaron durante un par de horas, casi sin tocarse, barajando soluciones y resoluciones, sin atreverse todavía a desmenuzar o planificar el futuro, prometiéndose un tiempo para habituarse a la idea, prometiéndose asimismo no hacer demasiadas locuras ni tampoco demasiadas sensateces, y Rolando sintiéndose cada vez más hipnotizado por los verdísimos ojos de ella y las piernas de ella y la cintura de ella, y Graciela evidentemente turbándose con esa reacción que sin embargo quería y esperaba, y Rolando empezando a enamorarse de esa turbación, y Graciela de pronto resbalando inerme hacia un sollozo nada premeditado y por tanto persuasivo como pocos, y él tomándole el rostro con ambas manos y sólo entonces notando, en el dulce contacto con los labios de ella, que de puro azorado se había mordido los suyos cuando una hora antes ella había dicho sueño con vos.>>1442E330C

Verano del 94

Habría que volver a las chicas guapas sin escote,
las notitas en los pupitres y los sándwiches de Nocilla.
Retornar a aquel junio en el que Indurain no pudo con el pirata Pantani.
Veranos de siesta y pipas sin sal en los bancos de la glorieta.

Volver a aquella casa de alquiler,
a aquella inocencia tan por estrenar.
A tener y no saberlo, la vida entera por delante.

Pero para volver habría que olvidar lo que hemos aprendido:
que España al final sí ganó un mundial,
que los veranos también se acaban,
que hay sitios a los que decidimos no volver
y personas que simplemente desaparecen.

¿Te acuerdas?

Por las noches salíamos a perseguir dragones,
a cuchichear sobre Ana la granjera.
El futuro más lejano era el próximo septiembre,
y el miedo una película de Freddy Krueger.

En la trastienda del estanco nos reuníamos frente al video VHS,
a darle al pause cuando la Stone fumaba cruzando las piernas,
A descubrir que la sexualidad se esconde tras píxeles negros
y la niñez una vez se va, nunca más se recupera.

Habría que volver a las meriendas en el parque,
a la calle como único refugio,
volver a creer en nuestros padres.
Retornar a aquellos días sin reloj, ni horarios, ni responsabilidades.

Pero para volver habría que olvidar lo que ya sabemos:
que hay cosas que no tienen marcha atrás,
que algún día los domingos serán tristes,
que ir a Asturias no es dar la vuelta al mundo
y que las heridas que más duran no son las de las rodillas.

¿Te acuerdas?

Te cuento esto porque se acerca irremediablemente otro verano
y yo no puedo dejar de pensar
en lo que daría por volver
para siempre a los noventa.

Decrecer,
en vez de hacerme mayor.
Desistir,
en vez de empecinarme en echar leña a un fuego que no prende.

Eso sí, no vengas a decirme que estoy siempre con lo mismo,
que evadirme con mis cuentitos no sirve para nada.
Déjame escapar por un rato de este denso presente,
que nos ahoga, que te constriñe,
tan constante y predecible
que solo sirve para preguntarse “qué hubiera pasado”.

Y cenar en zona neutra
una vez cada tres meses
y quedarse con la ganas
en todas las despedidas.

Ganas de ti después de verte.
Ganas de que me preguntes todo lo que callas.
Ganas de que esto no hubiera ocurrido.
Ganas, muchas, de llamar para decirte
que al final va a resultar
que nunca dejé de echar de menos lo que pudimos haber sido.

Que todas esas frases que dijimos
ni nos salvan, ni se pasan,
ni con el tiempo son mentira.

Y que este junio daría lo que fuera por volver al pueblo,
a la glorieta,
a las tardes de verano comiendo pipas,
a quedarme hasta tarde con mi padre
para ver a España empatar contra Corea
y a Tassotti romperle la cara a Luis Enrique.

A sacar el coraje suficiente para decirle a Anita que me gusta.

Y que no me jodan
que esto es no es nostalgia
sino la extraña sensación de que cuando éramos niños
los veranos no eran tristes
y olvidar aún posible,
porque no te conocía.

La Cara Rota

Yogures caducados

NoSkaters

Te has parado a pensar por qué cuando llueve no salen los skaters
o se esconden los músicos callejeros.
Por qué no se quieren mojar los gatos, ni las palomas.
Por qué los hoyuelos solo aparecen cuando ríes.
Te has parado a pensar, cariño, por qué el muy joven quiere ser viejo
o el viejo prefiere siempre estar preocupado.
Por qué los poemas hablan todos de lo mismo,
por qué los que escribimos nos repetimos tanto.

– Hola guapa, te llamaba porque estaba cruzando el puente. No deja de llover y no he podido evitar pensar en ti.
 Estoy trabajando cielo y si me llamas más tarde.

Te has parado a pensar por qué acabamos haciendo lo que más nos hiere,
qué tipo de insectos a la luz somos nosotros a la derrota,
o para cuánta gente la insalvable proximidad del metro
es, día a día, lo más parecido a intimidad con otro sexo.
Por qué cuesta más contar ciertas cosas que callarse.
En qué momento no pensar fue mejor que saltar al vacío.

– Cariño, despierta, te quería preguntar qué harías si nunca más tuviéramos que dormir. Si el sueño fuera tu aliado en vez de un mal necesario.
 Déjame descansar, no empieces, que mañana a las 8 me levanto.

Te has parado a pensar si tu respiración es mi mejor recuerdo de los últimos meses.
O desde cuándo pasamos más tiempo tumbados juntos que cara a cara,
que ya solo nos quitamos la ropa para ducharnos,
que la cena pasó de fiesta a liturgia y a nadie ya le importa.
Llegó la hora, supongo, de averiguar cómo el tiempo desterró al deseo
o de qué clase de elemento corrosivo está compuesto el cariño.

– Por fa, llega tarde a esa reunión, nada te queda igual que esa camisa blanca con el cuello desbocado. Quédate hoy aquí conmigo. 
– Dame un beso tonto y apaga la cafetera que se está quemando. Recuerda además que hoy tenemos cena. Vienen Toñi y Juan a ver el partido. ¿Lo habías olvidado?

Te has preguntado alguna vez por qué amar a otro suele ser la solución más fácil.
O cómo se siente el artista invitado en una obra sin bises.
Una obra en la que los actores comen cebolla para joderse los besos,
y el público, sin disimulo, mira constantemente sus relojes.
¿Eres consciente, como ellos, de la caducidad que nos acecha?
Cuándo fue que dejamos de sumar meses para descontar días,
como un reo cumpliendo condena, como el último yogur de la nevera.

Mensaje de texto: “Hoy no iré a cenar, mañana tampoco.”
Respuesta: “Estoy en la pelu, no seas así. Te veo a las nueve. 1 beso”

Te has preguntado, ahora, cómo fue leer nuestro último beso en vez de dártelo.

Desde entonces ya nunca deja de llover en tu lado de la cama y, por supuesto,
sigue sin haber skaters,
ni palomas,
ni gatos.

¿Te has parado a pensar?

 

Epílogo I (AKA Julio)

The unhappy ending

Fue extraño verte de nuevo.  Era una fiesta a la que ninguno estaba invitado pero a la que ambos decidimos ir. Nos presentó un amigo de tu amiga. Yo sonreí y antes de que dijera tu nombre interrumpí: “Sí, creo que nos hemos visto antes”. En ese momento empezó a llover.

No hablamos en toda la noche y jugamos a no encontrarnos sin perdernos de vista. Pasaban las horas y se cruzaban confusos los recuerdos. En mi memoria una y otra vez esa mañana en la que no hubo buenos días. Esa mañana en la que busqué a tientas tu cuerpo somnoliento acostado junto al mío y pensé que si no estabas –que no estabas– al menos la guerra habría terminado.

“La dulzura no me sienta bien” fue tu respuesta el día que nos conocimos. Recuerdo ir directo a por ti,  decidido a llevarte conmigo. No fue amor a primera vista porque ninguno veía nada. Demasiadas copas para entender que aquello que no supe decir en ese momento ya se diría solo por la mañana.  Esa noche empezó la locura por unos labios que quemaban, como un sol en una boca, y que todas las madrugadas me volvían a hacer caer desde donde quiera que estuviera. Al día siguiente, espalda contra espalda, dijiste que me mordiera la lengua que no tenías prisas por creer, me dijiste que tú podías confiar tanto como engañar. Sin ninguna capacidad crítica nos agarramos a unas promesas en peligro de extinción.

“¿Cuánto rato debería quedarme?” preguntaste mientras te vestías. “No te preocupes que me iré yo primero” contesté consciente de que a partir de ese día ya nada sería lo mismo. Salí y te dejé sola en la habitación en la que me hice mayor. Ya sabes que el error fue pensar que después de aquello aún podíamos elegir algo.

Tú fuiste eso que yo tanto deseé, por eso te di lo que te di, por eso no siento haberte conocido. No siento que todo se acabara, lo único que siento es que no haya nada ya que salvar. Ni que decir.

La fiesta seguía su curso y yo solo quería acercarme a ti y ser suficientemente valiente pare confesarte que lo que de verdad aprendí es que una vez superas esto ya no vuelves a mirar atrás. Me hubiese gustado ofrecerte una copa pausadamente, alargando el gesto, para recordarte que no es nada más que tiempo –y una cara bonita– lo que perdiste conmigo.

Y si lo piensas ahora te das cuenta de que yo elegí sentir y tú no pudiste elegir nada. Que sentir nos venía grande. Intentamos llegar hondo y ni siquiera supimos entrar, por eso ahora que ya estás fuera de mí se ve la belleza de lo que fuimos. Ojalá pudiéramos decir aquello de “arrepintámonos de nuestros pecados”.

Tú ahí seguías, ajena al tiempo, arropada en una esquina sin evitarme ya la mirada. Te veía conversar con todos y solo podía imaginar que ese momento del que tanto hablábamos llegará algún día y te enviaré una postal para contarte mis novedades desde la casa esa en la que nunca vivimos. La casa abandonada donde empieza la carretera a lo real. Te enviaré postales y te preguntaré si en tu piel de porcelana mi cicatriz acabó pareciendo una simple mota,  te preguntaré si finalmente encontraste algo que le saque brillo a la rutina.

Y la fiesta se acabó por fin y sincronizamos nuestros pasos buscando refugiarnos en el mismo taxi. Hicimos el trayecto en silencio mientras cruzamos de norte a sur la puñetera ciudad. Tú pensabas todo el tiempo que yo estaba triste, yo únicamente intentaba recordar tu nombre.

Por eso te escribo, para decirte que al final me fue imposible recordar cómo te llamas y que si alguna vez volvemos a coincidir quizá sería mejor hacer como si no nos conociéramos.

Y es que, como dice la canción,  cuando no queda nada por quemar es hora de prenderse fuego.

Life was supposed to be a film
Was supposed to be a thriller
Was supposed to end in blood
But life could be nothing but a joke
A sentimental little con
Where’s my unhappy ending gone?

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Disclaimer: Lo que acabas de leer no tiene nada de original, es un collage desordenado (y mal traducido) de frases de tres canciones que no puedo dejar de escuchar.

Stars – Midnight Coward

Stars – In Our Bedroom After The War

Stars – Your Ex-Lover Is Dead

Por eso este post está dedicado con todo el cariño a @Zaharapop que sin saberlo me descubrió el discazo (y me alegró un domingo) cuando escribió esto. ¡Gracias!

Me encantan los discos en los que todas las canciones cuentas historias y este es uno de ellos: Stars – In Our Bedroom After The War ¡Qué letras!

Y para acabar el vídeoclip…que además hace referencia a Eternal Sunshine of The Spotless Mind (Peliculón!)

imageshttp://youtu.be/55FMOJMhV9s

Casi me han salido más créditos que texto…que no se pierda el dramatismo…

When there is nothing left to burn, you have to set yourself on fire!!!

No más Mayos

Mayo es el fin de un personaje de cuento que ya no tiene historia donde resguardarse. Mayo es una señal de no hay salida justo cuando dejabas atrás la oscuridad del túnel. Es emoción contenida. Es rabia. Es un empacho de imposibles.  Mayo es ganas de alargar la mano, que hace tiempo que no estaba tan cerca de tu rostro, y acariciar tu mejilla con un gesto que vengo ensayando desde hace demasiados abriles. Te debo a ti los instantes más preciados, años rebobinados en segundos al recordar un tacto que nunca dejó de acompañarme. Mayo eres ese temor que a veces es virtud y casi siempre el peor de mis defectos. Un miedo que alimenta al loco que forma parte de uno mismo. Bradbury escribió aquello de “Ve al borde del precipicio y salta. Constrúyete las alas mientras caes”. Yo salté, yo construí mis alas pero la hostia no me la quitó nadie.

Y es que 2013 no podía traer un mayo cualquiera, no lo fue abril, no lo fue marzo y mucho menos Febrero. Mayo trajo un final que no es otro que todos los finales. Tres días en los que mi vida se convirtió en pasado y el futuro en algo que no entiendo. La pena más grande no es otra que la aceptación de lo que ya no puede ser. El desengaño o la tristeza no son comparables a las emociones desgarradas de enfrentarte a preguntas que ya nunca tendrán respuesta. El alma en carne viva.

Antes de irte te miré a los ojos como el que intenta verse pestañear en un espejo, buscando eso que solo se esconde tras los abrazos de despedida. En esos besos que no nos dimos cuando nos despedimos, ya no de lo que fuimos, sino de lo que nunca llegamos a ser. Porque nunca fuimos lo que imaginamos, ni imaginamos un final tan impredecible como adecuado: tú viviendo la vida que decidiste vivir, de felicidad sencilla y encontrada; yo peleando la que me dejaste como única opción, en una búsqueda en círculos de algo que seguramente no existe. Nos conocimos en una montaña rusa de la que nunca supe bajar, hiciste bien en saltar en marcha.

Dijiste que soy como una droga que reaparece por generación espontánea, dijiste que temías mis mails que son granadas a destiempo y dijiste que durante mucho tiempo solo te imaginaste una vida conmigo. Me gusta saber que por lo menos en algo siempre estuvimos de acuerdo.

Te uniste, tarde, al club de las que dicen que exijo demasiado pero llegaste a tiempo para sumarte a la condescendía del “encontrarás a alguien”. Yo te hice saber, una vez más, lo guapa que estabas. Ni siquiera tus hoyuelos me devolvieron el cumplido. Ojalá pudiera dejar de ser yo por un rato.

Menos mal que mi especialidad es reconstruirme porque sería muy fácil hundirse ahora. Pensar que ya no queda nada que pueda sorprenderme. No quiero ser un muerto en vida, alguien a quien mató una sobredosis de expectativas. La desoladora imagen de un idealista derrotado.

Por eso quiero darte las gracias por tu último regalo, que no fue esa pluma con los puntos suspensivo ni tampoco el abrazo más emotivo del mundo. Tu mejor regalo no fue descubrir que quien yo conocí sigue existiendo en alguna parte, ni tampoco la paz de aceptar que este era el único final posible. Y es que tu mejor regalo fue hacerme entender que no quedan más despedidas.

Mayo, acabaste con marzo, me ayudaste a entender Febrero y bajaste los humos a un abril desmedido. Te llevaste contigo todo los futuros posibles para dejarme el único que vale, el de ahora.

Entiende que este año no haya más meses y que el 2013 por mí ya podría ser “hace diez años”.

Quiero volver a atrás o dejar de recordarlo todo. A qué mala hora me enseñaste que lo difícil del primer amor no es olvidarlo, sino aprender a vivir con su recuerdo.

Mayo, ahora sí que ya no espero nada de ti. Casi ni de mí. Porque esperar fue el único error imperdonable.

Querido Mayo, ¿cómo seguimos después de esto?, llegaste tan cargado de finales que incluso este blog carece ya de sentido. Porque prometí no divagar nunca más sobre nosotros ni volver a escribir pensando en ti. Quise desterrar contigo el uso de la segunda persona y no lo he sabido cumplir y ahora ya no sé si he faltado a mis promesas o a mis principios.  Porque ya no basta con ser fiel a los finales. Contigo ya no.

Me despido de este tú que vuelves a ser tú y de este yo que escribió mientras hubo algo que decir. Hoy –y por ahora–  la memoria vuelve a pesar demasiado y me ha pedido un descanso. Hace un tiempo que escribir dejó de ser algo positivo.

Te deseo que seas feliz y aunque no necesites mi bendición cuenta con ella.

Vete sin miedo porque tu ausencia solo deja ya tranquilidad. La tranquilidad de saber que ya nunca podremos hacernos daño.

Prometo no volver a dirigirme directamente a ti. A ver si esta vez puedo cumplirlo.

Fin.

...

LA SED INSACIABLE

Decir adiós… La vida es eso.
Y yo te digo adiós, y sigo…
Volver a amar es el castigo
de los que amaron con exceso.

Amar y amar toda la vida,
y arder en esa llama.
Y no saber por qué se ama…
Y no saber por qué se olvida…

Coger las rosas una a una,
beber un vino y otro vino,
y andar y andar por un camino
que no conduce a parte alguna.

Buscar la luz que se eterniza,
la clara lumbre durarera,
y al fin saber que en una hoguera
lo que más dura es la ceniza.

Sentir más sed en cada fuente
y ver más sombra en cada abismo,
en este amor que es siempre el mismo,
pero que siempre es diferente.

Porque en sordo desacuerdo
de lo soñado y lo vivido,
siempre, del fondo del olvido,
nace la muerte de un recuerdo.

Y en esta angustia que no cesa,
que toca el alma y no la toca,
besar la sombra de otra boca
en cada boca que se besa…

José Ángel Buesa

[Relato] Enhorabuena

Hacía tres años y siete meses que no nos veíamos. Yo cumplía treinta el día que me dijiste que con él todo era más fácil. No nos volvimos ver hasta hoy. Fueron casi diez años juntos de los cuales tres vivimos en aquella casa.

En la notaría estaba todo ya dispuesto para la firma que acabaría con lo poco que quedaba de aquel sueño tan lejano como imposible. A mi izquierda la chica de la inmobiliaria mascaba chicle sonoramente mientras amenizaba la espera con conversaciones de lata. Al su lado el señor notario se limpiaba las gafas con el final de una corbata antigua, triste y gris, perfectamente a juego con la escena. Al otro lado de la mesa el comprador recién aterrizado de Canadá. Nunca imaginé que traspasaría mis recuerdos a alguien que lleva chanclas en mayo. Afuera llovía. Llovía y hacía frío porque ese día no se merecía otra cosa. Para acabar el reparto teníamos sentados, uno frente al otro, al apoderado del banco y al administrador. Menuda calaña. Ellos hablaban del tiempo y de las virtudes de la comida española, yo hacía rato que dejé de escucharlos a todos. A mí derecha una silla vacía donde en cualquier momento te sentarías tú.

Apareciste entre las puertas corredizas con la misma mirada que cuando entraste tarde y por primera vez a la clase del instituto donde nos conocimos. Y es que tu cara fue siempre un jeroglífico de expresiones que se me dio muy bien descifrar y reconozco que los nervios te hacen aún más interesante. Al verme reíste con todo el cuerpo, recordándome de golpe por qué me volví completamente loco por ti. Sonreías igual cuando por fin conseguía cambiarte el humor en medio de nuestras discusiones. “Es imposible enfadarse contigo“, me decías y yo intentaba extirparte tu pena crónica a base de besos.

Llevabas gafas nuevas de Tous, un vestido corto muy rosa que combinaba a la perfección con el fular, el bolso y esas bailarinas gastadas por las puntas.  “Pero si nunca te gustó el rosa” alcancé a pensar mientras descubría tu brazo, como una exclamación al final de una frase inesperada, arropando con cariño una barriga de siete meses. ¡Sorpresa!

Mi primer instinto fue esperar a que te sentaras y alargar mi mano para coger la tuya, mirarte a los ojos que ahora me evitaban y llorarte una enhorabuena. Como si la noticia nos la acabaran de haber dado a los dos. Como si fuera hace tres años.

Conté los segundos mentalmente hasta casi los cien y por fin me miraste. Estabas roja de vergüenza y tan preciosa como siempre. “Enhorabuena” te dije y gracias al silencio absoluto que se formó en la habitación pude oír al cansado señor notario pensar: “ah… ¿no lo sabías?”

La del chicle dejó por  un momento de mascar obsesivamente, tan mona como poco recatada, se recostó sobre la mesa para acercase a ti y te dijo al oído: “¿se me olvidó preguntarte el estado civil?”. “Casada” contestaste. Y otra vez roja y otra vez sin mirarme el proceso se repitió. Menos de tres minutos llevabas en la habitación cuando lo dije por segunda vez: enhorabuena. Esta vez el señor notario no pudo reprimirse: “¡Joder menudo día!”

El resto carece ya de importancia, pagar para deshacerse de un piso porque vendes por debajo del precio de la hipoteca empieza a ser algo común en esta economía del absurdo. El canadiense se mesaba la barba mientras comprobaba nuestros cheques. Dieciocho mil euros nos costó volver a ser tú y yo después de toda una vida siendo nosotros.

“¿Te da tiempo para un café?”, pregunté  y asentiste con la connivencia de saber que todo se ha acabado. Yo lo llevaba bastante bien hasta que te toqué la barriga y noté que algo se me rompía por dentro. No sabría decirte qué fue lo que pasó pero supongo que fue la sensación de no ser nadie ya. Había soñado siempre con ese gesto pero no en una cafetería, no el uno frente al otro y sobre todo no con la ilusión puesta en un futuro en el que yo solo era un extraño.

Tengo casi 34 años y allí sentado frente a ti tuve que enfrentarme a todos los caminos que nunca escogimos. A toda esas decisiones que nos trajeron hasta este día. Ya nunca sería padre con la primera mujer que amé. Me sentía feliz por ti pero notaba como me desangraba poco a poco en plena hemorragia de recuerdos. Tenía que salir de ahí. Ya estaba todo dicho.  Aun así llegó la hora de despedirse y preguntaste: “¿A que de todas la posibles entradas no te esperabas una como esta?”. Automáticamente repliqué: “no, de rosa no.” Y te reíste alegando que no era rosa sino coral, pero ya no importaba. Al rato te fuiste y yo me alejé para siempre pensando que la gente cambia mientras todo sigue igual, que supongo que es la lección que aprendí aquella mañana en la más triste de las notarías después de un café de casi veinte mil euros.

Y me senté en un bar a escribir esto, comprendiendo que la pena no era haber llegado al final sino aceptar que lo volvería a vivir todo aun sabiendo cómo acaba.

Enhorabuena.

Comala otra vez (AKA: La parábola de las empanadas)

Corría el año 2002 cuando el, muchas veces mencionado ya, Maestro Sabina cantaba aquello de “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.” Yo recuerdo perfectamente la primera vez que oí esa frase.  Fue en un concierto acústico de la gira “Nos sobran los motivos” al que por alguna razón que ahora no recuerdo fui solo. La canción la había escrito para Ana Belén pero era tan jodidamente buena que no pudo resistir sacarla en su siguiente disco: “Dímelo en la Calle”. Disco flojo donde los haya pero al que le siguió una reedición disco-libro ilustrado llamada “Diario de un peatón” que lo salvó. Esta edición contenía otra perla que nunca se ha tocado en concierto y que para mí sigue siendo la mejor historia de corrupción y cuernos que he oído jamás: “Doble vida”.

Bien. Todo eso lo cuento porque desde que oí esa canción en aquel concierto no dejé de preguntarme qué sería “Comala” y qué tenía que ver con tamaña verdad. Tuve que esperar hasta tener el cedé con la transcripción de las letras para darme cuenta de que Comala era un nombre de ciudad. Google por entonces ya te permitía resolver misterios imposibles y así fue como descubrí que Comala era el lugar donde Juan Rulfo daba rienda suelta al monólogo interior de Pedro Páramo. Corrí pues al Corte Inglés y compré ese libro que me leí de tirón una tarde en el antiguo cauce del río. Reconozco que no disfruté de la lectura, devoraba el libro intentando desentrañar los secretos que escondía aquel misterioso pueblo. La narrativa, compleja y repleta de símbolos, me hacía ir de atrás adelante en lo leído, tratando de encontrar sin éxito alguna explicación a mis preocupaciones.

Muchos, muchos años después, releería el libro y aprendería que esa novela se considera unos del los máximos exponentes del archifamoso realismo mágico. En esa segunda lectura creo que sí disfruté de la novela. En 2002 solo quería comprender por qué no se podía volver a  Comala, sin entender que eso no se aprende en los libros.

Y desde entonces ese pequeño pueblo perdido de México se convirtió en un símbolo para mí, en un recordatorio de lo difícil que es revivir algo por mucho esfuerzo que pongas. Una palabra que nunca me ha dejado de acompañar. Corre ya el 2013 y todavía cuando vuelvo a sitios donde fui feliz no puedo evitar susurrar en voz baja: “….no debieras tratar de volver…”

Esta pequeña reseña medio musical, medio literaria y sin muchas pretensiones me sirve como introducción a lo que vendremos a llamar “la parábola de las empanadas argentinas”

La parábola dice así…

 Al entrar no pude evitar recordar una vez más aquella famosa frase de Sabina.  “No debieras tratar de volver” me decía una y otra vez a media voz: “no debieras tratar de volver”. La chica me miraba extrañada pero, consciente como era de que estoy un poco loco, no dijo nada. La última vez que nos vimos me despedía de ella en un taxi que acabábamos de parar juntos, sin decir nada más que “toma, he disfrutado de la cena, te doy este dinero y te vas a casa.” Aún no entiendo por qué me volvió a llamar. Yo debía haber elegido otro sitio para esta segunda cita, pero reconozco que el ambiente íntimo, las luces rojas, la música en directo y el innegable atractivo del nombre del local hicieron que no le diese más vueltas: el Trovador sería el sitio.

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La carta de vinos era escueta y overpriced, como acompañamiento a cualquier bebida te ponían palomitas picantes y la camarera parecía sacada del otro lado del espejo de Wonderland.  Nada de eso me importó la primera vez que vine. ¿Qué había cambiado?

La decisión a la hora de pedir comida era fácil y se limitaba a sus dos platos estrella: empanadas argentinas y rollitos primavera al estilo tailandés. Pedí uno de cada.

Cuando la camarera por fin trajo las empanadas junto a la segunda botella de aquel horrible vino chileno. Ella me miró aparentemente preocupada y me soltó:

–¿Prefieres empanada o rollitos? – a lo que yo rápidamente repliqué.

–Yo soy mucho más de empanadas que de rollos – y sonreí.

Ella pareció no apreciar la sutil ironía y tras una interminable pausa durante la que no dejé apagar mi sonrisa más ensayada, ella por fin pareció decidirse.

–Hoy comienzo una nueva dieta, si no te importa, ¿te comes tú las empanadas? – todo esto sin ni siquiera devolverme un amago de algo parecido a una sonrisa.

Yo no sabía muy bien si me estaba siguiendo el juego o realmente se negaba a compartir lo que había sobre la mesa. Consciente de que aquello iba a ser imposible de remontar aparté el plato y me dispuse a comerme yo solo mi enorme empanada. Mientras, ella disfrutaba de sus insípidos pero ligeros rollitos. Genial. El resto de la noche fue tan aburrido como previsible.

Mucho tiempo después comprendí que hasta el más frugal de los rollos (y más en primavera) esconde en el interior un poco de pasta de empanada. Recuérdalo en tu próxima cita.

Fin.

Hasta aquí mi simple parábola y su tonta moraleja. Sin querer ponerme prosaico he de decir que –empanadas y rollos aparte– esa cita me sirvió para recordar que mi comida preferida sigue siendo la de buenos días. De eso sí que no cabe duda

La Hipérbole de la Zona de Confort (AKA: El desvío que nunca cogimos)

Llevábamos desde el mediodía en la cama, nos había dado tiempo a dormir, a sudar y hasta a sentirnos incómodos por sacar a relucir, una vez más, esas preguntas que llevábamos demasiado tiempo postergando. Cuando los sábados por la tarde bebía cervezas en aquella terraza de Fulham deseaba pasar las horas aquí contigo, hoy lo cambiaría todo por una pinta sin prisa, ni preguntas, ni porqués.

Te dije que sería buena idea ir a cenar, necesitaba aire fresco, y tú dijiste que te daba igual: Nada duele más que la indiferencia. Salimos andando de nuestro pequeño apartamento en Earls Court, “¿Te acuerdas cuándo entramos aquí por primera vez?” estuve a punto de preguntarme, pero tú estabas demasiado atenta a tu móvil y yo no quería molestar.

Anduvimos hasta el 606. Por el camino yo intentaba rescatar del olvido la cara que pusiste el día que entramos juntos por primera vez. Te aseguré 606 Clubque aquel era el mejor sitio de Jazz de la ciudad, “soy tuya, llévame dónde quieras esta noche” dijiste mientras te vestías de nuevo en uno de esos días en los que uno se quedaría a vivir para siempre. El lugar, ese antiguo almacén a las orillas del Támesis, no ha perdido el encanto del primer día. Sigue ahí la misma lúgubre puerta que tan mala espina te dio cuando esperábamos a la intemperie, sintiéndonos observados desde la mirilla. “Use the buzzer” ponía y recuerdo que mientras aquel conserje con aspecto de mercenario nos inspeccionaba, tú me abrazabas instintivamente buscando seguridad.  Yo mientras –lo confieso– no dejaba de pensar en llevarte de nuevo a mi cama.

Volvimos al 606, sabiendo que nada es ya lo mismo, conscientes de cómo nos estamos distanciando. Nos sentamos uno frente al otro, muy cerca de trompetista, sabiendo que esta vez yo no pediría cambiar el sitio para poder pasarte la mano por la espalda y que tú ya no me preguntarías porqué nunca te había dicho lo guapa que estabas. Atrajiste las miradas del local con ese vestido corto y negro que tan bien había aprendido a quitarte sin la torpeza de las primeras veces. Llevabas el pelo recogido dejando a la vista ese cuello que alguna vez fue mi religión.YJE BlueShift-04-web

La música empezó y cada uno se evadió en sus propios pensamientos. Yo no sé si estabas abstraída por la música, como aquella vez que me hiciste escuchar Chopin durante horas para explicarme qué era la cadencia interrumpida, o quizá pensabas en lo duro que sería volver el lunes a esa oficina que estaba matando tu creatividad y desmoronando tu sonrisa. El ruido, o la desidia, hicieron que no llegara a preguntártelo. Lo que sí tengo claro es qué pensaba yo durante esos riffs improvisados: Yo quería salir de allí, huir de aquella pequeña celda que habíamos construido con tanto cariño y sin darnos cuenta.

La primera vez que me preguntaste cuánto tiempo estaría en Londres te contesté convencido –casi arrogante- que estaría hasta que me sintiera cómodo, que luego habría que marchar. Te solté toda aquella charla enlatada sobre la zona de confort y lo importante que era hacer aquello que te daba miedo: “Whatever scares you, go do it.” No sé si por entonces te sedujo mi locura o ese idealismo tan teórico como ingenuo. Algo sin duda hizo clic, por eso a las cuatros semanas estábamos viviendo juntos. ¿Te acuerdas?

Hoy sentado frente a ti en el lugar donde esto empezó, me doy cuenta de cuánto nos hemos acostumbrado a todo. Hasta las sesiones de jazz en sótanos clandestinos nos parecen algo cotidiano y por más que lo pienso me cuesta saber qué es ahora lo que nos da miedo. ¿Nos pasó acaso como en aquel relato de Benedetti donde él dice que daría cinco años de su vida por enamorarse de aquella preciosa mujer y de repente se da cuenta de que los años pasaron y ya no se quieren? ¿Tú crees que nos ocurrió eso a nosotros? Yo te miro y sé que sigues siendo lo mejor que me pasó nunca, aunque ahora no tenga ni la más remota idea de qué nos está pasando.

Pienso en Singapur, en New York, en Buenos Aires, en todas esas ciudades que nos permitirían empezar de nuevo. Pienso que eso no es más que huir, cambiar el problema en vez de encontrarle solución. Pienso que quizá llevo haciendo eso demasiado tiempo y que al cambio, como a la rutina, también se hace adicto uno. Pienso que todavía te quiero aunque haga meses que no te lo diga.

Se acabó la música y se vació el local, la camarera trajo otra jarra de agua mientras yo pagaba sin dejar de pensar que al llegar a casa te escribiría esta carta.

Tú ahora duermes en ese diminuto cuarto en el que me hiciste poner persianas para que no te molestara el sol. Duermes y sé que ningún sueño puede mejorar estos tres años de felicidad que nos hemos regalado. Yo escribo mientras dejo que suenen una y otra vez todas nuestras canciones. No puedo comprender porqué pero sé que esto se acabó. En este país que nunca deja de llover hoy agradezco más que nunca ese sonido desordenado acompañando mis teclas. Todo se terminó, como dicen por ahí: gastamos el amor de tanto usarlo.

Saldré sin despertarte y no cogeré nada porque nada me llevo. Todo lo que soy ya te lo di.

Ojalá esto sirva para que vuelvas a escribir poesía y yo empiece por fin ese libro que llevo años postergando.

Fue en el viejo garito de jazz, mientras te quitaba el abrigo, donde entendí que irme es hoy por hoy lo que más me asusta el mundo. Tú y yo prometimos ser fieles a una única verdad: “Whatever scares you, go do it”.  Y las promesas solo cobran sentido cuando se cumplen.

Espero que sepas perdonarme, el lado bueno es que esto se acabó justo cuando empezaba a ser aburrido.

Una pena lo sé, pero los dos intuíamos que –como la Nada en Fantasía– la Zona de Confort acabaría por alcanzarnos. Quizá nos faltó encontrarle un nombre.

Te quiero. Me voy. Y está todo dicho.

Dedicado a las princesas que no se creen que lo son y a los nombres que nunca usamos.

Fantasía 2013.

Disculpas anticipadas

Perdón por escribir pensando en ti. Perdón por creer que podríamos olvidarlo todo y hacer como si nada. Perdón también por pensar que esto –sea lo que sea– se cura.

Disculpas anticipadas por dedicarte mis domingos, mis más sentidos arrepentimientos por idealizarte y convertirte en algo mucho mejor en mi memoria. Lo siento si de alguna manera acabé siendo una parte inevitable en tu vida.  Nada de eso fue a propósito.

A mí también me cuesta entender por qué no me deshago de tu recuerdo por más que pase el tiempo, por qué me ofusco en volver una y otra vez a esos encuentros cada día más borrosos. Ni siquiera aplica ya esa tontería de que el dolor me hace sentir más vivo. Ya no.

Tú ahora tienes hijos, felicidad y por fin decidiste tintarte el pelo.

Yo sigo aquí, haciéndome mayor, en una ciudad que duerme mientras yo me comprendo.

Pero no me quiero despistar, yo solo quería pedirte perdón.

Perdón por escribir pensando en ti, aunque todavía no te conozca

Palabras la tierra

Parafernalia la mía. Pantomima a su madre. Pentecostés y gastos. Patidifuso y emborronado…y así con todo.

Peliagudo u obtuso. Paquidermo sino para soñar. Paliativa y otros impuestos. Pelmazo de hierro. Paciencia infusa. Parabién o mal.

Epístola cargada. Plusvalía lo suyo. Pretexto de apoyo. Persevera educación. Pausados sin tres. Pentagrama y medio. Paliza la bandera.

Pirotécnica depurada. Permisiva asesina. Perfecto mariposa. Purista gram. Pústula llevas. Pastrami que me cuentas. Palabras la tierra.

Princesa la guerra. Puesto mentira. Pernoctarte dentro. Paquete metes. Puente sigo queriendo…y así con todo.

[Relato] Sin recuerdos no somos nada

Mi trabajo era un trabajo peculiar. Yo decidía qué se podía borrar y qué no. Formábamos un grupo reducido de gente elegida tras un largo y tedioso proceso que no vale la pena recordar. Nuestra tarea consistía en procesar cada día las miles de peticiones de gente que quería eliminar datos de su memoria. Peticiones que, tras ser cuidadosamente filtradas, casi siempre requerían de una entrevista con el individuo en cuestión para decidir si su petición era aceptada o no.

En el Congreso de Petroria se decidió que no eliminábamos recuerdos amorosos, había que priorizar aquellos causados por desastres naturales, traumas, delitos o pérdidas de seres queridos. La prensa lo llamó el “Love’s Disdain” y generó mucho revuelo durante los meses posteriores al congreso. Sin embargo, con el tiempo se aceptó. Por todos era sabido que había otras maneras de borrar recuerdos, modos alternativos siempre asequibles para aquellos que quisieran arriesgarse, pero cada vez las medidas de seguridad eran mayores y la posibilidad de borrar tu propia memoria por completo era más alta. En el argot se conocía como “brickearte” y a la gente que le pasaba era fácil reconocerles por sus ansías de generar nuevos recuerdos o por su total desapego por la vida. No existía un término medio. Esa gente había olvidado quién era en realidad. Eran solo fantasmas viviendo un presente en el que no se reconocían.

Mi especialidad era detectar fraudes, estafas y demás delitos menores. La gente había desarrollado una gran creatividad para intentar borrar memorias que de alguna forman fueran incriminatorias y yo tenía un sexto sentido para descubrir esas argucias. Los visionados del jurado eran la única y más eficiente manera de inculpar a alguien en un delito. Estas medidas ayudaron a bajar drásticamente los niveles de delincuencia. La dureza de la condenas hacía que la gente hiciera cualquier cosa antes que delinquir. La razón era simple: las cárceles eran la exaltación de la crueldad. En ellas se te privaba de generar nuevos recuerdos y de los antiguos solo te permitían guardar aquel que te llevó allí. Así que podías pasarte 40 años viviendo una y otra vez la noche en la que decidiste disparar al amante de tu mujer. Eso sí, lo recuerdos eran cuidadosamente seleccionados para que nunca más pudieras verle la cara, ni ninguna parte de su cuerpo, a las personas que de verdad te importaban. Se quedaban con el momento en el que surge la culpa o el arrepentimiento y por muy corto que fuera te dejaban eternamente viviendo en esos segundos de tu vida. Sin opción de escapar. Una y otra vez. Hasta el final de tus días. No se me ocurre condena peor.

La mañana que me saltó su petición era una mañana cualquiera, de esas que te levantas pensando que será un día más pero que sin saber cómo acaba convirtiéndose en el día que tomaste la decisión que cambia tu vida. Cada agente podía programar sus propios filtros además de los que venían por defecto y por eso yo era considerado uno de los mejores. Mis filtros eran capaces de detectar las peticiones falsas con mucho mayor porcentaje que los de mis compañeros. La programación de los filtros era privada y el mayor tesoro de cada agente, por eso nunca nadie supo que la regla que se disparó aquella mañana simplemente tenía su nombre. Si ella quería borrar algo yo sería el primero en saberlo. Y así fue.

Hacia 15 años que no nos habíamos visto y ella ni siquiera sabía que yo era uno los agentes nacionales. Su petición, por simple y sincera, hubiese sido descartada por cualquier otro sistema: “Su recuerdo me impide ser feliz.” Ya nadie usaba el concepto de felicidad, eso era de otra época. Se hablaba del micro-ciclos de felicidad como eufemismo para esos momentos en los que el cerebro por una u otra razón segrega dopamina y endorfinas en grandes cantidades. La ciencia demostró hace tiempo que había muchas maneras artificiales de generar esos momentos y eso significó una nueva manera de entender las relaciones interpersonales. El amor romántico, las parejas estables y demás tradiciones del pasado habían quedado obsoletas. Ahora era mucho más asequible generar micro-ciclos, bastaba con un poco de dinero y cualquier sábado por la noche podría convertirse en un día memorable. La felicidad como concepto se vendía a pequeñas dosis en los supermercados.

Leí su nombre en mi pantalla y me obligué a decirlo en voz alta. Hasta el sonido me parecía extraño, distinto, otro. No pude evitar volver rápidamente a esa estación de tren donde nos vimos por última vez, hacía tiempo que no visitaba ese recuerdo y hasta casi había olvidado los diálogos. Pasé la mañana reviviendo una y otra vez todos esos momentos que tanta disciplina me había costado mantener alejados. Los proyectaba en las paredes y conseguía volver a sentir el corazón desbocado, las manos frías y ese vacío, casi vértigo, que sentí al alejarme de ella en el andén. Entendí entonces que su frase tampoco estaba tan pasada de moda: “Su recuerdo no me deja ser feliz”.

Deshabilité el software predictivo que te avisa cuando vas a cometer un error del que seguro tendrás que arrepentirte. Harto como estaba de soportar todas las alarmas que estaba haciendo saltar. Sabía que empezaba una camino de no retorno pero eso me hizo sentirme más vivo todos los micro-ciclos de los últimos 15 años juntos.

Ella seguía viviendo a demasiados kilómetros de mí, en el mismo barrio de siempre. Quizás eso era lo único que seguía igual. Tardé tan solo 2 horas en llegar y fue una pena que no pudiera ver su cara al aparecer la mía en su display.

Me abrió a los pocos segundos y se limitó a preguntar “¿Quieres un té?” sin tan siquiera mirarme a los ojos.

– Sí, por supuesto – contesté – estos años me han enseñado que el té es de las pocas cosas que ayudan en estas situaciones.

– Espero que te hayan enseñado algo más– dijo sonriendo al fin.

Pasaron horas y hablamos de muchas cosas, con más cortesía que sinceridad; cuando de repente, después de un silencio que duró más de lo que se considera cómodo, ella dijo:

“¿Sabes qué es lo que de verdad duele? No importa el tiempo que pase, ni si quiera eres tú. Los años me ha enseñado a entender que eres uno más. Lo que duele es lo que representas. Duele esa idea tan naive del amor verdadero, irrepetible. Cuando vuelvo a ese recuerdo lo que echo de menos no eres tú, es cómo me hacías sentir. Es esa sensación de vértigo, de ilusión, de búsqueda. Te veo una y otra vez de pie en esa estación y echo de menos llorar como lo hice aquella noche, echo de menos equivocarme. Ahora es todo tan superfluo, tan predecible. Allí parecía que nos jugábamos la vida con cada palabra y al final resultó que la vida que acabamos viviendo no valía tanto como creímos. Sí, he disfrutado de innumerables micro-ciclos de felicidad, me han querido y he querido –o eso creo- y he intentado ser feliz, pero siempre vuelvo a aquella estación, a esa sensación genuina de pensar que tú y yo éramos lo único que importaba. Lo único importante. Eso ya jamás volvió a ocurrir, te llevaste la inocencia contigo y es muy duro poder volver a sentirlo siempre que quieras. No importa lo bueno que sea mi día siempre puedo volver a tu recuerdo para estropearlo. “

Yo quería salir de allí. Huir con ella y empezar por fin todo lo que dejamos a medias, pero la miraba y veía a una extraña, solo sus ojos y esa manera de hablarme me hacían entender que de verdad era ella. Miré la taza del té, que ya estaba vacía, y sentí por un momento que esa bolsa era yo: me habían sacado todo el jugo y no quedaba nada más que unas cuentas hojas secas en una bolsa llena de agujeros. La miré de nuevo y cogí su mano que ya no era la misma que yo recordaba, porque yo tampoco lo era, porque los dos hace tiempo que dejamos de serlo.

–  ¿Estás segura?, ¿lo quieres borrar todo? – le dije escrutando su mirada. Apretando firmemente su mano.

–  Sí, me he cansado de esperar algo que no puede volver a ocurrir- contestó como recitando una letanía mil veces repetida. Y se soltó de mí.

–  De acuerdo. Petición admitida.

Me levanté y salí de su casa. Ya en la calle saludé varias veces sin girarme, deseando que ella me estuviera viendo marchar. Sabía que no nos volveríamos a ver.

Si yo ya no existía ni en su recuerdo: ¿qué era yo?. Volví a casa, cambié las programación de mi reglas y decidí crear un nuevo algoritmo que aceptara todas las peticiones amorosas de manera automática. A la mierda el “Love’s Disdain”. No tardarían en darse cuenta los demás agentes pero -aunque fuera solo durante un tiempo- el mundo tenía derecho a olvidar. Extraje todos los recuerdos en los que aparecía ella y los subí a la red social más de moda es ese momento. El titulo lo decía todo: “¿Esto es lo que querías olvidar?”. En menos de dos horas era una experiencia viral. Pronto le llegaría. Ya no había vuelta atrás. Luego de la manera más torpe posible intenté borrar mi propia memoria. Sabía que acabaría brickeandome y por eso decidí escribir esto, por si algún día intentaba perdonarme. Por si algún día intentaba entender qué fue lo que pasó el día que cambió mi vida.

Me voy. Sin recuerdos no somos nada.

[Relato] Algo más de cinco días

Día -2

Me gustaría que estuvieras aquí. Miro por la ventanilla y creo reconocer la muralla China, ¿o es un río? No lo sé. Tampoco importa ya. Me pediste que fuera grabando mis pensamientos en el audiodiario. Así lo hago. Espero no sonar atropellado. Intento no pensar, poner la mente en blanco, pero a cada segundo me golpean viejos recuerdos. Es como abrir un armario repleto  de ladrillos, cuando te quieres dar cuenta ya se derrumbaron sobre ti. Ahora estaba sonriendo como un gilipollas recordando aquel fin de semana en la casa rural ¿te acuerdas? Tenía jacuzzi y el techo de madera. Me acuerdo sobre todo del despertar, de jugar con los pies desnudos debajo de las mantas. Recuerdo pensar nombres que luego nadie llegaría a usar, recuerdo la cama llena de migas de pan.

Acaba de sonar el móvil. Eres tú, pero no te lo quiero coger, ¿qué sentido tendría? Seguiré vagando sin rumbo por lo rincones de mi memoria intentado, eso sí, no tropezar con aquello que vengo a olvidar. Hemos quedado que de eso es lo único de lo que no puedo hablar. Abajo vuelve a haber agua, Tokio debe estar mas cerca, tú cada vez más lejos.

Ya estoy en el hotel, es increíble lo que se ve desde aquí. No creía que me pagarían una habitación como esta, esto sí es lujo. En el taxi también venia pensando en ti, en cómo nos conocimos en aquel viejo pub de Londres, en lo rápido que nos fuimos a vivir juntos. Sé que hemos hecho una selección de buenos momentos y que todo está perfectamente ordenado y documentado pero no puedo evitar recorrer ciertos recuerdos una y otra vez. Tienes razón, soy un melancólico.

Ahora me voy a dormir, no me he traído ningún libro y ni si quiera sé qué hora es para mí pero tengo la mente exhausta y necesito descansar. ¿Se colaran los recuerdos en mis sueños una vez lo haya olvidado todo? Eso no nos lo han explicado.

Día -1

Me encanta el desayuno de los hoteles. Me encanta levantarte tantas veces como quieras y comer queso antes del café. Deberíamos desayunar así siempre. Apúntatelo.

Me lo ha explicado todo un jovencísimo chico japonés esta mañana. Hablaba un perfecto inglés y creo que ha notado lo nervioso que estaba. Me ha dicho que me envidiaba porque no todo el mundo puede volver a escuchar su canción favorita por primera vez, ni ver esa peli o visitar aquel país. Me ha sonado hipócrita pero me ha hecho reír. Dice que soy el tercero y que los dos anteriores han sido todo un éxito. Que no hay nada que temer. Supongo que ya es tarde para eso, para temer.

Mañana a las 10 es la operación. Haruto –que así se llamaba- me han dicho que no duele, que te limitas a mirar unas luces verdes que parpadean sin parar, unas finísimas agujas se te posan en las sienes y, que si no fuera por los sensores que cubren todo tu cuerpo, no es mas largo que una extracción de muelas. Haruto no me ha preguntado porqué lo hacía, no hubiese sabido qué contestar. Me ha recomendado que descansara esta tarde en el hotel y que simplemente dejara pasar el tiempo. Supongo que temía perder a su conejillo de indias. Debía de haberle preguntado cuánta gente se presentó voluntaria a la prueba. Me gustan los japoneses, andan casi sin tocar el suelo y parecen estar siempre pensando en algo profundo, yo creo que podría ser feliz aquí. Demasiado tarde otra vez.

Sé que no debería hacerlo pero he pedido una scooter al chico de recepción  y voy a salir a ver la ciudad. Haruto no se enterará y tú, hasta que sea demasiado tarde, tampoco. Hasta mañana a las 9 no tengo nada que hacer y pase lo que pase esta tarde va a ser olvidada, ¿cómo desaprovechar esta ocasión? Prometo seguir grabando mis pensamientos, si me acuerdo.

Me he puesto cascos inalámbricos y música clásica de fondo. Sé que normalmente no escucho esto pero le da dramatismo. Es increíble como la música te desconecta totalmente del entorno si suena los suficientemente alta. Me parece estar viviendo una película. Me veo en contrapicado por las callejuelas y de repente levanto la cabeza para gritar con todas mis fuerzas: “soy el puto rey del mundo”. No descarto estar loco.

He parado en un pequeño café. He pedido una botella señalando a la mesa de enfrente. Me veo torpe en este cuerpo que me atrapa, me gustaría sentarme sobre mis piernas como hacen ellos. Nunca fui muy flexible, tampoco hice para evitarlo. Anochece pero la temperatura no baja. Me debato entre seguir dando vueltas por Shibuya o emborracharme. Creo que será lo segundo. Voy a interactuar con la gente local, ¿crees que alguien podría entenderme? Y no me refiero al idioma.

Me acerco a un grupo de gente joven con la esperanza de que hablen inglés, se ríen de manera estridente y dan signos de estar muchos mas bebidos que yo, y eso que se lo he puesto difícil. Hablamos durante horas, ellos empezaron vacilándome pero alguien con dos dedos de frente no se queda impasible cuando le preguntas “¿me puedes decir qué te hacer diferente?”, precisamente a los japos –me di cuenta mas tarde- esa pregunta les jode especialmente. Hablamos de mi operación de mañana, del suicidio como el método tradicional para acelerar el olvido, del sexo del cuál ellas parecían tan distantes, de los sueños que no se cumplen y de las falsas expectativas de los padres que no hacen más que ponernos metas que nunca podremos cumplir. Algo así como el capitalismo pero sin dinero. Hablamos  y hablamos hasta caer rendidos ante tantas estupideces, fue entonces cuando les pedí que me escribieran sus nombres en el brazo. Les di un boli sin tinta, sabía muy bien lo que me hacía. Escarificación lo llaman.

Día 0

La resaca no me deja pensar bien. Sé que tengo que levantarme porque he apagado el despertador varias veces, por suerte me meo tanto que tengo que saltar de la cama. Me meto con ropa en la ducha, no es la primera vez que lo hago, tampoco estoy orgulloso de ello. Me miro desnudo en frente del espejo, otro recuerdo más que no me importa perder.  Me lavo los dientes durante tres largos minutos y me bebo todas las botellas Perrier del mini bar. Cierro la puerta de la habitación sabiendo que son muchas las cosas que dejo detrás. Demasiadas.

Haruto está impaciente en recepción. Ojiplático me sigue con la mirada desde que salgo del ascensor. Supongo que no le importa que pase a por un cruasán y un zumo antes de ir al taxi. Uno no puede ir al encuentro de su destino con el estomago vacío, en ningún caso.

En el taxi no hablamos. Las gracias de ayer quedan lejanas y seguramente no me haya perdonado la gamberrada de anoche. Creo que hoy su envidia es sincera. Sin duda habría que hacer que hacer una lista con todas las cosas que te gustaría volver a sentir por primera vez. Tú eres una de ellas, por eso estoy aquí.

Llego a la universidad y sigo a Haruto por todos los pasillos, la gente no puede apartar de mí la mirada. Soy toda una atracción para ellos, imagino que al verme ordenan sus recuerdos de mejor a peor y valoran si estarían dispuestos a empeñar los primeros a cambio de olvidar los ultimos. En este caso más que una cuestión de orden es una cuestión de peso, de importancia, los malos pesan demasiado como para arrastrarlos el resto de los días. Es imposible acordarte siempre de que quieres olvidar algo.

Me ponen panza arriba en una mesa camilla. Voy desnudo, a excepción de un mantel verde cogido con dos cuerdecillas y mil cables que recorren mi cuerpo. En la mano llevo el móvil que me niego a soltar y en la muñeca una pulsera con mi nombre y un montón de Kanjis incomprensibles. Me toco el antebrazo, tengo una extraña cicatriz. Creo que es de anoche y creo que quiere decir algo. Ya nunca lo sabré.

“Respira aquí” me parece entender. Respiro sin miedo y empiezo a sentir cierta sinestesia, seguramente esta sea mi última audionota. Aparece en medio de mi mente la palabra “huida” de un color azul añil, como el cielo de Valencia un día de verano; se ven de fondo unas voces, que suenan marrones como el pasado que se esfuma; veo hojas grises arrancadas de un calendario en el que todos los meses son abril, veo un faro rojo casi transparente y un punto amarillo parpadeante que se deshace, creo que el punto soy yo o mi memoria…

Día 1

He estado escuchando los audios que hay este móvil y aún no tengo claro que ha pasado. Ese tal Haruto me ha dicho que tengo que coger un vuelo en dos horas. No sé a dónde, no sé por qué. Hay una nota en la mesilla de noche de la que, en teoría, no puedo decir nada aquí. Me ha dejado aún mas confundido. Habla de ti, por eso te escribo, y aún sin saber quién eres. Me voy de esta habitación que no es la mía aunque huela a mí. Tengo que salir de aquí.

Ya estoy en el aeropuerto, me pregunto cómo eres y cuántas respuestas tendrás para mí. Yo tengo muchas preguntas. Me da miedo no gustarte, me da miedo no encontrarme ni siquiera a tu lado.

Es curioso, sé quién soy, sé cómo funcionan las cosas, sé tararear canciones y palabras que no recuerdo haber estudiado y, sin embargo, no tengo ningún recuerdo: nada. Buscar en mi cabeza es como entrar en una sala de cine vacía, sabes que ha pasado algo aquí pero no tienes ni idea de qué.

Mi recuerdo más lejano se remonta a aquella habitación de hotel en la que se ve Tokio desde el cielo. Antes de eso solo tengo un gran vacío, después recuerdos de 12 horas que no me valen para nada.

Día 2

Al bajar del avión me esperabas tú. Por más que me preguntes cómo te reconocí sigo sin tener respuesta. Solo sé que tu mirada era cálida y que me hizo estremecer, dejándome sin aliento para cuando llegue a tu altura. “Hola, nos vamos”, te limitaste a decir. Sobraban palabras. Te pregunté a dónde y dijiste el nombre un pueblo totalmente impronunciable. “¿Vivimos allí?” te inquirí y bastaron tres palabras para sentirme de nuevo en casa: “Sí, desde mañana. “

Mini relato basado en la canción “Ciencia Ficció” de El Amics De Les Arts

[Relato] El lugar donde has sido feliz

El vuelo salía en dos horas pero la decisión ya estaba tomada. Buscamos una esquina tranquila donde poder abrir la maleta  y hacer el reparto. Yo estaba dispuesto a llevarme mis cosas en la bolsa de plástico para la ropa sucia y así acabó siendo.

Mientas caminábamos en silencio no pude evitar recordar la ilusión con la que compramos esos billetes.  Iba a ser el comienzo de una nueva vida, la demostración definitiva de que existen las segundas oportunidades. Ahora sé que, una vez más, nos estábamos equivocando.

Ella apareció de la nada, después de 7 años de silencios y mensajes no respondidos. En aquel correo que desmontó mi vida solo pedía quedar a tomar una café. Mis mayores desastres han empezado siempre con un café de por medio, este no iba a ser una excepción. El café acabó en cena y a la cena la siguieron varias botellas de vino. El vino llevo a la cama y la cama al balcón; allí compartimos de nuevo cigarros y mentiras disfrazadas de sueños.  Ella decía haber cambiado, expresión que de por sí ya debía haber hecho saltar todas las alarmas. Yo al mirarla no podía evitar recordar al chico que fui. “Añoranza de uno mismo” es como llamaría a esa especie de síndrome de Estocolmo donde uno es a la vez secuestrador y secuestrado.

Bastaron cuatro semanas de agosto para ponerlo todo patas arriba. Cocinábamos couscous y bebíamos vino blanco antes de dejar todas las noches las sabanas empapadas. Su ventilador no funcionaba y mi raciocinio también se demostró estropeado. Fuimos a una agencia de viajes y nos gastamos todos los ahorros en dos vuelos que nos permitían viajar un año entero sin rumbo fijo. Los únicos requisitos eran volar siempre de oeste a este, no dar más de cinco saltos en cada continente y no repetir ningún destino.  El plan era no tener plan, la improvisación como objetivo. Nos apasionaba mirar al futuro como el que mira un lienzo en blanco. Decíamos no tenerle miedo a nada, dijimos muchas tonterías.

A mi familia le costó entender por qué me dejaba el trabajo. No me faltaba dinero y tenía un buen puesto, pero todos creían que era la suerte la que me había colocado allí y que no volvería a brindarse tal oportunidad de  nuevo. Recuerdo el día que subí a la vigésimo quinta plan para hablar con el jefe de recursos humanos:

– Me han dicho que quieres dejar tu puesto para dar la vuelta al mundo, ¿debe ser una broma no?

– No, no lo es, pero tampoco espero que lo entienda.

-¿En serio? Y qué pasa si cuando decides volver la sociedad ya no tiene un puesto para ti

–  Mire, ¿sabe usted qué pasa? aún creo en esta sociedad pero ya no la practico.

– Tienes razón no te entiendo.

– No esperaba que lo hiciera. Buenas tardes. Chau.

Ella vivía sola en un viejo piso alquilado de cinco habitaciones. Nunca sabes cuál será la localización de tus mejores recuerdos y solo con el tiempo he llegado a entender porque esos muebles destartalados y aquellos interminables techos han acabado convirtiéndose en el único lugar en el que he creído ser genuinamente feliz. En el comedor colgamos un gran mapamundi y nos dedicamos a marcar con chinchetas aquellos sitios que debíamos visitar. No valía con marcar una ciudad, había que añadirle en un post-it el porqué, y así el mundo acabó plagado de referencias musicales y literarias. Solo recuerdo Indiana, Montevideo, Iguazú, New York o Tokio y a Bach, Benedetti, Borges, Auster o Murakami como algunos de los culpables. Si tuviera que quedarme a vivir atrapado en 5 minutos de mi memoria elegiría cuando ella saltó con un respingo de la cama para buscar en google la coordenadas exactas de Comala.

– ¡Espero que no estén todos muertos! ¡Hay que ir allí ¡Entenderemos porqué al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver!

Lo dijo entre risas, llevando como única prenda aquella camiseta de tirantes en la que una rubia descarada muestra con la espalda descubierta su digno y erguido dedo a aquel que ose mirarla. Despeinada y rebelde como la chica de la impronta, volvió a la cama dando saltitos y amenazando con unas garras imaginarias que acabarían dejando cicatrices reales.

Dicen los estudiosos que la felicidad está en la antesala de la propia felicidad. Que el momento de euforia de una cita es justo mientras te preparas para quedar, incluso mucho más que durante la propia cita. En el sexo es algo similar, saber que la situación se acerca libera más endorfinas que el acto como tal. Con los viajes supongo que pasa lo mismo. Las semanas que pasamos imaginando cómo sería el próximo año fueron sencillamente maravillosas.

Por si la cosas no eran de por sí bastante complicadas decidimos hacer una fiesta de despedida para familiares y amigos. La llamamos la “No-Boda” y originalmente no distaba mucho de la clásica y manida confirmación pública de una relación ante seres queridos,  huyendo, eso sí, de todos los adornos eclesiásticos. Finalmente, quisimos ser transgresores y auténticos, ya que por entonces nos creíamos –literalmente- los reyes del mundo, y decidimos hacerlo todo un poco diferente. No había que traer regalos sino una buena botella de vino y un amigo desconocido. Queríamos convertir la fiesta en un alegato a la amistad y a la improvisación. A cada uno le hicimos imprimir su nombre y sus sueños en una bonita tarjeta que todos llevaban visible en solapas o escotes: invitamos a los asistentes a venir con su cita favorita impresa en unas camisetas de colores. Todos y cada uno de los invitados siguieron las premisas pese a pensar que estábamos completamente locos.  La analogía era fácil: si nosotros somos capaces de cumplir nuestro sueño vosotros también los sois del vuestro. No había curas sino actores que se encargaban de leer textos que nosotros cuidosamente habíamos seleccionado y músicos que, una tras otra, tocaron todas esas canciones que alguna vez fueron recopilatorios en viejas cintas o simplemente CDs etiquetados con un conciso “Para ti”. En las paredes se proyectaban videos que nuestros amigos nos habían preparado. Una tras otra desfilaban fotos con sonrisas, viajes, fiestas y bucólicos paisajes haciéndonos, si cabe, un poquito más conscientes del efecto del tiempo sobre todos nosotros. Por momentos parecía más una fiesta de solteros que lo que pretendía ser: la caricatura de una boda.   Y si tengo que reconocer un gran error fue que no valoramos la sensación que aquella oda a la no-rutina causaría en las parejas casadas. El alcohol, la música y la increíble sensación de compartir con desconocidos los detalles de tus sueños hicieron de aquello una experiencia demasiado extrema.  Muchas personas dejaron el local a las pocas horas de empezar, escandalizados por el cariz íntimo, burlesco para algunos, en el que acabó tornándose el evento.  Si tu vida era aburrida ese no era el sitio para estar. Por otra parte sé que un par de parejas se conocieron aquella noche. Entre ellas  la arquitecta hermana de la no-novia y mi amigo italiano. Ahora viven en un barco, como parece que ambos decían en sus tarjetones, y ella vende acuarelas por internet.

Recuerdo como los dos nos subimos al hotel exhaustos ante todo lo que habíamos vivido esa noche. Mirando hacia atrás fue una borrachera de recuerdos y quimeras a partes iguales. Todos fuimos por unas horas lo que siempre hemos queridos ser, ¿existe una droga mejor que esa? Yo sé que gran parte de aquello fue artificial y que si lo volviéramos a hacer nadie vendría pero… ¡son tas bonitas la primeras veces!

Después de la no-noche de bodas nos tocaba recoger las maletas e ir hacía el aeropuerto. Yo me desperté sabiendo que algo fallaba y recuerdo desayunar tres cruasanes bajo un sepulcral silencio. De repente ella era una extraña para mí,  algo había cambiado en su mirada.  No sabía de qué hablar, no sabía qué hacíamos desayunando juntos y mucho menos qué íbamos a hacer durante los próximos meses vagando por el mundo. La miré de nuevo: me era totalmente desconocida. Me di cuenta de que las últimas semanas había estado reviviendo los momentos que tan feliz me hicieron siete años atrás, pero nada mas. Ella ya no desprendía esa electricidad al tocarla, ya no olía tan bien, ni si quiera era tan simpática como la recordaba. Todo era mejor en mi memoria.

Cuando entramos al aeropuerto lo dos sabíamos que algo estaba a punto de pasar. Conocíamos bien esa sensación. La cogí de la mano y nos sentamos en un banco apartado de los mostradores de check-in, entonces le dije:

–   ¿De verdad quieres hacer esto?

–   No lo sé.

–   No sabes qué.

–    Todo debería ser más fácil.

–   ¿Que quieres decir?

–   No lo sé, prefiero no hablar.

–   Pues nos quedan 13 horas de vuelo por delante y un año de viaje. No es un buen momento para no querer hablar.

–   No lo sé te lo repito. Es que ayer me fijé en alguien. ¿Te acuerdas de aquel chico con la guitarra? No me lo quito de la cabeza.

–  ¿Sabes qué? creo que deberíamos dejarlo. Déjame que saque un par de cosas de la maleta.

–   No puede ser ¿Te vas a ir así?

–  Sí, acabo de comprender la razón de este viaje. Ignoro lo que busco pero sé de lo que huyo y ahora mismo, básicamente, debo huir de ti. De tu recuerdo.

Ella rompió a llorar y yo abrí la maleta para sacar lo único que me importaba: una par de libros y  mi camiseta de la noche anterior. La frase que yo elegí era de Faulkner: “Entre el dolor y la nada elijo el dolor”.

Le dejé el resto de mi ropa, por no hablar de champús y calzoncillos. Con la bolsa de Mercadona en la mano me dirigí al mostrador. El vuelo salía en dos horas  y yo, por fin, tenía toda la vida por delante.

A Comala acabé yendo solo y decidí no volver nunca más.

 

Relato inspirado en una frase del Maestro Sabina: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.”