Todo empezó en aquel hotel donde lo primero que hicimos fue quitarnos las ganas de todo.
No sabíamos entonces que era el mismo hotel al que regresaríamos veintiséis años más tarde, en ese pliegue del tiempo donde las palabras antes y después dejan de tener sentido. Lo que sí sabíamos era que, al cruzar la puerta de la habitación, encontraríamos intactos nuestros cuerpos de juventud, como si alguien los hubiera guardado para nosotros en la memoria de una sábana.
Tú no tenías arrugas ni yo manchas. Tu piel conservaba aquella claridad casi imposible de la porcelana. Sonreías con una inocencia que el futuro se encargaría de corregir. Tus ojos, todavía sin gafas, estaban llenos de una pasión sin ambages, anterior a los hijos, a las cenas aplazadas, a los hospitales, a los mensajes sin contestar, a la tristeza educada que aprenderías a llevar como quien lleva un abrigo dentro de una casa fría y desangelada.
Yo también era joven, aunque ya algo gastado. Nunca sano. Me vi en el espejo del armario con una mezcla de vergüenza y rencor retrospectivo. Reconocí mis hombros desalineados, mi boca con ganas de morder, la insolencia de un cuerpo que aún no sabía que iba a perderse. Me pregunté si aquel muchacho que me miraba desde el cristal era yo o si era, al menos, la versión de mí que tú habías amado.
Nos desnudamos despacio, con una ceremonia torpe y exacta. Nos recorrimos como quien vuelve a una ciudad destruida por la guerra y encuentra, entre los escombros, la panadería de la infancia, una bicicleta oxidada, una cabina abandonada, una fuente que todavía mana. Había rincones que el tiempo no había conseguido borrar. Había gestos que aguardaban bajo capas de resignación, de rutina, de matrimonios correctamente amueblados, de domingos con planes familiares, de aeropuertos, de supermercados, de cansancio.
Te ofrecí vino con la picardía irresponsable de los veinte años que nuestros cuerpos aparentaban.
«No», dijiste. «Quiero sentirlo todo. No quiero que nada lo emborrone».
Yo me serví copa y media.
La contradicción entre aquellos cuerpos recientes y el rugido inmenso de lo que estaba por venir volvía comprensible la necesidad de ir despacio. Había que acostumbrarse al milagro, como se acostumbra uno a la oscuridad. Pasó un tiempo sin medida. No había relojes. No había ventanas. No había tic tac ni testigos. Solo una cama, una lámpara demasiado blanca, una moqueta desgastada y un montacargas que de vez en cuando respiraba al otro lado de la pared.
Cuando ya no nos quedaba sed ni fuerza, pedimos algo de comer.
Fue entonces cuando sacaste de la mochila el paquete.
Cien folios. Quizás más. Atados con una goma elástica. Los dejaste sobre la cama con la gravedad de quien coloca un cadáver entre dos vivos.
«Son todos», dijiste.
No pregunté todos qué. Ya lo sabía.
Estaban allí los correos electrónicos que nos escribiríamos durante los próximos veintiséis años. Los mensajes breves, los mensajes crueles, las llamadas perdidas, las llamadas atendidas demasiado tarde y mal. Las felicitaciones bianuales de cumpleaños con una neutralidad insoportable. Las frases que buscaban sacarnos del letargo. Las frases escritas para no decir otra cosa. Las frases escritas para resucitar algo que ya no existía. Los silencios. Sobre todo, los silencios. Y la ingenuidad de pensar que lo que no se dice no existe.
«¿De verdad quieres leerlo?», preguntaste.
Contesté que sí, aunque era mentira. Dije que quería saber qué pensabas tú cuando los recibías. Dije que nunca había entendido tus reacciones. Dije que siempre tuve, o tendría, la sensación de que vivíamos desincronizados, condenados a habitar frecuencias vecinas pero incompatibles. Cuando uno estaba por fin dispuesto a escuchar, el otro ya había dejado de hablar. Cuando uno encontraba valor para decir la verdad, el otro solo tenía preparados reproches y recuerdos malentendidos.
Tú abriste el paquete por la mitad. Leíste una frase al azar y te reíste.
Yo también me reí.
Durante un rato nos reímos de aquellas dos personas futuras que seríamos. Nos parecieron tan ridículos, tan solemnemente equivocados, tan obstinados en defender pequeñas miserias como si fueran patrias. Tan jóvenes todavía. También lloraste un poco. Yo fingí no verlo porque a los veinte años uno todavía cree que la delicadeza consiste en mirar hacia otro lado.
Después la electricidad de nuestros cuerpos venció a la literatura miserable de nuestras vidas. La pila de folios quedó en el suelo, inútil y blanca, como una nieve caída en una habitación sin invierno.
El pacto era sencillo. Podíamos permanecer allí hasta que los dos nos quedásemos dormidos. Nadie nos lo había explicado, pero lo sabíamos con esa certeza antigua con que se saben las reglas de los sueños. No podíamos salir. No podíamos llamar a nadie. No había espejo de cuerpo entero salvo el del armario. Seguía sin haber ventanas. El montacargas, ruidoso y puntual, nos traía comida, toallas, cigarrillos que ninguno fumó, discos, café, fresas, una libreta que no usamos y casi cualquier cosa que pidiéramos.
Pedimos champán.
Ahora sí aceptaste.
Bebimos para celebrar una noticia atroz y hermosa: seguiríamos vivos al menos los próximos veintiséis años. Separados, sí. Equivocados, probablemente. Vivos.
Tú serías la perfecta ama de casa, la madre coraje, el refugio último de tus pacientes, el deseo prudente y no confesado de más de un compañero de trabajo. Yo sería un padre de familia de marco de fotos, un empresario correcto, un hombre que aprendería los nombres de las salas VIP de los aeropuertos antes que los de sus vecinos. También sería un novelista frustrado, un coleccionista de momentos imposibles, un melancólico profesional que confundiría la nostalgia con la lucidez.
Nos mirábamos una y otra vez sin creerlo.
Éramos dos veinteañeros acostados en una cama de hotel, pero en nuestros ojos ya se acumulaban veintiséis años de decisiones tomadas. Lo terrible no era conocer el futuro. Lo terrible era sospechar que, aun conociéndolo, no sabríamos cambiarlo.
En uno de los discos que sonaban en bucle, una voz repetía: cuando ya no queda nada que perder es hora de prenderse fuego.
Te ofrecí el hueco entre mi costado y mi hombro. Lo aceptaste como se aceptan las cosas que nunca han dejado de pertenecernos. Apoyaste ahí la cabeza. Tu pelo olía a champán derramado, a jabón de hotel, a una juventud que no era exactamente la nuestra sino una copia piadosa.
Empecé a contarte aquel cuento de princesas donde nuestros nombres eran anagramas. Lo había inventado años atrás para hacerte reír y lo recordaba mal, pero tú te reías igualmente, con los ojos cerrados. Aparté tu pelo con la mano que pasaba por detrás de tu cabeza con un gesto aprendido y acaricié el lóbulo derecho de tu oreja, con ese movimiento mínimo, casi zen, que había sobrevivido a todos los incendios.
Me preparé para dormirme.
Sabía que al despertar estaría de nuevo en mi habitación del pequeño ático de Concha Espina. Tendría veintiséis años más. Tal vez una espalda menos fiable. Tal vez una vida que otros considerarían lograda. Tal vez una tristeza perfectamente organizada en cajones.
En ese instante de la duermevela, cuando los sueños empiezan a falsificar la realidad con una habilidad superior a la de la memoria, oí que decías mi nombre.
Abrí los ojos.
«¿Dónde nos equivocamos?», preguntaste.
La habitación quedó inmóvil. Incluso el montacargas pareció contener la respiración.
Pensé en los folios esparcidos por el suelo. Pensé en los correos que todavía no habíamos escrito. Pensé en las llamadas que no haríamos, en las frases que afilaríamos durante días para lanzarlas en el momento justo, en las veces que confundiríamos orgullo con dignidad, cansancio con desilusión, silencio con castigo. Pensé que quizás el error no había sido una decisión, ni una traición, ni una cobardía concreta. Quizás el error había sido creer que habría otro momento. Otro día. Otra vida menos ocupada. Otro nosotros más fácil.
No sé si llegué a decirlo o si solo lo pensé antes de quedarme definitivamente dormido.
«El error fue pensar que teníamos tiempo».
Lo siguiente que recuerdo es el peso de mi hija saltando sobre mi cara.
Abrí los ojos en otra habitación, en otra vida. Durante unos segundos no supe qué edad tenía. Mi hija reía encima de mí con una felicidad salvaje, envidiable y perfecta. Afuera era de día. Alguien preparaba café. En algún lugar de la casa sonó un móvil.
Sonreí, tímidamente feliz de estar de vuelta.
Y antes de levantarme, antes de tocar el suelo con los pies, antes de volver a ser el hombre que había elegido ser, busqué torpemente con la mano, a mi lado, el hueco de tu cabeza y el abismo insalvable que dejaron los últimos veintiséis años.