Cuarenta y seis

Cuarenta y seis. Medianoche. Copa en mano. Suena el Canon de Pachelbel en la versión de George Winston, del álbum December. Pago de Capellanes, porque no había Muga. Afuera, silencio. Dentro, algo parecido a la calma.

Por las paredes de pladur —tan inútiles como sinceras— se cuela una voz ajena. Los vecinos cantan “Cumpleaños feliz”. Sonríe. Da un sorbo. Mira hacia arriba, como si esperara encontrarse con la mirada del que fue todos estos años anteriores.

—No nos va tan mal —murmura—. ¿Verdad?

En su cabeza, el otro se ríe y responde tarareando: taaa ta ta ta ta taaa ta ta ta ta ta…

Antes esperaba mensajes. Siempre había alguien al otro lado del ruido. Una mujer. Una promesa. Un error. La certeza de que algo podía cambiar con una frase a medianoche. Ahora no. Ahora solo hay silencio, apenas interrumpido por una respiración al otro lado de la pared, un sonido cíclico que lo calma, una forma tranquila y reconfortante de compañía.

Recuerda otros años, borrosos como una foto sin foco. Teclados, aeropuertos, copas, conversaciones a medias. A veces solo, otras no tanto. Intenta reconstruir la línea del tiempo, pero se disuelve entre fechas, garabatos y rostros. Le jode no recordar. Esa falta de memoria pesa más que la edad.

Querría ver su 46 en un reel, un resumen rápido: un rostro, una mirada antes de medianoche, una copa, la actitud. Pero no hay imágenes ni recuerdos. Solo fragmentos: trocitos desmenuzados de memoria aquí y allá.

#Melancolía.
Anda, no me jodas.
Lo siente. Pero no recuerda nada.

Piensa en 2012. En aquel texto con un “Instrucciones para un cumpleaños feliz” escrito desde la honestidad de la soledad. Lo relee a veces. Le golpea la sencillez. Ese yo escribía bien, sin miedo ni complejos, en calzoncillos, en un cuarto diminuto de Londres, con dos copas de más y demasiadas ganas de entenderse. Lo recuerda bien. Lo envidia un poco.

Hoy no suena Nat King Cole. Pero December es el que iba siempre después y en esa casualidad una especie de círculo se cierra. Todo cambia para volver a ser lo mismo.

El tiempo ya no pasa. Se acumula. No duele, solo cansa. En los silencios, en las repeticiones, en las quejas de un cuerpo que ya no es el que era. Antes le gustaba brindar y leer poesía en voz alta, a solas, en sus cumpleaños. Ahora piensa que hacerse mayor no es perder cosas, sino olvidar por qué las buscaba.

Y antes de apagar la música, piensa que el paso del tiempo y la experiencia quizá se reduzcan a aprender a cambiar una palabra.

“Simplifica. Al final todo se reduce a tener amigos que no puedan ofenderte y mujeres momentos que no quieras olvidar.”

Dolido con sus musas. Cierra los ojos. Vacía la copa de un trago y, al compás de los crujidos del parqué, se acerca a lanzarle un beso desde el quicio de la puerta. Sonríe. Se derrite por dentro, con su medio siglo casi cumplido…

Le encantaría brindar con aquel yo de los calzoncillos de Londres y decirle que está aquí, de pie junto a la puerta. Que no cambió. Que aún lo necesita para sentirse vivo. Y que todavía cree saber quién es…

Que en cada año que pasa hay menos ruido y más verdad.
Y que, por definición, lo único que nunca decrece es la nostalgia.

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