O J O s

¿Te acuerdas de esos ojos? Yo sí. Cómo olvidarlos. Eran claros, profundos, magnéticos. Mirarlos fijamente te cortaba la respiración, esquivarlos era -sin lugar a dudas- una temeridad. Yo buscaba interceptar su espacio visual, ella me atravesaba sin llegar nunca a sostenerme la mirada. La veía subir todos los días en Gloucester Road, siempre se bajaba en Westminster. A diferencia de todos los demás, ella siempre parecía estar de paso. El día al día de aquel vagón no iba con ella. Yo estaba seguro de que habitaba un universo paralelo que, de alguna manera inexplicable, confluía en la District Line durante escasos 12 minutos.

Muchas veces me pregunté a quién habría dejado en la cama a esas horas tan tempranas, quién se levantaría antes o qué humor tenía cuando se despertaba. Pequeños detalles que nunca llegaría a saber. Tampoco supe qué leía. Grácil al sentarse, se entregaba rápidamente a la lectura. Eso me permitía obvservarla entre estación y estación. Sus ojos se movían ansiosos de izquierda a derecha, devorando a mil por hora la palabras de aquel menudo libro electrónico. A veces para descansar levantaba la cabeza y daba una rápida ojeada a su entorno. Yo quería parar el tiempo. Nunca deseé tanto algo como entender esa mirada. Como si pudiera oírme, como si nos conociéramos, susurraba internamente: “¿qué estará pensando esa cabecita?” Entonces empezaba a dibujar una sonrisa y a mitad del proceso la borraba de mi cara. No sé si me arrepentía más de imaginarlo, de no decirlo o de que me pasara lo mismo todos los santos días. Una y otra vez salía del metro pensando en cómo me gustaría poder echar de menos esos ojos. Eso significaría que alguna vez pasó algo. Obvia decir que ni sé cómo se llamaba.

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Un día me senté a su lado. En distancia, nos separaban escasos centímetros; en sucesos, toda una vida de decisiones irrevocables; en palabras, no había idioma, ni verso que pudiera derribar la muralla de prejuicios, “y si” o “peros” que nos separaban.  Como Benedettí, hubiese dando cinco años de mi vida por salir de ahí con un pasado juntos. Fíjate que por pedir ya ni pedía presentes. Mucho menos futuros.

Cuando la miraba, solo deseaba poder echarla de menos. Haber podido entender, aunque solo fuera una vez, que se escondía tras aquella mirada.

Sus ojos, si aún lo he dicho, eran claros.  ¿te acuerdas de esos ojos? Yo sí, cómo olvidarlos.

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