¿Por qué leo poesia?

Cuando leo poesía busco ese puño que noquea,
boxeo de salón, sin sparring y con sabor a perdedor.

Me imagino al poeta frente a mí sentado,
viéndome recorrer ansioso sus estrofas,
él sabe lo que busco pero no sabe si lo encontraré.

Encara hacía mí su revólver cargado de versos,
rueda el tambor con cada párrafo y vuelve a apuntar.
Emociones en forma de ruleta rusa que unas veces mata y otras no.

—Ponte un trago amigo y respira o te ahogaras.
—No hay tiempo para cumplidos —le espeto y prosigo—,
hemos venido aquí con un trato,
tú quieres probar tu poema y yo necesito recordar.

Y de repente de bruces aparecen:
Abrazo,
caer,
tú,
yo,
contigo

¡BANG!

Se dispara el revólver, se reabre la herida.
La memoria sangra de nuevo, como la última vez que te vi.

—Funciona —sonríe el poeta. Se levanta, deja el arma,
que quizás era una pluma, y se marcha sin mirar atrás.

“Agujero limpio de entrada salida”, dirá días después el forense.
“Corazón adulto atravesado por un certero disparo”, apuntará.

De vuelta a la habitación, humea el cañón, gotea la tinta.
Trágico final para un poema pero no tanto para mí.
Necesitaba sentirme vivo de nuevo, a eso he venido.
Gracias poeta, gracias olvido, todos sabíamos que no habría próxima vez.

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