Vuelo a ninguna parte

Ella leía un libro de poemas de Gioconda Belli, yo he de reconocer que hasta que no vi la portada del libro ni me había fijado en quién se había sentado a mi lado. Compartíamos el escueto espacio del reposabrazos de un avión. Yo, con destino a ninguna parte; ella –como decía la poetisa– con el rumbo exactamente opuesto.

Vi la portada y me cambió la cara, como el que reconoce a un buen amigo en la multitud y se alegra aunque le haga sentir terriblemente viejo. Ese libro es un libro especial, ahora mismo podría recitarle ese poema que escuché por primera vez en un programa de radio que ya no existe y que locutaba alguien a quien hace tiempo perdí la pista, un tal Guillermo Álvarez. Su programa se llamaba el “Sol de medianoche” y se despedía siempre con una frase que sintetiza toda una época: “Que la lluvia de la felicidad te coja sin paraguas”. Guillermo leía los textos añadiendo y quitando frases a su antojo e intercalando poemas con maravillosas canciones que yo entonces solo empezaba a descubrir. El programa se emitía demasiado tarde, de madrugada, aun así yo lo grababa religiosamente en cintas TDK de 90 minutos que luego escuchaba una y otra vez en mi walkman. Como otras tantas cosas, esas cintas se perdieron para siempre, pero ese poema aún lo puedo recitar de memoria.

De vuelta al avión, yo acababa de empezarme “La Tregua” de Benedetti. De Mario hay que leerlo todo y varias veces. Hasta que cale. Este libro es un ejemplo, habla sobre todo de la jubilación, de la amargura y el tiempo, de cómo postergamos las cosas, no solo lo que no hacemos sino a veces también lo que queremos ser. Es un libro tan dulce como amargo pero que ayuda a reflexionar, justo lo que necesito en esta nueva época de zozobra.

Intentaba leer mientras miraba de reojo a mi recién descubierta compañera de fila. Delante dormía una chica ocupando los tres sitios que van desde la ventanilla al pasillo, se había tumbado en posición fetal y yo la observaba de extranjis por el estrecho espacio que dejan los asientos. De espaldas era tan pelirroja, tan piel clara y tan pecas que sin que abriera los ojos ya sabía que eran verdes. A mi otro lado se sentaba una chica de facciones eslavas, muy seria, con porte afligido a excepción de una cómica nariz respingona que invitaba a sonreír. Un fular amarrillo arropaba su belleza, corpulenta y contundente, intentando paliar, sin éxito, ese frio perenne que hace en los aviones.

Un chico algo guapo, muy rubio y con una camiseta apretada azul celeste se levanta en ese mismo instante. Su irrupción en la escena hace que me acuerde de la serie esa que vi el otro día tumbado en la cama desecha de un hotel cualquiera. Esa serie en la que una chica se enamora de un bombero de esos de cuerpo perfecto que, curiosamente, es doctor en filosofía, lo cual al guionista le debió parecer una estupenda excusa para citar a Kant y Kierkegaard mientras se fuman el cigarrito post polvo. “Seize the moment”, le decía pensativo el maromo antes de ofrecerle caladitas de un bong. Ella, que lleva seis meses en rehabilitación, se enfada, se viste y desaparece hasta el próximo capítulo. Extrañamente esa imagen de ella vistiéndose me hace pensar en la casi imperceptible cicatriz que tiene la protagonista en el labio superior. Cicatriz que tiene igual un compañero de trabajo que después de más de cinco años juntos solo le detecté el otro día. Justo cuando mi jefe, con ganas de llamarme mil cosas peores, me dijo que yo era un aristócrata, que no me gustaba mancharme las manos con las cosas mundanas y que así jamás sería un buen vendedor. Porque se supone que mi trabajo consiste en vender aunque a mí ya no me guste y ellos ya no compren. Vender es como intentar follar en la primera cita, hay que tener demasiado morro y saber convertir los noes en “me lo pienso en tu casa”. Y sin querer, de cicatrices imperceptibles y series absurdas, paso a pensar en mi amigo ese el italiano y en como siempre he admirado su forma de vender con éxito esa mercancía que no es otra que uno mismo. 38 años y soltero por vocación, todo un caso digno de estudio y no por poco común sino por lo que ejemplifica. Porque solo hay dos clases de solteros: los que lo son porque les gusta y los que no les queda más remedio que serlo. Y a mí a veces se me olvida cuál elegí. Me acuerdo entonces de las mujeres de mis amigos que halagan a menudo esa manera tan absurda de hacerlas reír. Esa manera tan superficial de agradar. Luego, indefectiblemente, siempre la misma pregunta: ¿No entiendo porque no sientas ya la cabeza? Lo que yo no entiendo es como alguien puede eyacular a 8 pies de distancia, eso –exactamente eso– es lo que me devuelve mi cabeza cuando ellas me preguntan. Y no es porque ayer viera una charla del TED sobre 10 cosas que no sabemos del orgasmo. ¡No! Es porque algún cable pelado en mi cabeza conecta la masturbación con la displicencia ¿o era con la compasión? Da igual, no importa, creo que he perdido el hilo.

Todo esto me pasa en el avión porque he visto que una chica estaba leyendo a Gioconda Belli y se ha disparado esta espiral de ideas absurdas que no puedo controlar.

Así que llevo casi diez minutos absorto, mirando la portada del libro. Ella –sin saber ya qué hacer– me mira, sonríe y susurra: si vas a decirme algo dímelo ya.

Y entonces me decido:

No te entiendo y quisiera odiarte
y quisiera no sentir como ahora
el calor de las lágrimas en mis ojos
por tanto rato ganado al vacío,

y te lloro con ganas de odiar
todo lo que alguna vez me hiciste sentir

Y sé que mi sed sólo se sacia con tu agua
y que nadie podrá darme de beber
ni amor, ni sexo, ni rama florida
sin que yo le odie por querer parecerse a ti
y no quiero saber nada de otras voces
aunque me duela querer ternura entre dos
porque sólo tú tienes el cifrado secreto
de la clave de mis palabras
y sólo tú pareces tener
el sol, la luna, el universo de mis alegrías
y por eso quisiera odiarte como no lo logro,
como sé que no lo haré

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