Cuarenta y seis

Cuarenta y seis. Medianoche. Copa en mano. Suena el Canon de Pachelbel en la versión de George Winston, del álbum December. Pago de Capellanes, porque no había Muga. Afuera, silencio. Dentro, algo parecido a la calma.

Por las paredes de pladur —tan inútiles como sinceras— se cuela una voz ajena. Los vecinos cantan “Cumpleaños feliz”. Sonríe. Da un sorbo. Mira hacia arriba, como si esperara encontrarse con la mirada del que fue todos estos años anteriores.

—No nos va tan mal —murmura—. ¿Verdad?

En su cabeza, el otro se ríe y responde tarareando: taaa ta ta ta ta taaa ta ta ta ta ta…

Antes esperaba mensajes. Siempre había alguien al otro lado del ruido. Una mujer. Una promesa. Un error. La certeza de que algo podía cambiar con una frase a medianoche. Ahora no. Ahora solo hay silencio, apenas interrumpido por una respiración al otro lado de la pared, un sonido cíclico que lo calma, una forma tranquila y reconfortante de compañía.

Recuerda otros años, borrosos como una foto sin foco. Teclados, aeropuertos, copas, conversaciones a medias. A veces solo, otras no tanto. Intenta reconstruir la línea del tiempo, pero se disuelve entre fechas, garabatos y rostros. Le jode no recordar. Esa falta de memoria pesa más que la edad.

Querría ver su 46 en un reel, un resumen rápido: un rostro, una mirada antes de medianoche, una copa, la actitud. Pero no hay imágenes ni recuerdos. Solo fragmentos: trocitos desmenuzados de memoria aquí y allá.

#Melancolía.
Anda, no me jodas.
Lo siente. Pero no recuerda nada.

Piensa en 2012. En aquel texto con un “Instrucciones para un cumpleaños feliz” escrito desde la honestidad de la soledad. Lo relee a veces. Le golpea la sencillez. Ese yo escribía bien, sin miedo ni complejos, en calzoncillos, en un cuarto diminuto de Londres, con dos copas de más y demasiadas ganas de entenderse. Lo recuerda bien. Lo envidia un poco.

Hoy no suena Nat King Cole. Pero December es el que iba siempre después y en esa casualidad una especie de círculo se cierra. Todo cambia para volver a ser lo mismo.

El tiempo ya no pasa. Se acumula. No duele, solo cansa. En los silencios, en las repeticiones, en las quejas de un cuerpo que ya no es el que era. Antes le gustaba brindar y leer poesía en voz alta, a solas, en sus cumpleaños. Ahora piensa que hacerse mayor no es perder cosas, sino olvidar por qué las buscaba.

Y antes de apagar la música, piensa que el paso del tiempo y la experiencia quizá se reduzcan a aprender a cambiar una palabra.

“Simplifica. Al final todo se reduce a tener amigos que no puedan ofenderte y mujeres momentos que no quieras olvidar.”

Dolido con sus musas. Cierra los ojos. Vacía la copa de un trago y, al compás de los crujidos del parqué, se acerca a lanzarle un beso desde el quicio de la puerta. Sonríe. Se derrite por dentro, con su medio siglo casi cumplido…

Le encantaría brindar con aquel yo de los calzoncillos de Londres y decirle que está aquí, de pie junto a la puerta. Que no cambió. Que aún lo necesita para sentirse vivo. Y que todavía cree saber quién es…

Que en cada año que pasa hay menos ruido y más verdad.
Y que, por definición, lo único que nunca decrece es la nostalgia.

Llorar en la ducha

Es verano otra vez, hoy viajé a Noruega después de 5 años sin estar por ahí. En el trayecto en coche con lluvia y lleno de accidentes (ajenos por suerte) sonaba la canción de Sebas y los demás y alguien que me quiere nos enviaba a todos el vídeo de los 8’. La vida pasa. No he llamado a Dani. Y sé que de este verano, como de los últimos 5, hay muy pocas cosas que recordaré pero muchas que merecerían ser recordadas. Me encontré una lista en Substack que recomienda un libro de Derek Sivers llamado “How to Live” (buen título), me descargué el libro y no sé cuándo lo leeré. Todo muy rápido, todo casi sin parar. Intento mientras que no me duela la espalda, mantener los kilos a raya y no perderme ninguna sonrisa. A veces la sensación de no llegar a nada o de llegar tarde a todo. Con la tristeza de Boyero o la alegría pizpireta de la poetisa de Insta regando los días de vez en cuando.

Y me cuesta mucho más escribir desde que olvidé una musa, me casé con otra y tuve un hijo. Me cuesta todo a la edad que tengo. Bueno casi todo, no me cuesta, no me canso, de mirarte. Y así de manera contumaz apareces como la voz a la que dirigirme. Por miedo a no estar siempre como Gistau y su meconio o por miedo a no estar cuando más me necesites. Quizá se pueda entrenar un LLM dentro de unos años para que sepa lo que te diría tu padre. Si es así tengo que esmerarme mucho más para darle un buen contenido. This sucks.

No soy perfecto. Aunque la gente que me quiere lo use como ataque cuando se cansan de mi aparente impertérrita paciencia. No soy disciplinado ni constante excepto ciertas devociones que nunca cambian. Más por melancólico que por leal. Dicen que no soy espiritual porque no creo en energía ni planos ni chakras. Pero sí creo en la observabilidad como método para encontrar cómplicidades y cómplices. También en las primeras impresiones como anclas a las que volver en casos de duda. Creo mucho en los biases del judío que ganó el Nobel. Mucho más que en las misas, mandamientos y doctrinas.

Creo, como verbo ya de por sí me cuesta, más en ilusión como concepto de Richard Bach que en la autoayuda de Coelho. Milito en las filas de los que sueñan más que de los que se quejan. Y me defino como optimista tecnológico sin tener ni puta idea de lo que significa.

Detesto a los que usan la palabra “odio” o los que contestan muy rápido o con respuestas ensayadas a las cosas que detestan. No rehúyo nunca una buena conversación si el que está delante está dispuesto a cambiar de opinión, aborrezco dogmas e ideales. Me da pereza, mucha, el que encasilla y no enseña sino que alecciona. Busco siempre aprender de lo que sea. Y tengo una curiosidad insaciable alimentada por mi mala memoria.

Sigo.

No me arrepiento de nada pero cambiaría dos o tres cosas importantes si supiera que cambiarlas no te cambia a ti. Creo que, otra vez creo, en la memoria como única salvación y la empatía como el arma definitiva. Creo en la familia aunque esté llena de contradicciones. Creo en la fuerza de las palabras, de los poemas, de la música. Creo en la síntesis por encima de la verborrea, en una buena lágrima a tiempo y en la risa como única terapia. En saber escuchar y saber estar. Creo en el humor inteligente como el medidor de éxito definitivo. Lejos de mí aquel que no se ría. Ya lo dije por aquí, creo en viajar como terapia y en el amor romántico como refugio a la miseria de este mundo. Huyo de noticias, conflictos y mal augurios del porvenir. Creo sobre todo en el ser humano aunque a veces parezca una causa perdida. Que no se te olvide nunca esto.

Subimos

Amo tu risa por encima de todo. El bálsamo perfecto. Amo cosas que nunca supe que podría amar mientras tú no existías: tu curiosidad, tu inocencia y tu manera aún básica pero a menudo justa de juzgar al mundo. Momentos como tu mirada triste al verme salir de la ducha con los ojos rojos: “¿por qué lloras papi?”. Nada te prepara para eso. Asusta ver nuestra influencia en ti y esperar estar a la altura. Pero nunca hubo grandes recompensas en la “mediocridad” y nada bueno ocurre cuando te atenaza el miedo. Empiezo a creerme el oxímoron de que la vulnerabilidad te hace más fuerte. Preciosa paradoja.

Bajamos

Amo la soledad cuando es buscada y voluntaria. Los amigos cuando son reales y directos. La buena comida y los sabores extremos. El vino que viene sin resaca y últimamente nadar cuando se acompasa la respiración a la brazada.

Y por supuesto amo a los clásicos del verano: leer hasta que amanezca, contar estrellas con tu madre, saltar con ropa a la piscina. Jugar a las cartas con arena, la marca del salitre en tu piel como olas blancas secas. Olor a crema solar, a humo, a paella, a sábanas de siesta.

Aterrizo pronto en Bergen, al final no sé qué ha sido todo esto. Un exabrupto de las ganas de escribir o el deseo irrefrenable cada vez que subo a un avión de no olvidar todo esto. Todo esto que ahora no es más que el paso cotidiano de un verano y que algún día será esos días a los que daría cualquier cosa por volver. Lo sé. Tempus Fugit y todo esto. Me repito pero hoy leí una frase de Luis García Montero que se me pegó esta mañana: “Hay muchas cosas que se saben, pero merece la pena volver a contarlas. Por mucho que se cuente, siempre será más extenso lo que se ha olvidado.”

Se me pegó. En este verano lleno de días bonitos y momentos sin sobresaltos pero lleno de acontecimientos que parecen ajenos. Con dos o tres guerras en marcha, varios dictadores atemorizando al mundo y la IA a punto de cambiarlo todo sé que ningún verano será ya el mismo. Por eso me volvió esa urgencia por escribir en mi constante obsesión con el tiempo y la memoria. Por eso volví aquí. Sin más, sin pretensión y mucho menos objetivo. Porque también este verano, por mucho que se cuente, siempre será más extenso lo que se ha olvidado.

Solo era jabón lo que tenía en los ojos

Síndrome de Stendhal

Hoy es uno de esos días en los que necesito escribir, simplemente para no olvidar. Para que este día no se desvanezca. Porque lo que no se escribe, se olvida. Como tantos días en esa incesante sucesión de mañanas, tardes y noches, que hacen que todos los días parezcan iguales. Pero no lo son, no son iguales.

Escribo desde Florencia, desde la terraza del Westin Excelsior. Con un Negroni en la mesa, en honor al Luigi de 2004 y a todos los advenedizos que vinieron después. En aquella época lejana, borrosa, de la que no recuerdo casi nada, creo que también pasé por Florencia, pero mi memoria no retiene nada de entonces. Me frustra tantas cosas vividas de las que no queda ni un mísero recuerdo en la memoria, por más que busques: vacío. Por eso, hoy no quería volver a caer en la misma trampa de desidia y, en un esfuerzo desesperado por crear recuerdos, me puse ‘Bird’ de Charlie Parker en los auriculares y me eché a andar por la orilla del Arno, en esta ciudad maravillosa, en la que me dice la Wikipedia que convivieron -quizá hasta se cruzaron por la calle- Leonardo, Michelangelo, Dante y Botticelli, entre muchos otros. El jazz es la música perfecta para que el paseo me haga sentir como en una película de Woody Allen en su época europea, una manera perfecta de reflexionar mientras cruzo el Ponte Vecchio sobre esas personas que ya no están, y en las que están, pero como si no estuvieran. Me vienen a la cabeza rostros, ojos, labios, conversaciones a medias y daría lo que fuera por sentarme a tomar un Spritz con algunas de ellas mientras cae el sol por los Apeninos. Fantasmas de la memoria a los que les sentaría muy bien un poco del amargo Aperol.

En la terraza, tengo en frente a una joven americana, ruidosa, morena que sería atractiva si no fuera porque soy capaz de entender su conversación banal llena de todos los clichés posibles que parecen importarle tan poco a Tracey de Colorado como a mí: ‘Me encantaría aprender italiano, las clases van bien, son todos tan guapos, pero taaaaan pesados’. Todo dicho en voz aguda y estridente. En la mesa del fondo, un señor con aire a John Malkovich, unos 5 o 10 años mayor que yo, vestido con un suéter de cuello de pico negro. Harto de todo parece decidir unirse en lugar de rendirse, saca su móvil para otra videollamada. Quizá para sentirse más integrado. No lo sé, no me importa. Todos enfocando sus cámaras al atardecer, presumiendo de paisaje. Yo hago esfuerzos por no coger mi móvil, pero quisiera recordar esta sensación. Dicen que la felicidad es querer estar aquí y ahora, y con la gente que estás. Yo estoy solo, deliberadamente solo, pero de verdad que no cambiaría este momento por muchas otras cosas en este instante. En Florencia, a 18 grados a finales de enero, con la calma que da la soledad consciente y saber que nadie me espera. Soledad elegida. Porque podría haber volado mañana; la conferencia no empieza hasta el lunes, pero tenía ganas de 24 horas solo en Italia. Hotel de 5*, libros atrasados y la firme promesa de sacarme de encima esas ganas de escribir. Esa necesidad imperiosa de enfrentarme a mí en este teclado, porque lo que no se escribe, no se recuerda y yo -desde que nació Brunettino- no soy capaz de darle al pause para poner por escrito este torrente de emociones. Porque echo mucho de menos escribir, convertir ideas en palabras y elegir, con mayor o menor éxito, la siguiente idea a desarrollar. Disfrutando de los recovecos a donde nos acaba llevando este pensarmiento sin estructura.

Quizá echaba de menos también estar solo. Me mudé muchas veces solo, viajé mucho, viví solo, volé solo, aterricé en Kenia, Estados Unidos, Alemania, Suiza y Malasia solo. Cenaba solo y dormía –casi siempre– solo y, de repente, –desde hace 10 años– todo es acompañado. Y no me quejo. No quiero. No debo. No hay razones. Pero echo de menos mi voz entre tanto ruido y algo me hace pensar, cuando miro a la gente sonreír sin ganas, que algo parecido no solo me pasa a mí. Echo de menos elegir quién quiero ser y practicarlo. Cierto es que cada día es un regalo, y más con Brunettino. No bastan las fotos del iPhone para recordarlo. Me hago mayor, casi 45, y aún no he sido capaz de escribir nada que valga la pena leer. Quizá Brunettino sea la excusa para hacerlo. Espero estar aquí siempre, pero ¿y si no lo estuviera? Tengo tantas cosas que contarle, que preguntarle, quizá debería dejarlas por escrito. Es una derrota pensar que no estaré siempre para contárselas, pero también es una realidad.

Ojalá esto no sea otro arrebato, un acusado síndrome de Stendhal en variante literaria. Ojalá sea la vuelta definitiva al ejercicio de escribir, aunque sea sin sentido. Porque no basta con querer estar aquí y ahora y con él. Hay que, además, poder recordarlo. Y eso pasa por escribirlo, elegirlo y por hacer que no todos los días sean iguales. Viajar como terapia, escribir como antídoto a la desidía.

Es importante estar solo, alejarte del ruido, para entender qué y quién echas de menos. Respirar hondo, escribir, leer, ser consciente y tomar consciencia para volver a empezar, para no estar siempre en el mismo sitio. Al tedio ni agua, solo medidas paliativas.

Pago la cuenta, me voy a mi habitación, cuando vuelva aquí volveré contigo.

Dos historias y ningún final (Bye Bye London)

Frédéric perdió a su madre el día que nació, su padre trabajaba limpiando los baños de la estación de Kings Cross que conecta Paris y Londres. Su padre era un buen hombre con dos grandes pasiones: la música y el whisky. Tuvo las manos más rápidas de su generación. Frédéric, de padre francés, madre cubana y criado en un pueblo al este de Leicester una vez estuvo en Lyon y se rieron cuando dijo croissant.

Frédéric ahora trabaja en el Starbucks de Kings Cross (cosas de familia), va todas las mañana en bici y en cuanto el manager se despista pone La Mer en el hilo musical. Hay un chico alto de traje siempre mal planchado que suele llevar una corbata marrón fina y mueve la cabeza al son de la música en cuanto suena. Frédéric, por como mueve la boca mientras acompasa los hombros con la música, sospecha que el hombre de la corbata marrón tampoco sabe francés.

Le pagan 6£ la hora, tampoco necesita más, durante la semana se dedica a trabajar, luego toma unas pintas en el pub y vuelve a su casa. Comparte piso con Dylan y Santiago. Santiago es de Compostela, de dónde sino, Dylan de Cork. No se ven mucho pero a veces Santiago le guarda cena. A Dylan lo ha visto una sola vez este mes. Cuando no tiene nada que hacer, que es muchas veces, recupera una lista de libros que su padre le dijo que tenia que leer. Lleva 6 meses atascado con Moby Dick y ahí sigue el Capitan Ahab buscando su maldita ballena. Se ha prometido no abandonar ningún libro para no desobedecer a su difunto padre. El siguiente es la Hoguera de las Vanidades y por momentos está tentado de ver la película.

Frédéric tuvo un novio cuando tenia 18 años. Se llamaba Andy y era profesor en una academia de francés. Andy le enseñó a no tener miedo y a gritar mordiéndose los labios. También le enseñó a echar de menos la juventud y decir «Il veut péter plus haut que son cul” sin casi reírse. De Andy solo queda una A tatuada entre el corazón y el anular, donde van los anillos.

El dinero del Starbucks no da para mucho pero Frédéric vive bien, no tiene más aspiración que dejar pasar el tiempo y ahorrar de vez en cuando los 57£ que le cuesta coger el tren directo a Paris desde St. Pancras. No lo hace tanto como quisiera pero a veces coge ese tren muy temprano, mejor si llueve, y al volver se sienta con un libro comprado en Brentanos junto a la salida de Eurostar. En esa salida hay un piano que dice “tócame, soy tuyo”, hay días en los que pasan horas y nadie se sienta a tocar pero él se divierte mirando a la gente salir e imaginando quién será capaz de hacerlo sonar. De repente la persona que él menos se espera se sienta el piano y le hace sentir el hombre más pequeño del mundo. Y el más feliz.

Hoy mientras un chico joven con una mochila destartalada tocaba una canción que él no conseguía reconocer se sintió solo como nunca se ha sentido. La música que sonaba era la canción más bonita que había escuchado jamás; por primera vez no pudo evitarlo y dejó caer unas lágrimas sin ni siquiera llevarse las manos a la cara. Al acabarse la canción se giró sintiéndose observado. A su lado había una chica de pelo largo y rizado que le había pasado desapercibida, era mayor que él, con una mirada curiosa, extrañamente familiar. Ella se le acercó muy despacio y le dijo: “¿y tú? ¿a quién echas de menos?”

Frédéric, se encogió de hombros y con su mejor acento posible dijo: “J’e miss le mar. Le mar”.

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Serge trabajó por mucho tiempo para una empresa contable hasta que un día en la fiesta de despedida del vicepresidente todos decidieron escribirle una postal. Serge escribió con su mejor letra “Ha sido un verdadero placer trabajar contigo”. Cuando le entregaron el tarjetón de despedida, Shan, que así se llamaba el vicepresidente, alzó muy sorprendido la mirada y dijo, señalando su dedicatoria: “¿Quién ha escrito esto?”. Serge miró al suelo pero no pudo evitar que varias personas le delataran. Cinco años después se preguntaba cómo había ido a parar a trabajar a una empresa que se dedicaba a transcribir textos enviados desde una aplicación del móvil para luego enviarlos por correo postal a tus seres queridos, amantes o contactos del Tinder. Serge había desarrollado 12 tipos de letra distintos, 9 de ellos de mujer, y era reconocido por lo tecnografólogos por ser uno de los más constantes en su escritura. Serge había pedido trabajar tan solo 4 días de la semana cobrando un 80% del sueldo. Con un horario casi ininterrumpido de 8 a 4:15. El resto del tiempo no tenia nada que hacer, pero desde los últimos años una obsesión se había apoderado de su cabeza, por la mañanas se despertaba siempre pensando en un color. Lo más habituales eran verde o amarillo. Durante las 8 horas de esmerada caligrafía no podía dejar de pensar en el color que le había despertado. Lo imaginaba, lo proyectaba, recorría en orden cromático todas sus tonalidades e incluso imaginaba el olor de las cosas de ese color. Al salir por la puerta del edificio más alto del Strand la idea se convertía en obsesión y Serge recorría calles y calles buscando comer algo de ese color. El amarillo era fácil, había descubierto una sitio colombiano en Elephant and Castle que servía bandeja paisa con maíz, patacones y frijoles. Él les pedía siempre que quitaran todo y le dejaran el maíz y los patacones, después de casi 18 meses viniendo, Dulia, sabía de antemano lo que iba a pedir. Los jueves solía ser el día de comer verde, ese sí era fácil y su dieta variaba entre ensaladas del Pret, aguacates del M&S, pepinos o un gustoso melón cuando hacia buen tiempo. Un viernes de cada mes le salía el azul y no le quedaba más remedio que ir al cocktail bar del Soho para cenar en vaso 5 o 6 rondas de curaçao. Esos días volvía haciendo eses y algún que otro sábado se había despertado en un cuarto de baño lleno de vómito como si acabaran de descuartizar a un pitufo.

La gente de su oficina sabía que Serge era un tipo raro, al principio se habían relacionado con él y hasta le invitaban a fiestas, ahora la única comunicación que tenía con sus compañeros era los comentarios mensuales que ellos les hacían sobre una cuidada selección de canciones que regularmente Serge publicaba los días 1 de cada mes. A cada lista le ponía un nombre que le recordara un momento especial del mes y desde que se levantaba hasta que llegaba a su cama vagaba por ahí con unos auriculares inalámbricos que compró un día en el barrio chino, un día que intentaba comer algo naranja fosforescente.

Serge un día decidió que se sentía solo, miró a su alrededor y le pareció que su vida estaba totalmente vacía. Sintió un dolor fuerte en el pecho y pensó en comer algo gris, pero solo encontró un potito hecho con lentejas en el maquina del vending de la estación. Se lo comió con una cuchara diminuta de plástico que venia dentro de la tapa y durante cada una de las minúsculas cucharadas se dijo a si mismo: ¿qué cojones estoy haciendo?

Era 1 de Junio y el primer cambio que Serge introdujo fue dejar de escuchar música. Pensó que quizá se había desconectado tanto de lo que le rodeaba que ya no era capaz de comprender su entorno, en parte así era. Intentaba entender las conversación que oía a medias y era incapaz de encontrar ningún sentido a lo que hablaban la gente con la que se cruzaba. Una colección de nombres y adjetivos que a él solo le daban ganas de ponerse de nuevo los cascos y meterse en su música para pensar en lo difícil que lo tenia hoy para comer algo violeta que no fueran esas flores horriblemente azucaradas de la tienda de tartas de Notting Hill.

Durante los meses siguiente Serge hizo todo tipo de esfuerzos. Mantuvo conversaciones en el ascensor, saludo a una chica con sombrero en el metro que le pareció que le estaba mirando e incluso se coló a propósito en una foto que una familia se estaba tomando para sacar de fondo el Big Ben. Pero nada.

Un día Serge se descubrió derrotado después de alguien en la calle le confundiera con otro y le diera casi sin querer la mano. Pensó en cuánto tiempo hacia que no tocaba a nadie y se derrumbó. Era el ultimo viernes del mes y llevaba todo el día pensando en anchos ríos, mares y barcos inmaculados que surcaban un cielo excesivamente azul. Acabó puntual su trabajo con una carta que tenia que transcribir a alguien que enviaba recuerdos desde Tailandia y se dispuso a volver al cocktail bar del Soho.

Se sentó en la barra y solo tuvo que asentir al camarero para que un curaçao decorado sombrilla apareciera delante de él. Pasó dos horas absorto, se deshicieron los hielos picados y Serge ni si quiera pudo beber. De repente vio como un mujer de pelo corto, negro, entraba despojándose atolondradamente de un paraguas del cual ahora mismo no sabría recordar el color. Al cerrar el paraguas dejó un enorme charco alrededor de sus botas, ella tenia la sensación de haber llegado a un refugio después de la más dura de las tormentas y Serge se preguntó cuando exactamente había empezado a llover. De repente ella le miró y se rió, y se volvió a reír y al final acabó desatando una carcajada que contagió irremediablemente a Serge. Los dos, a unos 3 metros de distancia empezaron juntos a reír sin saber muy bien porqué. Serge se tapó la cara con las dos manos, con un gesto de niño totalmente sorprendido por un sensación que ya casi ni recordaba, se levantó de su taburete en la barra y de manera casi automática le cedió su sitio a la chica del paraguas con un gesto tan improvisado como efectivo. Ella se acercó sin dejar de sonreír y Serge se dio cuenta entonces de que iba descalza, había dejado las botas, el paraguas y una bolsa al lado de charco que se formó en la entrada. Ella se sentó grácil en el taburete, sus menudas piernas no llegaban al suelo. Le tendió la mano como si se tratara de una recepción de reyes, con la palma convexa esperando un beso, a lo que él respondió de manera instintiva. Le dijo “Hola me llamo Berta” y por enésima vez le volvió a sonreír.

Serge le dijo su nombre y le pidió con el mismo gesto cómplice al camarero otro curaçao. El camero, que nunca supo como se llamaba, procedió a ello, testigo incrédulo de lo que estaba sucediendo. Durante las tres horas siguientes estuvieron hablando, conociéndose, evitando las mentiras y el pasado en una conversación tan mágica como espontánea. De repente ella se levantó y le dijo: «¿no tienes hambre? Me moriría por comer hoy algo amarillo.»

¿Para siempre?

Tengo que parecer fuerte, que exploten los bíceps en mi camisa, para quitarte el pelo de la cara con el más dulce de los gestos. Seguir subiendo vino al hotel de las noches eternas. Hacerte creer que vivimos en el mejor de los posibles presentes. Ilusión y ganas de comerte todos los días por desayuno.

Tengo que pensar rápido para robarte una sonrisa cuando aceche tormenta y que el brillo de tus ojos no se disipe con el tiempo. Quiero ser loco en la cama y tierno en la distancia. Que seamos siempre esa pareja que todos envidian en las bodas. Sonrojarte con susurros mientras cruzas la aduana. Que nos echen de los bares las veces que haga falta.

Tengo que aprenderme tus gestos, todos, para sanar lo que callas cuando corra el riesgo de enquistarse. Memorizar tu cuerpo como si fuera un mapa del tesoro que se borra por las noches. Interiorizar tu risa y hacer de ese sonido liturgia y plegaria. Convertir tu ausencia en el multiplicador de las ganas de verte. Ser la fantasía prohibida del retrovisor de otro taxista.

Tengo que saber si al final nos creímos la mentira consentida del para siempre.

Dure lo que dure.

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