Septiembre y las primeras veces

Desde niño cuando entro a una habitación de hotel por primera vez siento la ilusión especial de quien abre un regalo el día de Navidad. ¿Qué vistas tendrá? ¿Cómo será la cama? ¿Y la ducha? ¿Se habrá olvidado alguien algo en los cajones? ¿Qué habrá pasado en esta habitación antes de que yo llegara? Cuando voy solo me tomo mi tiempo y dedico el rato que sea necesario para familiarizarme con la que será mi casa las próximas 24, 48 o 72 horas. Me encanta. El otro día entré acompañado a un hotel con vistas a la Pedrera en la siempre bonita Barcelona. Salté sobre la cama, abrí las cortinas de par en par, escudriñé el mini bar y decidí que esa habitación, esa tarde, esa chica, merecían abrir un botellín de Jack Daniel’s sin hielo y bebérselo con los vasos esos que dejan en los cuartos de baño tapados con cartón ribeteado que simula el encaje de los sujetadores. Ella me miró sin saber muy bien qué estaba pasando y me dijo “¿siempre haces eso cuando entras a un hotel?”, no le contesté porque lo preguntó justo después de beber el primer sorbo de whiskey pese a decirme que no le gustaba y ese gesto merecía parar el tiempo y que inmediatamente me la comería a besos.

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Hoy, casi un mes después, es un domingo cualquiera en Londres y en este septiembre suena George Ezra en mi nueva lista preferida de canciones. Sin razón alguna me ha vuelto esa pregunta que se quedó sin respuesta aquella tarde en Barcelona. Me gustan las primeras veces, eso es lo que debía haberle contestado. Me gusta cuando dos pies desnudos se tocan sin haberlo hecho antes, cuando –sin prisa alguna– una blusa se da la vuelta para quedarse enganchada sobre un cuello que acabas de conocer, cuando amaneces por primera vez frente una espalda llena de pecas, me gusta cuando aterrizas en una ciudad en la que nunca has estado, cuando echas de menos sin razón aparente, cuando entiendes –por primera vez– que alguien se ha colado del todo en tu vida. Cuando frases que acabarán siendo cotidianas ni se han dicho aún. Me gustan las primeras veces y un hotel es la excusa perfecta para celebrarlas. Hace mucho tiempo pensé en poner un anuncio por palabras, algo del estilo: adicto a las primeras veces busca tratamiento. Menos mal que no lo hice. Menos mal que los Tinders y Badoos han hecho mainstream las sociopatologías y me siento un poquito menos raro.

No te preocupes que lo sé, yo también lo estoy pensando: ya no tengo edad para esto de las primeras veces. Pero lo siento, no lo puedo evitar y quizás un día de estos realmente prueben un tratamiento y me inviten al grupo placebo. Vuelvo a sentirme vivo un septiembre que tradicionalmente es mes de lluvias y palabras malsonantes. Vuelvo a cocinar y preparar café y exprimir zumo un domingo por la mañana. Y es que septiembre parece más guapo y mejor como decía aquella canción de Lichis. Será pues que esta adicción no es tan mala y que de esta montaña rusa en la que viajo a lo mejor sí se puede salir vivo, quizá hasta cuerdo…quién sabe a lo mejor hasta yo también puedo ser uno de esos que llaman felizmente estables. Bueno, tampoco exageremos. Pasa rápido al siguiente párrafo antes de que escribas que lo bueno no dura, que nada es eterno o antes de que la bruja esa que hace vudú con tu pasado clave otro alfiler mientras murmura: “de ella, tonto, también te acabarás cansando (o ella de ti)”. Corre, inconsciente, ¡corre! Punto y aparte y al siguiente párrafo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi pero no tengo tan claro cuándo empezamos a miramos de una forma diferente, ese momento es difícil de identificar. Igual que es difícil recordar cuándo os tocáis por primera vez o en qué instante dejó de haber vuelta atrás. Estrenar gestos de complicidad: usar la misma ducha, descorchar vino, quemar la cena, sentir celos, tocarle el culo, ver que se aleja en un aeropuerto, recogerla en la estación, mensajes mal escritos en medio de una borrachera, echarla de menos lo suficiente como para decir su nombre una mañana solo entre las sabanas; todo, todo, todo, tiene su primera vez. Y engancha, claro que engancha.

Septiembre te toca, ahora me dirijo a ti, porque este año lo has vuelto a hacer. No esperaba menos. El día 5 recibí una oferta de trabajo para volver a cambiar de país, de rutina y de excusas. Nunca me fallas. Has traído lluvia como todos los años y esa extraña sensación de estar perdiendo el tiempo y gastando la memoria. Septiembre, eres un viejo cascarrabias que se arrepiente de todo lo que no hizo antes de los 60. Con artritis y el vino prohibido por prescripción médica. Septiembre, yo también te compadezco, pero ¿sabes qué? este año trajo tu primera vez, desde que te vengo escribiendo nunca un septiembre me sentó tan bien ni tuve tantas ganas de que esto no se pase nunca. Sea lo que sea. Quizá septiembre, quizá, al final encontré la cura y se acabaron los otoños llenos de reproches. Para todo hay una primera vez, que nadie nos la arrebate, ni la malgaste, ni la posponga.

Septiembre, ¿se cura?

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