Instrucciones para un cumpleaños…feliz

Sábanas limpias y dos copas siempre. Si ella está por ella, sino por su ausencia. Alguien a quien echar de menos, alguien a quien admirar y alguien por quien temer. Sino ¿para qué estamos vivos?

Llevar camisa, siempre, pasa lo que pase, tengas los años que tengas. A ser posible evita llevar los  pantalones puestos,  solo calzoncillos bóxer azules y nada más.  Nunca pijama. Al devenir se le espera bien vestido de cintura para arriba. Eso no es discutible, en ningún caso.

Botella de vino, las más cara a mano, vela encendida en el centro de la mesa y dos copas. Dos copas siempre, ya lo había dicho pero es que esto no es negociable. De fondo suena Queen –me temo que tampoco hay aquí mucha alternativa– pero solo las lentas: Love Of My Life, Is This The World We Created, I Was Born To Love You, Too Much Love Will Kill You and so on.

A las 00:00 debe sonar “I love You For Sentimental Reasons” de Nat King Cole, porque el jazz es lo único del mundo que nos hace sentir verdaderamente viejos. Y entonces te levantas, brindas al vacío y lees esto en voz alta:

Baila, porque nunca sabes si el año que viene lo podrás volver hacer.

Asume, asume que ya no te llamará nadie las 00:00.

Bebe, sin razón, sin porqués y sin arrepentimientos.

Teme, pero menos, huye de eslóganes, busca tu verdad y no te conformes con menos que encontrarla.

Encuentra algo que te apasione y dedica todos tus esfuerzos a conseguirlo. Sin peros, sin “es ques”

Enamórate, de una mujer, de una idea o de una actitud. Y no solo hoy, sino todos los santos días.

Besa, a ella, a su ausencia o la noche, pero besa. Los labios y los corazones se oxidan de no usarlos.  

Pon encima de tu mesa un libro, en la mesilla una libreta y en el espejo un post it con aquello que no te atreves a decirte.

Escribe, porque de una manera u otra significa que estás vivo, porque algo –en alguna parte sigue valiendo la pena

Envía ese mail, no borres ese SMS y toma ese riesgo que antes o después tenias que dejar de postergar.

Identifica un lugar al que volver, un sitio del que no marcharse. Una excusa para quedarse y una razón –o varias– para no mandarlo todo a la mierda.

Atesora un pasado que te haga sonreír, celebra un presente que dé vértigo, disipa el futuro que cuanto más incierto…mejor.

Piensa en esa chica, rememora aquel instante,  acaricia todas tus cicatrices.

Simplifica, al final todo se reduce a tener amigos que no puedan ofenderte y mujeres que no quieras olvidar.

Reúne, recita, y créete todas y cada una de estas cosas y, pase lo que pase, tendrás un cumpleaños feliz.

¡Feliz cumpleaños!

Octubre

De repente resulta que todos queremos ser escritores. Nacimos para triunfar y tenemos algo que decir. Ahora parece que todo es posible y que lo único que hace falta es proponérselo. Me cansa tanta mentira, me fatiga la mediocridad de creerse lo imposible, ya decía Eddie Vansi que fracasar no es fácil –toda una vida intentándolo- y nadie quiso hacerle caso.

Blogs como este pueblan los abismos de Internet: tan solitarios como la fea al principio del baile, tan inútiles como volverlo a intentar. Aun así me siento cada cierto tiempo frente a este teclado, esta pantalla en blanco parpadeante y me enfrento a la vergüenza de leer cosas que no quiero escribir. Toca pues preguntarse por qué lo hago, a quién escribo o qué extraña soberbia me motiva a intentar algo que sé que nunca conseguiré. Hoy leí en el periódico las declaraciones de Hugh Grant cuando, tras enorme fellatio, le preguntaron en Los Angeles si iba al psicoanalista. Él se limitó a contestar “en Inglaterra leemos libros”. Respeto. Respeto eterno al no-niño de mirada caída y presencia de gentleman.

Leemos porque la realidad a veces es demasiado aburrida como para rememorarla cada día. Leemos para no estar solos cuando más queremos estarlo, para reconocernos en hombres y mujeres que ya no existen o quizá nunca lo hicieron. Igual que escribimos para decirnos cosas que no queremos oír, para retener sensaciones que de ninguna manera queremos dejar pasar o simplemente porque hay una frase que solo al escribirla dejara de resonar en tu cabeza. Escribir es leer en voz alta pensamientos que rehuyes, es reconocer que no todo va  tan bien como debería. Hablar con uno mismo sin darse siempre la razón.

Sé que mi prosa, infantil y deficiente, no me permite aspirar a mucho más que a estas galeradas de madrugada. Sé que mis textos fusilan canciones y libros por todos conocidos, pero es que al final eso soy yo: un mosaico de influencias demasiado fuertes para ser olvidadas, un eterno inconformista que sigue buscando su sitio, algunas veces solo y otras mal acompañado.

Por eso vuelvo de manera sistemática – whisky en mano- a comprobar si aún me queda algo que decir. Algún día se acabaran las palabras o quizá la ilusión. Ya no vendré aquí lo sábados por la noche y me limitaré a vivir esa felicidad doméstica tan veces anhelada. Mientras tanto –como dice Rosa Montero en su Crónica del desamor- “me queda la serena certidumbre de que en este ajedrez de perdedores más pierden aquellos que ni tan siquiera juegan” que, abusando una vez más de mis referencias, es lo mismo que dice una guapísima Jean Seberg a Belmondo en aquel interminable plano secuencia de “Al final de la escapada”. Ella cita a Faulkner y él se limita a preguntarle una y otra vez “¿nos acostaremos esta noche?”.  Poco más queda por decir.

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Qué bien sienta sentirse vivo de vez en cuando. Octubre…vayan pasando…

Bienvenido Septiembre

De Septiembre, como de uno mismo, no se puede escapar. Cada año vuelve con sus reproches y sus mentiras, sus planes por cumplir y sus sueños recurrentes. Septiembre, como siempre, viene con preguntas que no sabemos o no queremos contestar. Viene con miedos que huelen a cerrado como la ropa que sacan en otoño de los armarios. Es hora de airear los escondrijos de nuestra psique. Se acabó el verano, con él ese sabor a sal que se concentra, de manera deliciosa, en esa sutil área que va desde la nuca hasta la parte trasera de las orejas de ciertas mujeres. No quedan justificaciones para el letargo, las olas se llevaron nuestras excusas, la lluvia trae consigo la dura realidad en oficinas de 9 a 5. No nos acordamos ya de los libros que leímos en trenes, playas y aeropuertos. Los romances que nunca llegaron o los que se acabaron antes de empezar. La euforia de las noches de verano, el frio reparador de las madrugadas en vela, la conversaciones interminables que acompañaron atardeceres de postales; todo eso son ya borrosos recuerdos de los cuales, con suerte, solo algunos perdurarán.

¿Y ahora que? Me quedan reflexiones que quiero diseccionar y plasmar en éste mi recóndito retiro de internet. Me quedan certezas que debo convertir en lecciones para no olvidar. Este blog que acabo de abrir y esa mentira que quiero dejar de escuchar. Me queda una sensación de cansancio, de volver a empezar que solo se combate levantándose cada día.

Quizá lo que llamamos reproches no son mas que buenas intenciones perdidas entre la pereza.

Mañana es lunes, empieza Septiembre y me gustaría decirle algo: “Bienvenido Septiembre, te estaba esperando. “

[Relato] Algo más de cinco días

Día -2

Me gustaría que estuvieras aquí. Miro por la ventanilla y creo reconocer la muralla China, ¿o es un río? No lo sé. Tampoco importa ya. Me pediste que fuera grabando mis pensamientos en el audiodiario. Así lo hago. Espero no sonar atropellado. Intento no pensar, poner la mente en blanco, pero a cada segundo me golpean viejos recuerdos. Es como abrir un armario repleto  de ladrillos, cuando te quieres dar cuenta ya se derrumbaron sobre ti. Ahora estaba sonriendo como un gilipollas recordando aquel fin de semana en la casa rural ¿te acuerdas? Tenía jacuzzi y el techo de madera. Me acuerdo sobre todo del despertar, de jugar con los pies desnudos debajo de las mantas. Recuerdo pensar nombres que luego nadie llegaría a usar, recuerdo la cama llena de migas de pan.

Acaba de sonar el móvil. Eres tú, pero no te lo quiero coger, ¿qué sentido tendría? Seguiré vagando sin rumbo por lo rincones de mi memoria intentado, eso sí, no tropezar con aquello que vengo a olvidar. Hemos quedado que de eso es lo único de lo que no puedo hablar. Abajo vuelve a haber agua, Tokio debe estar mas cerca, tú cada vez más lejos.

Ya estoy en el hotel, es increíble lo que se ve desde aquí. No creía que me pagarían una habitación como esta, esto sí es lujo. En el taxi también venia pensando en ti, en cómo nos conocimos en aquel viejo pub de Londres, en lo rápido que nos fuimos a vivir juntos. Sé que hemos hecho una selección de buenos momentos y que todo está perfectamente ordenado y documentado pero no puedo evitar recorrer ciertos recuerdos una y otra vez. Tienes razón, soy un melancólico.

Ahora me voy a dormir, no me he traído ningún libro y ni si quiera sé qué hora es para mí pero tengo la mente exhausta y necesito descansar. ¿Se colaran los recuerdos en mis sueños una vez lo haya olvidado todo? Eso no nos lo han explicado.

Día -1

Me encanta el desayuno de los hoteles. Me encanta levantarte tantas veces como quieras y comer queso antes del café. Deberíamos desayunar así siempre. Apúntatelo.

Me lo ha explicado todo un jovencísimo chico japonés esta mañana. Hablaba un perfecto inglés y creo que ha notado lo nervioso que estaba. Me ha dicho que me envidiaba porque no todo el mundo puede volver a escuchar su canción favorita por primera vez, ni ver esa peli o visitar aquel país. Me ha sonado hipócrita pero me ha hecho reír. Dice que soy el tercero y que los dos anteriores han sido todo un éxito. Que no hay nada que temer. Supongo que ya es tarde para eso, para temer.

Mañana a las 10 es la operación. Haruto –que así se llamaba- me han dicho que no duele, que te limitas a mirar unas luces verdes que parpadean sin parar, unas finísimas agujas se te posan en las sienes y, que si no fuera por los sensores que cubren todo tu cuerpo, no es mas largo que una extracción de muelas. Haruto no me ha preguntado porqué lo hacía, no hubiese sabido qué contestar. Me ha recomendado que descansara esta tarde en el hotel y que simplemente dejara pasar el tiempo. Supongo que temía perder a su conejillo de indias. Debía de haberle preguntado cuánta gente se presentó voluntaria a la prueba. Me gustan los japoneses, andan casi sin tocar el suelo y parecen estar siempre pensando en algo profundo, yo creo que podría ser feliz aquí. Demasiado tarde otra vez.

Sé que no debería hacerlo pero he pedido una scooter al chico de recepción  y voy a salir a ver la ciudad. Haruto no se enterará y tú, hasta que sea demasiado tarde, tampoco. Hasta mañana a las 9 no tengo nada que hacer y pase lo que pase esta tarde va a ser olvidada, ¿cómo desaprovechar esta ocasión? Prometo seguir grabando mis pensamientos, si me acuerdo.

Me he puesto cascos inalámbricos y música clásica de fondo. Sé que normalmente no escucho esto pero le da dramatismo. Es increíble como la música te desconecta totalmente del entorno si suena los suficientemente alta. Me parece estar viviendo una película. Me veo en contrapicado por las callejuelas y de repente levanto la cabeza para gritar con todas mis fuerzas: “soy el puto rey del mundo”. No descarto estar loco.

He parado en un pequeño café. He pedido una botella señalando a la mesa de enfrente. Me veo torpe en este cuerpo que me atrapa, me gustaría sentarme sobre mis piernas como hacen ellos. Nunca fui muy flexible, tampoco hice para evitarlo. Anochece pero la temperatura no baja. Me debato entre seguir dando vueltas por Shibuya o emborracharme. Creo que será lo segundo. Voy a interactuar con la gente local, ¿crees que alguien podría entenderme? Y no me refiero al idioma.

Me acerco a un grupo de gente joven con la esperanza de que hablen inglés, se ríen de manera estridente y dan signos de estar muchos mas bebidos que yo, y eso que se lo he puesto difícil. Hablamos durante horas, ellos empezaron vacilándome pero alguien con dos dedos de frente no se queda impasible cuando le preguntas “¿me puedes decir qué te hacer diferente?”, precisamente a los japos –me di cuenta mas tarde- esa pregunta les jode especialmente. Hablamos de mi operación de mañana, del suicidio como el método tradicional para acelerar el olvido, del sexo del cuál ellas parecían tan distantes, de los sueños que no se cumplen y de las falsas expectativas de los padres que no hacen más que ponernos metas que nunca podremos cumplir. Algo así como el capitalismo pero sin dinero. Hablamos  y hablamos hasta caer rendidos ante tantas estupideces, fue entonces cuando les pedí que me escribieran sus nombres en el brazo. Les di un boli sin tinta, sabía muy bien lo que me hacía. Escarificación lo llaman.

Día 0

La resaca no me deja pensar bien. Sé que tengo que levantarme porque he apagado el despertador varias veces, por suerte me meo tanto que tengo que saltar de la cama. Me meto con ropa en la ducha, no es la primera vez que lo hago, tampoco estoy orgulloso de ello. Me miro desnudo en frente del espejo, otro recuerdo más que no me importa perder.  Me lavo los dientes durante tres largos minutos y me bebo todas las botellas Perrier del mini bar. Cierro la puerta de la habitación sabiendo que son muchas las cosas que dejo detrás. Demasiadas.

Haruto está impaciente en recepción. Ojiplático me sigue con la mirada desde que salgo del ascensor. Supongo que no le importa que pase a por un cruasán y un zumo antes de ir al taxi. Uno no puede ir al encuentro de su destino con el estomago vacío, en ningún caso.

En el taxi no hablamos. Las gracias de ayer quedan lejanas y seguramente no me haya perdonado la gamberrada de anoche. Creo que hoy su envidia es sincera. Sin duda habría que hacer que hacer una lista con todas las cosas que te gustaría volver a sentir por primera vez. Tú eres una de ellas, por eso estoy aquí.

Llego a la universidad y sigo a Haruto por todos los pasillos, la gente no puede apartar de mí la mirada. Soy toda una atracción para ellos, imagino que al verme ordenan sus recuerdos de mejor a peor y valoran si estarían dispuestos a empeñar los primeros a cambio de olvidar los ultimos. En este caso más que una cuestión de orden es una cuestión de peso, de importancia, los malos pesan demasiado como para arrastrarlos el resto de los días. Es imposible acordarte siempre de que quieres olvidar algo.

Me ponen panza arriba en una mesa camilla. Voy desnudo, a excepción de un mantel verde cogido con dos cuerdecillas y mil cables que recorren mi cuerpo. En la mano llevo el móvil que me niego a soltar y en la muñeca una pulsera con mi nombre y un montón de Kanjis incomprensibles. Me toco el antebrazo, tengo una extraña cicatriz. Creo que es de anoche y creo que quiere decir algo. Ya nunca lo sabré.

“Respira aquí” me parece entender. Respiro sin miedo y empiezo a sentir cierta sinestesia, seguramente esta sea mi última audionota. Aparece en medio de mi mente la palabra “huida” de un color azul añil, como el cielo de Valencia un día de verano; se ven de fondo unas voces, que suenan marrones como el pasado que se esfuma; veo hojas grises arrancadas de un calendario en el que todos los meses son abril, veo un faro rojo casi transparente y un punto amarillo parpadeante que se deshace, creo que el punto soy yo o mi memoria…

Día 1

He estado escuchando los audios que hay este móvil y aún no tengo claro que ha pasado. Ese tal Haruto me ha dicho que tengo que coger un vuelo en dos horas. No sé a dónde, no sé por qué. Hay una nota en la mesilla de noche de la que, en teoría, no puedo decir nada aquí. Me ha dejado aún mas confundido. Habla de ti, por eso te escribo, y aún sin saber quién eres. Me voy de esta habitación que no es la mía aunque huela a mí. Tengo que salir de aquí.

Ya estoy en el aeropuerto, me pregunto cómo eres y cuántas respuestas tendrás para mí. Yo tengo muchas preguntas. Me da miedo no gustarte, me da miedo no encontrarme ni siquiera a tu lado.

Es curioso, sé quién soy, sé cómo funcionan las cosas, sé tararear canciones y palabras que no recuerdo haber estudiado y, sin embargo, no tengo ningún recuerdo: nada. Buscar en mi cabeza es como entrar en una sala de cine vacía, sabes que ha pasado algo aquí pero no tienes ni idea de qué.

Mi recuerdo más lejano se remonta a aquella habitación de hotel en la que se ve Tokio desde el cielo. Antes de eso solo tengo un gran vacío, después recuerdos de 12 horas que no me valen para nada.

Día 2

Al bajar del avión me esperabas tú. Por más que me preguntes cómo te reconocí sigo sin tener respuesta. Solo sé que tu mirada era cálida y que me hizo estremecer, dejándome sin aliento para cuando llegue a tu altura. “Hola, nos vamos”, te limitaste a decir. Sobraban palabras. Te pregunté a dónde y dijiste el nombre un pueblo totalmente impronunciable. “¿Vivimos allí?” te inquirí y bastaron tres palabras para sentirme de nuevo en casa: “Sí, desde mañana. “

Mini relato basado en la canción “Ciencia Ficció” de El Amics De Les Arts

O J O s

¿Te acuerdas de esos ojos? Yo sí. Cómo olvidarlos. Eran claros, profundos, magnéticos. Mirarlos fijamente te cortaba la respiración, esquivarlos era -sin lugar a dudas- una temeridad. Yo buscaba interceptar su espacio visual, ella me atravesaba sin llegar nunca a sostenerme la mirada. La veía subir todos los días en Gloucester Road, siempre se bajaba en Westminster. A diferencia de todos los demás, ella siempre parecía estar de paso. El día al día de aquel vagón no iba con ella. Yo estaba seguro de que habitaba un universo paralelo que, de alguna manera inexplicable, confluía en la District Line durante escasos 12 minutos.

Muchas veces me pregunté a quién habría dejado en la cama a esas horas tan tempranas, quién se levantaría antes o qué humor tenía cuando se despertaba. Pequeños detalles que nunca llegaría a saber. Tampoco supe qué leía. Grácil al sentarse, se entregaba rápidamente a la lectura. Eso me permitía obvservarla entre estación y estación. Sus ojos se movían ansiosos de izquierda a derecha, devorando a mil por hora la palabras de aquel menudo libro electrónico. A veces para descansar levantaba la cabeza y daba una rápida ojeada a su entorno. Yo quería parar el tiempo. Nunca deseé tanto algo como entender esa mirada. Como si pudiera oírme, como si nos conociéramos, susurraba internamente: “¿qué estará pensando esa cabecita?” Entonces empezaba a dibujar una sonrisa y a mitad del proceso la borraba de mi cara. No sé si me arrepentía más de imaginarlo, de no decirlo o de que me pasara lo mismo todos los santos días. Una y otra vez salía del metro pensando en cómo me gustaría poder echar de menos esos ojos. Eso significaría que alguna vez pasó algo. Obvia decir que ni sé cómo se llamaba.

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Un día me senté a su lado. En distancia, nos separaban escasos centímetros; en sucesos, toda una vida de decisiones irrevocables; en palabras, no había idioma, ni verso que pudiera derribar la muralla de prejuicios, “y si” o “peros” que nos separaban.  Como Benedettí, hubiese dando cinco años de mi vida por salir de ahí con un pasado juntos. Fíjate que por pedir ya ni pedía presentes. Mucho menos futuros.

Cuando la miraba, solo deseaba poder echarla de menos. Haber podido entender, aunque solo fuera una vez, que se escondía tras aquella mirada.

Sus ojos, si aún lo he dicho, eran claros.  ¿te acuerdas de esos ojos? Yo sí, cómo olvidarlos.

[Relato] El lugar donde has sido feliz

El vuelo salía en dos horas pero la decisión ya estaba tomada. Buscamos una esquina tranquila donde poder abrir la maleta  y hacer el reparto. Yo estaba dispuesto a llevarme mis cosas en la bolsa de plástico para la ropa sucia y así acabó siendo.

Mientas caminábamos en silencio no pude evitar recordar la ilusión con la que compramos esos billetes.  Iba a ser el comienzo de una nueva vida, la demostración definitiva de que existen las segundas oportunidades. Ahora sé que, una vez más, nos estábamos equivocando.

Ella apareció de la nada, después de 7 años de silencios y mensajes no respondidos. En aquel correo que desmontó mi vida solo pedía quedar a tomar una café. Mis mayores desastres han empezado siempre con un café de por medio, este no iba a ser una excepción. El café acabó en cena y a la cena la siguieron varias botellas de vino. El vino llevo a la cama y la cama al balcón; allí compartimos de nuevo cigarros y mentiras disfrazadas de sueños.  Ella decía haber cambiado, expresión que de por sí ya debía haber hecho saltar todas las alarmas. Yo al mirarla no podía evitar recordar al chico que fui. “Añoranza de uno mismo” es como llamaría a esa especie de síndrome de Estocolmo donde uno es a la vez secuestrador y secuestrado.

Bastaron cuatro semanas de agosto para ponerlo todo patas arriba. Cocinábamos couscous y bebíamos vino blanco antes de dejar todas las noches las sabanas empapadas. Su ventilador no funcionaba y mi raciocinio también se demostró estropeado. Fuimos a una agencia de viajes y nos gastamos todos los ahorros en dos vuelos que nos permitían viajar un año entero sin rumbo fijo. Los únicos requisitos eran volar siempre de oeste a este, no dar más de cinco saltos en cada continente y no repetir ningún destino.  El plan era no tener plan, la improvisación como objetivo. Nos apasionaba mirar al futuro como el que mira un lienzo en blanco. Decíamos no tenerle miedo a nada, dijimos muchas tonterías.

A mi familia le costó entender por qué me dejaba el trabajo. No me faltaba dinero y tenía un buen puesto, pero todos creían que era la suerte la que me había colocado allí y que no volvería a brindarse tal oportunidad de  nuevo. Recuerdo el día que subí a la vigésimo quinta plan para hablar con el jefe de recursos humanos:

– Me han dicho que quieres dejar tu puesto para dar la vuelta al mundo, ¿debe ser una broma no?

– No, no lo es, pero tampoco espero que lo entienda.

-¿En serio? Y qué pasa si cuando decides volver la sociedad ya no tiene un puesto para ti

–  Mire, ¿sabe usted qué pasa? aún creo en esta sociedad pero ya no la practico.

– Tienes razón no te entiendo.

– No esperaba que lo hiciera. Buenas tardes. Chau.

Ella vivía sola en un viejo piso alquilado de cinco habitaciones. Nunca sabes cuál será la localización de tus mejores recuerdos y solo con el tiempo he llegado a entender porque esos muebles destartalados y aquellos interminables techos han acabado convirtiéndose en el único lugar en el que he creído ser genuinamente feliz. En el comedor colgamos un gran mapamundi y nos dedicamos a marcar con chinchetas aquellos sitios que debíamos visitar. No valía con marcar una ciudad, había que añadirle en un post-it el porqué, y así el mundo acabó plagado de referencias musicales y literarias. Solo recuerdo Indiana, Montevideo, Iguazú, New York o Tokio y a Bach, Benedetti, Borges, Auster o Murakami como algunos de los culpables. Si tuviera que quedarme a vivir atrapado en 5 minutos de mi memoria elegiría cuando ella saltó con un respingo de la cama para buscar en google la coordenadas exactas de Comala.

– ¡Espero que no estén todos muertos! ¡Hay que ir allí ¡Entenderemos porqué al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver!

Lo dijo entre risas, llevando como única prenda aquella camiseta de tirantes en la que una rubia descarada muestra con la espalda descubierta su digno y erguido dedo a aquel que ose mirarla. Despeinada y rebelde como la chica de la impronta, volvió a la cama dando saltitos y amenazando con unas garras imaginarias que acabarían dejando cicatrices reales.

Dicen los estudiosos que la felicidad está en la antesala de la propia felicidad. Que el momento de euforia de una cita es justo mientras te preparas para quedar, incluso mucho más que durante la propia cita. En el sexo es algo similar, saber que la situación se acerca libera más endorfinas que el acto como tal. Con los viajes supongo que pasa lo mismo. Las semanas que pasamos imaginando cómo sería el próximo año fueron sencillamente maravillosas.

Por si la cosas no eran de por sí bastante complicadas decidimos hacer una fiesta de despedida para familiares y amigos. La llamamos la “No-Boda” y originalmente no distaba mucho de la clásica y manida confirmación pública de una relación ante seres queridos,  huyendo, eso sí, de todos los adornos eclesiásticos. Finalmente, quisimos ser transgresores y auténticos, ya que por entonces nos creíamos –literalmente- los reyes del mundo, y decidimos hacerlo todo un poco diferente. No había que traer regalos sino una buena botella de vino y un amigo desconocido. Queríamos convertir la fiesta en un alegato a la amistad y a la improvisación. A cada uno le hicimos imprimir su nombre y sus sueños en una bonita tarjeta que todos llevaban visible en solapas o escotes: invitamos a los asistentes a venir con su cita favorita impresa en unas camisetas de colores. Todos y cada uno de los invitados siguieron las premisas pese a pensar que estábamos completamente locos.  La analogía era fácil: si nosotros somos capaces de cumplir nuestro sueño vosotros también los sois del vuestro. No había curas sino actores que se encargaban de leer textos que nosotros cuidosamente habíamos seleccionado y músicos que, una tras otra, tocaron todas esas canciones que alguna vez fueron recopilatorios en viejas cintas o simplemente CDs etiquetados con un conciso “Para ti”. En las paredes se proyectaban videos que nuestros amigos nos habían preparado. Una tras otra desfilaban fotos con sonrisas, viajes, fiestas y bucólicos paisajes haciéndonos, si cabe, un poquito más conscientes del efecto del tiempo sobre todos nosotros. Por momentos parecía más una fiesta de solteros que lo que pretendía ser: la caricatura de una boda.   Y si tengo que reconocer un gran error fue que no valoramos la sensación que aquella oda a la no-rutina causaría en las parejas casadas. El alcohol, la música y la increíble sensación de compartir con desconocidos los detalles de tus sueños hicieron de aquello una experiencia demasiado extrema.  Muchas personas dejaron el local a las pocas horas de empezar, escandalizados por el cariz íntimo, burlesco para algunos, en el que acabó tornándose el evento.  Si tu vida era aburrida ese no era el sitio para estar. Por otra parte sé que un par de parejas se conocieron aquella noche. Entre ellas  la arquitecta hermana de la no-novia y mi amigo italiano. Ahora viven en un barco, como parece que ambos decían en sus tarjetones, y ella vende acuarelas por internet.

Recuerdo como los dos nos subimos al hotel exhaustos ante todo lo que habíamos vivido esa noche. Mirando hacia atrás fue una borrachera de recuerdos y quimeras a partes iguales. Todos fuimos por unas horas lo que siempre hemos queridos ser, ¿existe una droga mejor que esa? Yo sé que gran parte de aquello fue artificial y que si lo volviéramos a hacer nadie vendría pero… ¡son tas bonitas la primeras veces!

Después de la no-noche de bodas nos tocaba recoger las maletas e ir hacía el aeropuerto. Yo me desperté sabiendo que algo fallaba y recuerdo desayunar tres cruasanes bajo un sepulcral silencio. De repente ella era una extraña para mí,  algo había cambiado en su mirada.  No sabía de qué hablar, no sabía qué hacíamos desayunando juntos y mucho menos qué íbamos a hacer durante los próximos meses vagando por el mundo. La miré de nuevo: me era totalmente desconocida. Me di cuenta de que las últimas semanas había estado reviviendo los momentos que tan feliz me hicieron siete años atrás, pero nada mas. Ella ya no desprendía esa electricidad al tocarla, ya no olía tan bien, ni si quiera era tan simpática como la recordaba. Todo era mejor en mi memoria.

Cuando entramos al aeropuerto lo dos sabíamos que algo estaba a punto de pasar. Conocíamos bien esa sensación. La cogí de la mano y nos sentamos en un banco apartado de los mostradores de check-in, entonces le dije:

–   ¿De verdad quieres hacer esto?

–   No lo sé.

–   No sabes qué.

–    Todo debería ser más fácil.

–   ¿Que quieres decir?

–   No lo sé, prefiero no hablar.

–   Pues nos quedan 13 horas de vuelo por delante y un año de viaje. No es un buen momento para no querer hablar.

–   No lo sé te lo repito. Es que ayer me fijé en alguien. ¿Te acuerdas de aquel chico con la guitarra? No me lo quito de la cabeza.

–  ¿Sabes qué? creo que deberíamos dejarlo. Déjame que saque un par de cosas de la maleta.

–   No puede ser ¿Te vas a ir así?

–  Sí, acabo de comprender la razón de este viaje. Ignoro lo que busco pero sé de lo que huyo y ahora mismo, básicamente, debo huir de ti. De tu recuerdo.

Ella rompió a llorar y yo abrí la maleta para sacar lo único que me importaba: una par de libros y  mi camiseta de la noche anterior. La frase que yo elegí era de Faulkner: “Entre el dolor y la nada elijo el dolor”.

Le dejé el resto de mi ropa, por no hablar de champús y calzoncillos. Con la bolsa de Mercadona en la mano me dirigí al mostrador. El vuelo salía en dos horas  y yo, por fin, tenía toda la vida por delante.

A Comala acabé yendo solo y decidí no volver nunca más.

 

Relato inspirado en una frase del Maestro Sabina: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.”

Saber perder

No conozco mayor placer que mirar al techo una noche de verano, mientras el aire frio entra por la ventana, entre las 2 y las 3 de la mañana. Sin nada que hacer al día siguiente más que aprender a ser un poquito más tú. Tienes sueño pero no te quieres dormir, la mera paz de empezar las vacaciones te crea excitación. Sabes que vienen días agridulces por delante. La persona que mas quieres en este mundo tampoco puede dormir a 1.700km de distancia, aunque bien sabes que la distancia no la hacen los kilómetros. Te gustaría poder insuflarle de alguna manera esta certeza que tienes de que todo va a salir bien. Te das cuenta de lo difícil que es todo para ella ahora, desde sacar un billete hasta ponerse un vestido especial. Recuerdas aquella frase que tanto resonaba en tu mente cuando tocaste fondo: “concéntrate en lo que haces, disfruta el momento, si estás cortando pan oye como cruje.” Ella ama el pan aunque a veces no lo coma. Decides apartar las preocupaciones de la única manera que sabes, abres el libro que te acompañará mañana en el avión de vuelta a Madrid y empiezas a leer.

“El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permita filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.”

Acojonante. Miras al techo, la brisa estremece tu cuerpo medio desnudo sobre las sabanas limpias. Cierras el libro y te llama la atención la portada. La chica mira un móvil. Tú no esperas ningún mensaje hoy. Un escalofrío recorre todo tu cuerpo, no sabrías reconocer las sensación que deja, quizá sea felicidad, quizá soledad, a lo mejor solamente miedo.  “Saber perder” escrito claramente sobre la foto. El mensaje es potente y claro. Mañana será otro día, mañana empiezas tus vacaciones.